Sólo faltan los colores

El Club Baloncesto Ciudad de Valladolid ha conseguido algo que parecía imposible hace sólo dos meses. No me refiero al ascenso deportivo a la LEB Oro, segunda competición del baloncesto español y espiritualmente para algunos la primera debido al elitismo, clasismo y cerrazón de la teórica primera liga, la ACB. Ese gran logro es únicamente la consecuencia, pero no la causa del milagro.

La verdadera proeza que ha conseguido el primer equipo de este club casi bebé (fundado hace menos de dos años por Mike Hansen) es recuperar la ilusión de una ciudad entera por un deporte que parecía no ya moribundo o agonizante, sino directamente muerto. Resultaba casi impensable que el deporte de la canasta en Pucela se recuperara del varapalo que supuso la extinción deportiva (todavía no jurídica) del Club Baloncesto Valladolid.

Varias generaciones de pucelanos y pucelanas vimos crecer nuestro amor por ese deporte con dicha entidad. Con ella y por ella, sufrimos tantas alegrías como sinsabores. Emociones que tuvieron su culminación material en la estafa perpetrada durante décadas por unos delincuentes con traje y facha elegante designados, depuestos o autorizados (cuando no directamente comandados y dirigidos) por el partido que gobernó el Ayuntamiento de Valladolid durante veinte años, y su cima espiritual, su mayor drama, casi coincidente con la propia defunción del club, con la aún llorada muerte del que siempre será el icono principal del baloncesto vallisoletano, Lalo García.

Logo de la Escuela Lalo García, perteneciente al CBC Valladolid.

Ahora, el sueño, la hazaña, la representación onírica más deseada, se ha hecho realidad. La ciudad se ha volcado durante las últimas semanas con este equipo, apodado “las ardillas”, entrenado por un cuerpo técnico infatigable al que capitanea un clásico como Paco García. Un guerrero, a veces general de mano dura, al que se le pueden achacar muchas cosas pero jamás su conocimiento de este juego inventado por James Naismith en 1891, sobre todo desde los pilares defensivos que lo sustentan, ni su tremenda competitividad, capaz de superar cualquier obstáculo (que esta temporada del milagro los ha habido a montones) y de sacar lo máximo de sus jugadores, haciéndoles olvidar sus limitaciones para centrarse únicamente en el trabajo y en explotar sus virtudes.

Pero lo que verdaderamente destaca de Paco es su amor por esta ciudad. Él es más claro ejemplo de vallisoletano emigrado, casi expulsado de su tierra como tantos otros, ninguneado pese a su prestigio y su tremenda valía, por culpa del mal hacer, a veces negligente y muchas otras doloso, de las gentes grises, mezquinas, clasistas y envidiosas que durante muchos años –y aún hoy en día aunque no lo parezca pero quiero pensar que cada vez menos– han constituido el grupo influyente de esta población tan encantadora como odiosa en ocasiones.

Pero Paco, después de su exilio en Brasil, donde por cierto triunfó, regresó a su Pucela, de la que seguía enamorado (y siempre seguirá) pese a los desprecios a los que le había sometido. Y volvió a casa con más fuerza que nunca para conjugar el verbo “recobrar”.

Recobrar el ADN pucelano en el baloncesto de la ciudad, relegado durante tantas décadas por la estulticia de los dirigentes del CB Valladolid pero mantenido en el ámbar de los mosquitos cual dinosaurios extintos por héroes como Porfi Fisac, Gustavo Aranzana, Roberto González o el propio Paco. Un conjunto formado por tres extranjeros relevantes (Wade-Chatman, Sidibe y Graham Bell) y cuatro jugadores vallisoletanos (Sergio de la Fuente, Daniel Astilleros, Miguel González y Pablo Esteban) en la rotación principal (sin olvidar al lesionado Antonio Izquierdo, a Jota o a júniors como Alberto García, que han ayudado cuando ha hecho falta) han sido los responsables de ejecutar sobre la pista la doctrina de “la fe Paco García”.

Sería injusto no otorgar su parte de protagonismo, y no pequeña, al fundador Mike Hansen, que apostó por esa filosofía desde la creación del club en julio de 2015. El que fuera presidente frustrado del CB Valladolid, honesto cuando dejó aquel barco porque veía que se hundía y no le dejaban hacer lo que consideraba necesario para mantenerlo a flote, quiso compensar aquellas miserias con un club hecho en Valladolid, para Valladolid y por vallisoletanos. El acierto ha sido máximo, pero aunque no hubiesen venido esos resultados tan pronto y no hubiese habido tantos aplausos, eso no cambiaría el hecho de que la senda es la correcta.

Presentación del Club Baloncesto Ciudad de Valladolid en julio de 2015. (Imagen: Tribuna Valladolid).

Recobrar la atención mediática por el baloncesto en sí mismo. Después de muchos años en los que en el baloncesto de Valladolid los dimes y diretes, los escándalos y los pufos eran mucho más importantes que el plano meramente deportivo, y los medios de comunicación prácticamente sólo se hacían eco de las noticias negativas que generaba el CB Valladolid, esto ha cambiado radicalmente.

Ahora se habla de las estadísticas, de la táctica, del próximo rival, de los posibles refuerzos, del rendimiento de uno u otro jugador, de las posibilidades de la plantilla. Esta variación en el rumbo no ha sido sencilla, pues este nuevo club, pese a que todavía no le han acabado de salir los dientes, no ha sido ajeno a tales conflictos, ya que la tradición de las guerrillas en el seno del baloncesto pucelano es difícil de superar.

Recobrar la ilusión de la afición, de la masa social. Muchos fieles se habían despegado del baloncesto de Valladolid y se sentían desafectados, frustrados, estafados, y sobre todo tristes por la pérdida de su club de toda la vida. No querían volver a saber nada de un nuevo proyecto, no querían engancharse a un nuevo carro, vacío de equipaje pero obligado a cargar con pesados fardos económicos para poder subsistir. A día de hoy, no queda prácticamente ningún aficionado tradicional del baloncesto pucelano que no haya regresado a Pisuerga. Bueno, salvo los que no pueden volver por razones obvias de vergüenza y dignidad. Aunque a lo mejor algún día hasta tienen la desfachatez de pasarse, quién sabe. Con este equipo, todo es posible.

Recobrar el interés y el apoyo de la ciudad, y no sólo de los seguidores del deporte, sino de la ciudadanía en general. Se ha notado como la gente preguntaba por el equipo, se informaba, y ponía una sonrisa con cada pequeño pasito que daban los titanes de Paco.

Primero, la clasificación para los playoff, que llegó a estar en entredicho por algunas derrotas no esperadas. Después, la victoria increíble en el segundo partido de la primera ronda de playoff frente a Alicante, y sobre todo la del quinto partido en tierras levantinas, posiblemente el punto de inflexión total para este equipo. El choque decisivo frente a Morón, con cuatro mil personas en Pisuerga por primera vez en años, el mejor partido de la temporada en la segunda parte. Y por último, la defensa ejemplar en la ronda final contra Zornotza, asfixiando al equipo vasco, que ha puesto el colofón a la gesta. En cada uno de estos escalones ha habido un pequeño empujón de la sociedad vallisoletana.

Sería la leche si el tejido empresarial se implicase más, aunque Comercial Ulsa y otros pequeños patrocinadores están haciendo su esfuerzo, pero ahí ya no hablamos de recobrar, sino de conseguir por primera vez, porque el empresariado vallisoletano en su inmensa mayoría jamás ha apoyado al deporte pucelano.

En definitiva, este CBC Valladolid lo ha recuperado prácticamente todo. Sólo falta una cosa, a mi entender. Dado que la historia del añorado Club Baloncesto Valladolid por desgracia no puede recuperarse, sino simplemente estudiarse y conocerse, admirando con nostalgia todo lo que se vivió y deplorando sus múltiples errores para aprender y no repetirles, al menos hay que recuperar sus colores. El morado (con detalles amarillos). Ese el color del baloncesto vallisoletano, y el que debe volver a ser.

Sergio de la Fuente, actual capitán del CBC Valladolid, con la equipación morada y amarilla del CB Valladolid hace tres temporadas, celebrando una victoria junto a otros compañeros, que visten camisetas en honor a Lalo García. (Imagen: Diario de Valladolid El Mundo).

Es cierto que el carmesí tiene un vínculo afectivo con la ciudad (a diferencia de lo que ocurre con el Atlético Valladolid, descendiente del también desaparecido Club Balonmano Valladolid y que usa la indumentaria azul, que no representa en nada a Valladolid, por meros motivos comerciales), porque es el tono de la bandera de la provincia y fue también el del pendón del Reino de Castilla.

Pero la realidad es que se vulgarizó hacia el morado hace muchísimos años y, sobre todo en el ámbito deportivo de la ciudad de Valladolid, es este color o el violeta próximo el que siempre ha caracterizado a nuestros equipos. El hecho de que un pasado traiga a la memoria recuerdos amargos, no implica que haya que romper totalmente con él. Hay que cosas que sirven y deben recuperarse. El morado es el color que vistieron en su día mitos como Davis, Sabonis, Oscar Schmidt, John Williams o el propio Lalo.

Me consta que existe un cierto miedo de volver a vestir así al equipo de baloncesto de Valladolid por temas jurídicos relacionados con la posible herencia del CB Valladolid, pero a día de hoy, dos años después de la fundación de este club y con el otro en vías de liquidación (aunque ésta se lleva a cabo en un oscurantismo y secretismo acordes con lo que fue la propia trayectoria de la institución), pienso sinceramente que no tendría fundamento en absoluto que alguien identificara al Ciudad de Valladolid con el CB Valladolid, porque es evidente que nada tienen que ver, más allá de que jueguen al mismo deporte, en la misma ciudad y en el mismo pabellón.

Si bien es verdad que lo más importante ya se ha conseguido, y eso es lo que hay que destacar ante todo y celebrar, pienso que sería deseable que el club intentara dar ese pasito adelante para recuperar, en todo lo posible, el viejo espíritu del baloncesto pucelano.

Un deporte tremendamente maltratado por sinvergüenzas que se fueron de rositas y que gracias a Mike Hansen, a los valientes que le acompañaron en esta aventura con tanto riesgo y tanta incertidumbre, a Paco García y a sus chicos, ha recuperado lo que parecía imposible. Las ardillas son ahora las reinas de la canasta en Pucela. Pero aunque el carmesí y el negro las siente bien, las imagino mucho mejor de morado y amarillo.

Escudo del Club Baloncesto Ciudad de Valladolid, “las ardillas”.

 

 

 

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