Me pican las tetas

Hola, me llamo Cristina y me pican las tetas.

Dicho de ese modo, así en versión uno punto cero, puede que no os diga nada, pero la cosa tiene su punto de interacción y es la causa de que mi vida haya pegado un giro últimamente.

Empecé a sentir esa comezón, especialmente focalizada en la zona de los pezones, hace más o menos medio año, al poco de empezar el segundo trimestre de Segundo de Bachillerato. No lo di demasiada importancia al principio, pero me resultaba muy molesto. Se venía a sumar al picor que a veces me asalta en la entrepierna. Pero igual que no se considera cool rascarse el coño, ni lo haría nadie del mainstream –ni siquiera las youtubers antisistema–, tampoco está socialmente aceptado rascarse los pechos, si acaso sutilmente.

A mí tampoco me gusta que los chicos se toquen los huevos o la polla cuando les place, y nadie les dice nada. Sin embargo, nosotras tenemos que aplicarnos un contralema. Si te pica, te aguantas.

Como pasaban los días y la sensación fastidiosa me iba más, decidí bajar la cremallera de mis labios y contárselo a mi madre. Podría haber elegido a otra persona, a mi prima Arantxa o a mi amiga Carlota, pero al final, para determinadas cosas, mamá no hay más que una.

Se lo conté con una inquietud equivalente a la que hubiera empleado para revelarle que me dolía la cabeza o la garganta y ella respondió del mismo modo a como lo hubiera hecho con una gripe o cuando me baja la regla –durante el período mi cuerpo se comporta como un volcán en erupción–, con la precisión de una profana en medicina con experiencia popular, lo cual no fue de gran ayuda.

Me dijo que a ella también le había ocurrido a mi edad, que es lo normal según le había dicho en su día su madre, debido a los cambios hormonales y al aumento de las mamas –juro que utilizó este término–, aspecto en el que evidentemente yo había salido a ella. Imaginarme a la yaya hablando del tamaño mamario de mamá hizo que mi picor se recrudeciera.

Pensé en replicarle que lo normal es que eso me hubiese ocurrido a los catorce o quince años, cuando efectivamente me crecieron hasta un punto en que pasé de ser una más a un objeto de miradas lascivas por cada rincón del insti y me empezaron a apodar Cris Bufas, pero me lo callé.

Me dijo que el problema era mi sujetador demasiado ceñido. No le dije que hace tiempo que me quito el sostén en cuanto salgo por la puerta de casa y las llevo sueltas y no tersas, lo cual ha confirmado mi nickname.

Valoré contestarle que lo único que crecía en mí últimamente no eran las tetas sino la indignación por las discusiones telefónicas que tiene con mi padre. Me habría gustado decirle: “Mamá, ya sé que papá no es un santo y que su novia es bastante gilipollas, pero tampoco se puede decir que tú te portaras muy bien con él. Sí, mamá, sé lo de aquel tío que conociste por Badoo, y sé que papá no quería tener más hijos y eso a ti no te gustó.

”Tampoco se me escapa que estamos muy jodidas de pasta desde que te hicieron reducción falsa de jornada en el hotel aunque sigas haciendo las mismas horas o más que antes. No pasa nada, no soy una adolescente pija, no quiero ropa de marca ni el puto Smartphone que me regalasteis en mi cumpleaños del año pasado y que ya empieza a dar fallos. No necesito que me pagues  las clases en la academia, pese a que me daría muchísima pena dejar de ver a mi profe, que además de saber enseñar tiene un morbo increíble, ni tampoco que discutas con papá por ello. Él apenas llega a mileurista, lo sabes perfectamente.

”¿Qué te crees, que a mí no me fastidia tener que vivir en este piso de cincuenta metros cuadrados de la época de la postguerra, que en mi habitación casi no quepa ni un triste escritorio y que tenga que turnarme contigo y la yaya para entrar en el baño como si hubiéramos vuelto a las primeras temporadas de Cuéntame cómo Pasó, que siempre veía con los yayos cuando era pequeñita?

”Mamá, sé que ahora te sientes sola, frustrada, con necesidades emocionales y sexuales, y ganas de mandarlo todo a la mierda, pero yo no tengo la culpa. Ni siquiera papá.

Todo eso le habría dicho con el objetivo de encontrar razones más convincentes que las suyas para explicar mi acuciante picor de tetas, pero en vez de eso asentí como buena y dócil hija y le prometí que acudiría al médico para consultarle lo de mi supuesto gigantismo mamario púber. Y por supuesto, que me compraría un sujetador más amplio. Bueno, que me compraría un sujetador.

Nada de esto hizo que mi escozor se marchara. Al contrario, subió de intensidad hasta tal punto que la semana pasada se produjo una situación realmente incómoda en clase. Estaba la profe de mates explicando algún rollo sobre las derivadas cuando empecé a revolverme, restregándome sibilinamente con el borde de mi mesa para calmar la insufrible picazón.

Como a Marga, que así se llama la tipa, no se le suele escapar nada, me pilló. En vez de limitarse a reprenderme, la muy cabrona me mandó salir delante de todos para resolver un problema. La muy zorra estuvo sonriendo por lo bajinis observando mis problemas para mantener la compostura y la sudoración que me cubría el rostro y los brazos y se hacía fuerte para formar un desagradable círculo en determinadas zonas del top que llevaba puesto esa mañana, sobre todo en la parte de los senos.

El regodeo fue mayúsculo en clase. Podía notar las risas a mis espaldas y escuché algún que otro click generado por la cámara de algún móvil cuando me di la vuelta. Encima la cagué con el problema y Marga me reprendió con una seriedad tan falsa que me dieron ganas de vomitarle a la cara.

Maldita puta amargada. Se cuenta que tiene bastante dinero pero es la típica solitaria y antisocial. Supongo que como no se la quieren comer ni esas plantas carnívoras a las que es tan aficionada, según repite como una cotorra cuando nos da Biología –encima hay que aguantarla por partida doble, o triple, porque es nuestra tutora–, se dedica a joder a sus alumnas ya que ella no jode.

Para rematar su obra maestra degradadora de ese día, me pidió que me quedara un momento después de clase, quitándome casi todo el descanso de media mañana. La muy desgraciada había notado lo que me ocurría y me empezó a dar la chapa sobre las posibles alergias que podían provocar las cremas hidratantes, perfumes u otros productos aplicados a la piel.

Me tuve que morder la lengua para no decirle que yo no me ponía esas cosas en las peras, salvo una vez que me las rocié de colonia para tratar de poner cachondo a Rafa, mi profe de la Academia. Desde ese día me debe ver como una niñata, aunque quiero pensar que de vez en cuando se echa alguna miradita a los pronunciados escotes que llevo cuando estoy con él y quién sabe, a lo mejor incluso se toca en su intimidad no culpable conmigo de protagonista.

Hice esfuerzos sobrehumanos para contenerme y no soltarle que la única crema que alguna vez se había deslizado por mis pechotes, como los llama vulgarmente algún poligonero de mi grupo de amigos, fue el semen de Álex, mi exnovio, que me ponía esa condición para dejar que yo fluyera por sus labios cuando se animaba a bajarse. Me muero de satisfacción sólo de pensar cómo la habría corroído la envidia porque supongo que la palabra húmeda para ella sólo tiene significado con un consolador o una pantalla de ordenador delante.

Pero lo que realmente habría sido apropiado decirle a Marga es que sus aburridas clases –impartidas desde la desidia y la falta de profesionalidad por una señora como ella que tal vez ni siquiera tuvo vocación educativa en su día y que ahora se dedica a sestear con su plaza sacada mientras hay miles de profesores en el paro muriéndose de ganas de trabajar– sí me producen verdadera alergia.

Que lo que verdaderamente me irrita es que estemos en Segundo de Bachillerato y a mitad de curso los políticos hayan decidido cambiar la prueba de acceso a la Universidad, ahora llamada EBAU, que en cualquier caso tal vez haga para nada dentro de dos días. Tal y como están las cosas en mi casa es posible que me tenga que renunciar a seguir estudiando y buscarme un trabajo para ayudar. No se me ocurre otro que el de camarera, porque lo de grabar videos porno para salir de la crisis, como hacen los protas de la peli Hermosa Juventud, todavía no me seduce.

Debería haberle dicho a Marga que aunque a ella le dé igual, porque es una pasota que no se toma en serio su trabajo, lo de la EBAU ha vuelto locos a los profesores y añadido a los alumnos aún más estrés al que ya de por sí trae consigo un examen en el que te juegas gran parte de tu futuro a una carta, pudiendo arruinar por un par de malos días el buen expediente académico que hayas tenido desde la ESO.

Un futuro que además se avecina deprimente, con unas perspectivas laborales lamentables para la gente de mi generación. No le dije que ella, además de ser una triste de mierda, es una privilegiada por tener un puesto de trabajo al que muchísimos de nosotros jamás podremos ni siquiera aspirar. Nuestras expectativas son el desempleo en uno de cada dos casos, la precariedad y, en el mejor de los casos, un buen curro en el extranjero.

¿Y sabes qué, Marga? Tal vez yo no sea como el resto de los adolescentes, que tienen asumido que se tendrán que largar lejos de su tierra para ganarse la vida. Quizá yo no sea uno de esos jóvenes aventureros de los que hablaba la Ministra de Trabajo del Partido Popular, partido al que estoy segura de que tú votas y al que te aseguro que yo no daré mi apoyo cuando el año que viene tenga edad legal para ir a las urnas, aunque los otros también me generen muchísima desconfianza.

Porque yo puedo parecer una cría tontita que no tiene ni idea de estas cosas, Marga, pero da la casualidad de que no lo soy, que yo leo y me intereso por lo que pasa, y además mi padre, mi madre y hasta mi profe Rafa, al que adoro, me cuentan muchas cosas, y yo escucho y pienso y valoro, procesos que tú, Marga, llevas casi tanto tiempo sin practicar como follar. Y ya no digo follar bien, porque estoy segura de que siempre has estado mal follada y por eso tendrás las tetas arrugadas antes de los sesenta y también te picarán como a mí, pero será por la menopausia, que te vendrá antes de tiempo y te volverá aún más resentida de lo que ya estás.

Todo eso me habría gustado espetarle mientras me soltaba su discurso sobre el nocivo uso de mejunjes químicos y su preferencia por los ungüentos naturales para tratar la piel –como si a ella le sirvieran de algo–. Pero al igual que había hecho con mi madre me la envainé y aguanté estoicamente sus palabras cansinas hasta que me dejó en paz. Y noté como el picor se recrudecía por momentos.

En ese momento, me pillaron por banda en el pasillo mis amigas. Yo no tenía ninguna gana de verlas. Me apetecía irme al baño y rascarme como si no hubiera mañana. Contra los azulejos amarillentos de las paredes llenas de pintadas, si hacía falta. Pero quitarme de encima la tremenda molestia, aunque fuese a hachazos.

Me puse tan frenética y me comporté de una forma tan borde cuando Carlota, mi prima y las demás me saludaron, que se alarmaron y me preguntaron qué me pasaba. Me confesaron que había rumores sobre mi extraña actitud de los últimos días. Una pandilla de chicas puede ser tremendamente insistente cuando quieren conocer algún secreto de una de ellas. Mis amigas son especialmente pesadas. Finalmente claudiqué y decidí contarles lo que me ocurría antes que arriesgarme a pasar una tarde colgada a las estupideces vía Whatsapp.

“(Hola, me llamo Cris y…) me pican las tetas, sobre todo los pezones. Muchísimo, desde hace varias semanas”. Hubo alguna que otra risita sorda, pero en general reaccionaron con seriedad, mi prima incluso con el dramatismo típico de ella. “A ver si va a ser algo malo, tía”. Me tragué el impulso de decirle que seguro que no era tan malo como la actitud que hace un año tuvo su madre, hermana de la mía, cuando soltó toda aquella sarta de mentiras sobre mi padre durante el proceso de divorcio, y que estoy convencido de que mi prima aún se cree.

“No, Arantxa, papá no es un borracho, y no es por nada, pero tú has tomado más drogas en tus diecisiete años que él en toda su vida. Y en cuanto a lo de putero, pues le dices a la tía de mi parte que su hija, o sea tú, se ha tirado a media clase –que no digo que sea malo, ¿eh?, a mí me parece fenomenal, olé tus ovarios y que te quiten lo bailado–, pero igual a ella no le hace tanta gracia”, pensé mientras ella me rayaba con sus tonterías asustadizas.

Entonces, Carlota, mi mejor amiga, tomó la voz cantante y adoptó su clásica pose, mitad postureo mitad afectuosidad, cuando alguien a quien quiere tiene un problema. Eligió de entre su repertorio de buenas historias, reales o inventadas, la que consideró más impactante pero al mismo tiempo más inocua para mi salud con el fin de tranquilizarme y de paso, hacerse la entendida y la interesante.

“Eso es que estás preñada, tía, le pasó también a una chica de un insti de Pajarillos que conozco yo. Aunque no sé, hace mucho tiempo de la última vez que follaste con Álex, ¿no? Y no creo que con el último lo hicieras sin condón porque le conociste esa noche…  –traté de poner cara de póker, pero ella no podía resistirse a seguir interpretando– ¿En serio?… ¡Joder, tía, cómo se te pudo ir la olla así…!

”En cualquier caso, no te preocupes, porque tiene fácil solución. Vamos a la Farmacia, compramos el chisme, te haces la prueba y si es que sí, abortas y ya está. Vamos a lo privado, que por la Seguridad Social es un coñazo y, además, así no se entera tu madre. Yo te puedo ayudar a pagarlo. No te agobies más, tía, en serio”, soltó casi de carrerilla con ese estilo atragantado y algo estomagante tan característico.

Sí, Carlota, eso es justo lo que necesitaba oír. Eres una amiga de la hostia, tía, le dije con la mirada, esa misma que le he puesto tantas veces desde que éramos pequeñas cuando se pone estupenda, en plan reina de la manada de leonas. Cualquiera le desvelaba que con ese chico en realidad ni siquiera me di un muerdo y que aquella noche desaparecí pronto porque me estaba amargando con ellas y me encontré a una vecina con la que me volví a casa.

Y antes de subir, las dos estuvimos echando una buena parrafada en las escaleras y me pareció el rato más interesante que he pasado en los últimos meses con una persona. Porque a esta chica le preocupan las mismas cosas que a mí, aunque sea un poco choni y no tenga la pijotería fina de Carlota, Arantxa o las demás.

Sí, habría hecho falta mucha terapia para mis amigas si les habría confesado en ese momento que mi vecina, un par de años mayor que yo y lesbiana, o a lo mejor bisexual, me acarició aquella noche y yo me dejé llevar, porque me gustó, porque estoy confundida con muchas cosas… Y que fue el único momento en que me olvidé del picor en las tetas, porque sólo estaba sintiendo como se me endurecían las cimas cuando ella me las tocaba suavemente con la punta de los dedos y sobre todo después cuando jugó con su lengua mientras me dibujaba en el cuello y la espalda con sus manos.

Claro que hubo intercambio de fluidos aquella madrugada, aunque os aseguro que científicamente es imposible que me quedase embarazada por eso. ¡Pero cómo iba a atreverme a aclararles este punto…!

Y aun poniéndome en la hipótesis de Carlota… ¡Cómo se me iba a ocurrir decirles que en el fondo la idea de tener una criaturita no me habría desagradado absolutamente del todo…! Que en parte me sentía identificada con las dudas que le asaltaban a la prota de Amar, esa peli que habíamos visto en el Casablanca el finde anterior. La chica tenía nuestra edad, aunque realmente la actriz, María Pedraza, a la que yo ya conocía por Instagram y es una pasada cómo interpreta, tiene 20 años.

Y en cuanto a lo de la clínica privada, por supuesto, Carlota, tú no desaprovechas un momento para recordarnos que tienes pasta en tu cuenta corriente porque tus padres –que heredaron una fortuna y además tienen curros de postín, pese a lo cual te llevan al insti público según dices tú misma, para que te curtas y aprendas lo que es la vida, o sea–, te ingresan quinientos euros todos los meses, que, para que te enteres, es poco menos de lo que gana mi madre desde que hicieron la reducción de jornada o de la pensión mínima que cobra mi abuela; pensé para mis adentros con tal furia que mis tetas parecían volcanes en erupción.

Sé que Carlota me quiere y en el fondo es una buena persona que haría cualquier cosa por mí siempre que entrara dentro de su limitada capacidad empática, pero me revienta su personalidad simplista que le lleva a pensar que casi todos los problemas se resuelven a golpe de like o de tarjeta de crédito.

A veces me vendría muy bien que pensase que yo no pertenezco a su mundo de comodidades, que la vida para mí ha sido y es muy difícil, que se pusiera en mi pellejo, que viera como mis oportunidades reales, pese a lo que diga nuestra Constitución, no son las mismas que para ella, que a mí me costará mucho más siempre todo y que habrá cosas a las que simplemente tendré que renunciar, como por ejemplo estudiar en el Conservatorio –mi sueño es parecerme un poquito a Alicia Keys, tocar el piano como ella, cantar soul de esa manera que me hechiza, aunque yo nunca seré tan guapa–. Entonces, tal vez sería mucho mejor amiga de lo que ya es y quién sabe, hasta se me paliaría lo que empezó como picorcito y ahora es insoportable.

Claro, que la peor es mi prima. La negativa de la familia, la tremendista por excelencia. Llevaba un rato sin hablar, mirando el móvil. Y yo ya sabía que no estaba mirando las notificaciones de Snapchat, a la que ella sigue enganchada pese a que Instagram Stories ha hecho que esté más en decadencia que Tuenti. No, Arantxa no haría algo tan insensible, aunque casi lo habría preferido a su investigación express.

Allí, en mitad del corrillo de amigas que se había organizado a causa de mi problema, no se le ocurre otra cosa que soltarme medio lloriqueando y sin levantar sus ojos parduscos de la pantalla: “¡Hala, Cris, tía, que igual tienes cáncer de mama, que lo pone en esta página! ¡Pobrecita, qué vamos a hacer si lo tienes! ¡Es horrible!”. De no ser porque en el fondo la quiero como a una hermana pequeña (aunque nos llevemos meses) a la que me ha tocado proteger desde que éramos bebés, la hubiese estampado la cara en ese mismo instante.

A medida que escuchaba sandeces y consejos inapropiados, el picor crecía si cabe todavía más, era como si una marabunta de hormigas estuviese recorriendo mis tetas de arriba abajo, en movimientos circulares, escalando la cumbre de mi pezón para deslizarse nuevamente por las laderas, correteando, volviendo… Una y otra vez.

No lo resistí más. Me dio igual estar en mitad del pasillo más concurrido del instituto en plena hora punta, en el momento en que todos los chicos y chicas regresaban del recreo. Me levanté la camiseta, dejé mis pechos al aire y me los rasqué con fruición. Casi no escuché el murmullo inicial y el estallido de hilaridad posterior.

A pesar de que apenas estuve diez segundos restregándome, varios compañeros y alguna compañera fueron lo suficientemente rápidos como para inmortalizar la secuencia, tanto en imagen fija como en movimiento. No pude hacer nada. Empezaban las clases de nuevo y todo el mundo se dispersó entre gritos, comentarios soeces y admirativos y escándalo generalizado.

“¡Qué has hecho, tía, estás loca! ¡En unos segundos vas a ser lo más comentado de Instagram!”, exclamó mi prima muy alarmada. “Ya te digo, y no sólo va a rajar la gente del insti o de la ciudad, sino de todos los sitios. Vas a ser una estrella y te vas a forrar”, completó Carlota divertida.

Después, descubriría en las fotos que no había podido disimular mi cara de gustito, de placer inmenso al sentirme por fin aliviada, y en el video que a las pocas horas ya era viral y rulaba por Youtube y Whatsapp como si fuera un videoclip de Shakira pude apreciar que incluso se me había escapado un gemido bastante erótico.

La locura absoluta se ha apoderado de mi vida en los últimos días. Recibo llamadas, notificaciones, peticiones de amistad mensajes, mails… Comunicaciones continuas, decenas de ellas por minuto. No doy abasto. Me han propuesto de todo. Algunas ofertas muy suculentas a nivel económico, otras obscenas, la mayoría de ellas tan interesantes para mi bolsillo como superficiales y en parte indignas. Muchas son de fotógrafos o gente dedicada al cine erótico, si bien hay unas cuantas de marcas de ropa interior e incluso me han felicitado y hateado, en la misma proporción, diferentes grupos feministas, unas por considerarme un símbolo de la liberación femenina y otras por exhibirme públicamente como carnaza.

El caso es que, si me paro a pensarlo, casi todos los problemas que me asaltaban hace sólo una semana podrían estar solucionados y mi vida encarrilada hacia un futuro en el que no tendría que comerme demasiado la cabeza para hacerme de oro usando mi imagen, como me aconseja Carlota. He encontrado sin quererlo, sin ningún esfuerzo, pretensión, voluntad, sacrificio o mérito, un filón para mi vida; las oportunidades que se me negaban, el agujero en el muro.

Y sin embargo, me siguen picando las tetas.

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