Generación recalentada

Resulta obvio que ninguna época ha sido totalmente inocua para las generaciones que la protagonizaron. Siempre ha habido cosas que han lastrado la evolución de la juventud e incluso en tiempos de bonanza proclives al progreso y al bienestar pudo haber retrocesos inesperados o bien sucesos que marcaron negativamente una era.

Pero no se puede negar que la época presente es especialmente puñetera por su carácter transicional e inestable, de cambios repentinos, bruscos y casi todos malos. La generación de nuestros padres capitalizó un episodio donde las alegrías y el optimismo caluroso se llevaron buena parte del negativismo, la resignación y el dolor que habían enfriado el corazón de la generación de nuestros abuelos.

Ahora, a nosotros también nos ha tocado ser los starrings de una época de calor, pero de calor artificioso, emanado de un microondas. Estamos abocados a un panorama de saturación en el que todo se derrite y pierde su textura o consistencia, como en algunos de los memes que estos días se han hecho sobre la ola de calor.

Me gustaría pensar que esta horrenda bocanada de bochorno desmedido podría tener consecuencias positivas. Que la gente de una condenada vez se dará cuenta de los terribles efectos que incluso en su vida cotidiana tiene eso del calentamiento global, que hasta hace no mucho sonaba a película de ciencia ficción.

Sin embargo, en el fondo sé que es una esperanza infundada. En un mundo donde gobiernan seres como Trump, que niega categóricamente la existencia de un aumento de la temperatura terrestre, o como cierto presidente latino que aseguró en su día tener un primo que se reunía con científicos incapaces de prevenir el tiempo en Sevilla, está claro que a la mayoría de la gente este tema le importa muy poco o nada.

Si no fuera así, estos personajes, sólo por esa cerrazón mental, jamás saldrían elegidos. Nuestra hornada generacional, supuestamente más informada que las precedentes, nunca contribuiría al sustento de un gobierno que no sólo pasa del Medio Ambiente, sino que lo maltrata sistemáticamente al penalizar cruelmente los sistemas de autoabastecimiento y la producción de las energías renovables. Un ejecutivo vendido a las grandes eléctricas.

Esto antes lo decía mucho Pablo Iglesias. Ahora ya no lo dice, porque está más preocupado de sus mociones de censura de postureo y de fagocitar al PSOE, pese a que ni lo consigue ni lo conseguirá con la vuelta del renacido Pedro Sánchez. Éste, a manos de su Tizona y a lomos de Babieca, es otro político mediocre y superviviente del estilo a Rajoy al que, hasta donde yo sé (baste leer el programa del PSOE para las elecciones de 2015), también le importa una mierda esto del cambio climático. Pero, si para la propia ciudadanía ocupa un porcentaje bajísimo de sus inquietudes, ¿acaso esperamos que les genere zozobra a nuestros mandamases?

Creo que el tema no tiene remedio sobre todo por la escasa educación ambiental que hemos recibido en España. La gente de esta generación tenemos tan recalentada la mente por los problemas que le ha creado la sociedad privada y que el Estado ha consolidado y acrecentado que necesitaríamos mucha terapia de ventilación.

Pero somos incapaces de esforzarnos tanto y recurrimos a las soluciones fáciles, paliativas y mecánicas. Recurrimos a los trabajos precarios, al apoyo familiar, a la renuncia de nuestras expectativas emocionales y el desprecio de nuestros talentos  en aras de una mínima comodidad insegura, y por supuesto, al aire acondicionado para aliviar nuestro propio calentamiento.

Utilizamos este sistema, que tanto dinero otorga a las eléctricas, perjudica al sistema respiratorio, agrava las alergias,  las infecciones víricas y la sequedad ambiental, consume energía, provoca emisión de COS y de gases de efecto invernadero, y la propagación de microorganismos y elementos químicos. Pero nos la pela, todos vamos desesperados a refugiarnos en la oficina, la cafetería o el cine para “enfriarnos”.

No hay conciencia, no hay evolución, no hemos aprendido nada. Da igual que nos estemos desertizando, que haya cada día más incendios, que expertos como el cineasta Louie Psihoyos aseguren que en 80 años habremos perdido todos los arrecifes de coral. Pensamos que dentro de unos meses esto pasará y que si no, siempre nos quedan las piscinas de los chalets de los amigos y familiares, o las vacaciones chuscas en Benidorm entre la humedad, los olores de pies, las cañas, el reggeaton y el electrolatino.

Voy por la calle entre la miasma de los cuerpos, el efluvio de sol y sudor, el estrangulamiento cerebral y la deshidratación celular, y de repente me encuentro con una vecina que me asegura que siempre ha hecho calor en Valladolid. Le replico que las temperaturas mínimas en junio jamás habían sido tan altas y hace un leve gesto de asentimiento condescendiente.

Podría haber sacado el tema de la restricción al tráfico de vehículos a motor por primera vez en la historia de la capital del Pisuerga, pero es inútil porque me habría sacado el argumento de los representantes del Partido Popular o Ciudadanos en el Ayuntamiento, quienes aseguran que es una decisión guiada exclusivamente por motivos políticos y que es mentira que haya un nivel de polución alarmante en Pucela, porque es el mismo que el de las zonas rurales donde no hay tráfico.

Y es que en este país somos incapaces de reconocer ni siquiera las evidencias cuando las declara una persona a la que consideramos del bando contrario. Como si al equipo de gobierno comandado por el socialista Óscar Puente le apeteciera tomar medidas tan antipopulares como ésta y que no le aporta ningún tipo de rédito electoral, más allá de contentar al sector del electorado izquierdista y alternativo que de por sí ya votaba a sus socios de gobierno de Valladolid Toma la Palabra.

Soy bastante poco entusiasta hacia la labor municipal de Puente y sus socios, pese a que les voté esperanzado en su día, pero de ahí a criticarles sistemáticamente por todo como hacen la oposición y la ciudadanía conservadora tradicional, va un mundo.

Como si no se notara, sin necesidad de que nos lo diga nadie, que el aire está más polucionado que nunca. Que hierve a más temperatura de la que los cuerpos, la respiración y el organismo están preparados para aguantar. Como si nos acordáramos de la última vez que llovió en condiciones. Miro al cielo por las noches y no soy capaz de ver las estrellas que, aunque escasamente, sí suelen iluminar las noches pucelanas, pero no tengo ni idea de si eso tiene que ver con los más de 120 microgramos por metro cúbico al día de ozono que se está registrando en el centro de la Península.  Me imagino que sólo será mi visión poética de la situación.

Lo que sí sé es que he perdido toda confianza en esta generación, si es que alguna vez la tuve. Siempre fuimos acomodados, pusilánimes y padecemos un desajuste brutal entre nuestro supuesto nivel de formación –el nivel cultural es otra historia– y nuestra conciencia social. Sé que este tema nos la refanfinfla, incluso cuando afecta a nuestra salud, y así será siempre.

Ya no digamos si encima hay que pensar en el medio o largo plazo. Para entonces, todos calvos o muertos. Ese es el pensamiento predominante. Que se preocupen los que vengan. Yo bastante tengo con intentar llegar a fin de mes, pagar el alquiler, pensar en las vacaciones o en el bodorrio de dentro de un mes. Dejemos el marrón a las nuevas generaciones. Nosotros estamos recalentados.

Pero me temo que los que nos siguen cambiarán el microondas por la realidad virtual.

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