Mi otra vida

Como algunos otros mortales, yo tengo otra vida. Pero si uno se coge el manual de otras vidas, en realidad la mía guarda bastantes diferencias con respecto a la de los otros.

Para empezar, en mi caso sólo dura un mes y una semana. El resto del año ejecuto una existencia asquerosamente normal, sin prácticamente imaginación, más allá de la que dejo volar cuando actúo como si fuera un consagrado brujo que hace pócimas con palabras.

Por otra parte, mi vida paralela no es secreta, porque la conocen personas de mi vida normal, en verdad casi todas. Sin embargo, sólo yo sé que en realidad es otra vida. Ni siquiera las personas que la viven conmigo conocen lo que significa para mí. Por lo tanto, se podría decir que es una vida secreta emocional basada en el marco del mundo de los sentidos.

Algo así como un Matrix en el que yo soy el único que se toma la píldora azul, aunque a veces quiero pensar que otros también se drogan de vez en cuando con ella. Nunca jamás he tenido un dejà vu en esta realidad, como si no existiesen fallos en el sistema.

En esta estructura, se me coloca en un rol familiar muy diferente. Mientras que en mi vida normal siempre he sido el hijo, el nieto, el hermano y el primo, aquí adopto el papel de padre de familia numerosa.  Es bastante poco tradicional, porque la madre suele cambiar cada año e incluso hay veces en las que mis niños y niñas me tienen sólo a mí en plan monoparental.

Son los mejores hijos que podría haber escogido y eso que no los engendré yo ni llevan mi ADN (tal vez precisamente por eso). Pero quiero pensar que he influido aunque sólo sea un poquito en su desarrollo, que ahora les lleva a ser preadolescentes cada vez menos inocentes.

Algunos ya tienen cierto aire macarril y otras ya no actúan como fans histéricas tirándose a mis brazos cada vez que me ven como hacían cuando eran pequeñas, pero todavía ellos y ellas mantienen muchos retazos de lo que han sido siempre y hacen notar su adoración por mí de otra manera. Aun así, no llega ni de lejos a la que yo siento por ellos. Me esfuerzo por no caer en los favoritismos, pero admito que existen algunas preferencias que intento ocultar torpemente.

En esta otra vida, tengo otras amistades, aunque sería exagerado decir que son verdaderos amigos. Casi todas son chicas y están a mi lado continuamente, presentes, y no a decenas, cientos o miles de kilómetros de distancia. No viven en el extrarradio, en pueblos perdidos ni en urbanizaciones de secano, ni en grandes capitales, ni en otros países.

No tengo que escribirles whatsapps, mandarles audios ni realizar llamadas por teléfono que a veces no me contestarán. Las hablo cara a cara, escucho sus voces, me fijo en su lenguaje no verbal, observo su físico, en el caso de algunas imponente, y puedo tener gestos de cariño físico con ellas. Nos tocamos, abrazamos y acariciamos sin pudor ni componente sexual.

Aparentemente no existe con esta gente el nivel de confianza que hay con mis amigos reales, y sin embargo ocasionalmente les cuento más cosas. De vez en cuando, me suelto, me percibo extrañamente cómodo en ese nivel de confidencia íntima coyuntural y explico las cosas sin rodeos, ni trabazones, ni dudas. No tengo que pensar lo que digo, me sale solo.

Posiblemente se deba a la ausencia de un pasado que condiciona, ya que en esta existencia siempre he sido Álber sin el resto de las etiquetas asociadas. Aquí no hay más pasado que el de la otra vida, no hay cargas, lastres ni hipotecas emocionales. El reseteo de  mi vida ordinaria es completo, un starting over absoluto.

Y, sin embargo, mis hijos y mis amistades apenas me conocen. Porque sólo ven la parte buena de mí, la que saco en ese ambiente para mí del todo irreal y efímero que consigue arrancar todas mis virtudes y tapar todos mis defectos.

Allí soy un tipo comunicador que transmite emociones y buen rollo, relativamente gracioso, con un toque de locura controlado y asistido por una autoestima casi a prueba de bombas. Me muestro seguro, confiado, responsable pero anárquico, simpático sin artificios, empático sin dramatismo.

Esto no quiere decir que mi otra vida sea completamente idílica. También surgen conflictos y tensiones, hay amigos que no se soportan entre sí y algunos de mis hijos no se llevan muy bien con sus hermanos. Pero pese a ello estamos juntos y a una, porque no queda otra, está implícito en la propia naturaleza de este universo aparte. En mi mundo de cabecera, y sobre todo a medida que pasan los años, casi tengo más amigos que no se hablan entre sí o no tienen prácticamente relación que a la inversa.

En mi otra vida, apenas hay un marco social hostigador y censor. Ésta es quizá, de entre todas, la mayor diferencia con respecto a mi vida principal. No me siento condicionado y los únicos límites me los impongo yo y vienen de mi propio sentido común. Y cuando raramente aparece la norma, por lo general estúpida y mal fundamentada, la acato rebelándome verbalmente contra ella sin ningún tipo de temor o cortapisa. Sin los pelos en la lengua que a veces tanto se me erizan y me pican en mi vida real.

Expreso mis ideas antisistema y libertarias con una tranquilidad que a veces me deja pasmado e, incluso cuando los demás no están de acuerdo conmigo, me escuchan, consideran y respetan. Propongo mi teoría sobre el anarquismo sexual combinado con la felicidad emocional pasajera de corte monógamo sin restricciones, y curiosamente es acogida con escandalizada aceptación por parte de los que piensan muy diferente. Muevo conciencias, hago pensar.

Aquí nadie me ningunea, todo lo contrario. Se interesan por lo que soy y lo que digo, valoran cualquier cosa, hasta la más nimia. Y se recurre a mí igual que yo recurro a ellos. Me siento necesitado e importante. Se me pide opinión, consejo y acción. Soy justo lo que siempre he querido y nunca me han dejado ser en mi realidad. El artista en todas sus acepciones.

Sin embargo, cada vez que estoy viviendo está existencia alternativa, me doy cuenta de desgraciadamente nunca la sustituiría por la real. Aquélla está donde tiene que estar. Es lo que es gracias a su contexto, su corta duración, su periodicidad, la atmósfera, el espacio. Su fecha de caducidad, seguramente próxima, hacen que sea una preciosa mentira con emociones auténticas, al menos las mías.

Si se alargara o tomara el control, tengo claro que acabaría degenerando. Comenzaría a haber guerras irreconciliables y problemas mal gestionados que se eternizarían. Se me impondrían exigencias aberrantes y tendría que pasar por el aro. Mucha gente me abandonaría o me ignoraría, mis hijos se harían mayores y ni siquiera mis predilectas querrían saber demasiado de su padre. Sus madres me harían la cobra sin moverse.

Mi trabajo sería sólo apreciado por unos pocos y la mayor parte de la gente ni siquiera se interesaría por él. Tocaría solo la guitarra en mi cuarto y escribiría largas novelas en las que descargaría mi yo atormentado, contradictorio, nostálgico y rebelde castrado, que releería y corregiría para consolar a mi ego. Me exorcizaría en un blog con escasos visitantes.

Acabaría siendo un tipo cabreado y frustrado que sólo se muestra equilibrado para sobrevivir, un onanista de las emociones que se machacaría el alma para sólo mancharse a sí mismo de semen.

Se parecería demasiado a mi vida real.

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