Lluvia purificadora

Reconozco que nunca he sido muy fan de la lluvia. Esto contrasta bastante con mi personalidad romántica (considérese romanticismo en su sentido puro, el que explicó muy bien Amelia Folch en un capítulo de El Ministerio del Tiempo), pero lo cierto es que ese toque lúgubre, tétrico, decadente y melancólico de las tormentas y los chaparrones nunca me han hechizado demasiado.

Lo considero un fenómeno meteorológico molesto para una vida moderna al que los urbanitas algo sedentarios como yo no nos acabamos de acostumbrar. Eso de andar con los zapatos embarrados, de recibir golpes de paraguas (aunque la mismísima Rihanna cantara una loa a su umbrella, confieso que los detesto), de sentir como se mezcla la humedad externa con la propia del cuerpo o de ver como las actividades al aire libre quedan automáticamente restringidas o impedidas no me mola nada. Bueno, al menos eso he creído siempre.

Ahora no lo tengo tan claro. Como yo mismo he promulgado en los últimos días en el pequeño ámbito en que se desarrolla mi otra vida, lo cierto es que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Y lo mismo me ha ocurrido a mí con el llanto de los cirrocúmulos. Que de tan poco como se produce últimamente, lo he llegado a añorar sin darme cuenta. Y cuando se presentó ayer con toda su fuerza, me pegó una hostia en la dentadura de mis convicciones.

Ya no recordaba las sensaciones que generaba. Esa extraña magia que crea una cortina en el aire y empaña la visión como si estuvieras contemplando un cuadro antiguo desfigurado por el paso del tiempo. La impresión falsa pero preciosa de que los objetos cobran vida, de que los volúmenes se ensanchan y el paisaje se pone a danzar con miles de ondas en movimiento al compás de una música silenciosa de fina percusión. De que hasta las rocas sueltan lágrimas.

Se me había olvidado por completo el olor de la lluvia al caer sobre la ciudad, la limpieza de la atmósfera viciada que trae consigo o el aroma a tierra mojada al pasar por los parques. Ya no tenía apenas memoria del atardecer oscuro con los charcos sobre el pavimento como si el mundo hubiese ido estampando las huellas de sus pecados, las prisas de la gente por guarecerse bajo cualquier tejadillo, cornisa o soportal sin que su dispositivo móvil pueda ayudarles en ese lance pese a su supuesta inteligencia.

Pero la lluvia de ayer fue incluso más especial porque me arrastró todavía mucho más en mi pasado. Me pilló en un colegio lleno de niños y allí pude experimentar por sorpresa la tensión que generan las tormentas en la infancia ingenua y sobreexcitada, las ganas frustradas de salir al patio, el paseo inhabitual por los pasillos penumbrosos que lo sustituye, el destello de un rayo sobre la pizarra, el retumbar de los truenos contra el viejo edificio de ladrillo y tejas. La idea de engañosa protección dentro de los muros de un recinto que dentro de no demasiados años no podrá acogerles ni salvarles.

Sin embargo, más allá de eso, tal vez durante unos breves instantes que, como todo lo bueno que hay en esta vida, no duraron demasiado, sentí mi alma purificada y comprometida con una misión. Tenía que contarles una historia de miedo para que no se asustaran, grabar la película de los mejores años de sus vidas.

Creo que lo hice ignorando el aguacero que en el fondo me estremecía a mí por dentro.

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