Obsesión revanchista

Soy consciente de que me voy a ganar comentarios negativos y críticas al escribir esta entrada por parte de algunos de los que me leéis habitualmente. Pero como yo me debo a mi propia honestidad de pensamiento y emociones, tengo que expresarme sin cortapisas. De lo contrario, no tendría sentido esta Buhardilla.

Voy a hablar de algunos cambios provocados por la Ley de Memoria Histórica que en su día elaboró el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, la cual ha estado sin aplicarse durante muchos años en bastantes municipios e instituciones españolas, sobre todo si era el PP el que gobernaba en las mismas. En los tiempos recientes, ha habido una proliferación de alteraciones en nombres de calles, retirada de símbolos, condecoraciones, honores, enseñas y títulos.

Aún a día de hoy se siguen desplegando los efectos de la citada norma. Hace poco, se decidió que había que retirar la laureada del escudo de la Diputación de Valladolid y hay mucha polémica respecto al mismo símbolo en el blasón del Ayuntamiento, puesto que fue Franco quien la concedió en 1939, e incluso en el propio emblema del Real Valladolid de fútbol.

A mí me parece un añadido bonito que dota de belleza al distintivo, mi generación y las dos anteriores hemos crecido viéndolo y me da exactamente igual si no es el original o si fue Franco quien nos dotó con ese honor por ser muy franquistas y muy Fachadolid. A mí me gusta, y estoy muy lejos de ser franquista o partidario de ningún régimen dictatorial. Pero eliminarlo es desde hace tiempo objetivo fundamental de los partidos de izquierdas.

¿Y cómo casa eso con el hecho de que yo sea, en muchas otras cosas, afín a estos partidos? Tiene un nombre, y se llama esclavitud ideológica y ansia vengativa llevada al máximo nivel de detalle. Permitidme no tener nada de ninguna de las dos.

Esta misma semana se ha modificado el nombre de la Avenida José Luis Arrese de Valladolid, que ha pasado a llamarse Miguel Ángel Blanco en honor al concejal popular de Ermua asesinado por ETA hace veinte años.

Primero de todo, me gustaría aclarar que me parece totalmente apropiado y correcto que exista una calle a nombre de Blanco, si bien también hay que puntualizar que existen otras víctimas de la banda terrorista que ni tienen ni tendrán jamás tal reconocimiento. Por no hablar de la multitud de héroes y heroínas, muchas veces anónimos, cuyas hazañas o sacrificios no han tenido históricamente la repercusión mediática que, por desgracia para él, sí tuvo la del político vasco, cuya valentía por otra parte no pongo en duda. Su muerte conmocionó a la sociedad y merece su sitio destacado, eso no es objeto de debate.

Sin embargo, ello no es óbice para que me parezca totalmente inadecuado que se sustituya el nombre de una vía que siempre se había llamado así, José Luis Arrese, desde su inauguración. Creo que no había ninguna necesidad de modificarlo y, si se quería dar una calle a Miguel Ángel Blanco, seguramente había muchas calles de reciente creación con poca o ninguna tradición que podían haber sido rebautizadas con su nombre.

Sin embargo, se elige ésa porque José Luis Arrese fue un destacado ministro franquista y, siguiendo la moda actual, hay que eliminar todo vestigio del franquismo en el callejero español y, en general, en el paisaje material o inmaterial del país. El tal Arrese debía ser un elemento de cuidado, partidario de la Alemania nazi, bastante astuto en sus maniobras políticas para buscar en cada momento el favor de Franco, y además precursor de la criminal política de promoción de viviendas para la propiedad privada que tanto ha dañado a este país. Así que simpatías por él, ninguna.

¿Pero es que a alguien le importa quién fue el tal José Luis Arrese? A nadie, obviamente, o a muy pocos, más allá de la gente que por su edad le recuerde (pero que probablemente tampoco sepa muy bien qué representó su figura). Yo mismo confieso que hasta que no se ha decidido el cambio jamás me había interesado por saber quién era ese tipo u otros muchos que tenían su nombre impreso en placas situadas en las esquinas de la ciudad. Creo que resulta bastante más relevante, educativo e interesante estudiar quiénes fueron estos individuos en vez de eliminarlos de la memoria. Porque la ley de memoria en verdad es una ley de desmemoria en muchos sentidos.

En otros, como la exhumación de cadáveres víctimas de la Guerra Civil o del franquismo, no lo es, y de hecho mi postura es totalmente contraria a la que he expuesto en el otro asunto. Es una vergüenza histórica que se haya tardado tanto en llevar a cabo y me parece absolutamente indignante que el Estado no haya puesto medios y recursos públicos en esa tarea.

Pero lo de los simbolitos y chorraditas varias sinceramente me parece una obsesión revanchista que hace flaco favor a la izquierda. Algunos me dirán que yo no soy de izquierdas o que soy un traidor por manifestar esta opinión. Me la refanfinfla. Yo no tengo porque adscribirme de forma total al ideario de nadie, por mucho que coincida en muchas cosas.

Más valdría que la izquierda de este país, absolutamente desnortada, se preocupara de recuperar un discurso social que cale en la ciudadanía, el de la reivindicación de derechos laborales, de mejora en la calidad del empleo, de los servicios públicos, de la implantación de la economía colaborativa, colectiva y solidaria, y se dedicara a combatir el capitalismo feroz basado en el urbanismo de ladrillo delincuente, en las energías no renovables y en las telecomunicaciones estafadoras, que sigue propagándose como la peste y es fuente de la corrupción que desangra nuestros bolsillos y nuestra dignidad.

Convendría que los partidos de colores republicanos estuvieran más inquietos a la hora de retomar la idea de establecer una democracia verdaderamente participativa, de poner las bases para una educación sólida, diversa y plural (que no genere desmemorias), de promover la cultura para acabar con el síndrome del país de charanga y pandereta que seguimos siendo, de cumplir al menos los ridículos compromisos de acogida de refugiados a los que llegó el gobierno y, sobre todo, de defender el medio ambiente y la sostenibilidad, que es el problema más grave a medio y largo plazo que tiene no sólo España, sino el mundo entero. Y no gastar tanta energía (no renovable) en gilipolleces.

Todo eso es mucho más importante para mí que las batallitas revanchistas. Pero claro, será porque yo soy un izquierderechista traidor…

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