Otro año más en el foso de Zorrilla

Ayer tuve un fuerte dilema. En realidad, pensaba que lo había resuelto hacía días o incluso semanas, pero a la hora de la verdad me di cuenta de que no era así. Finalizaba el período incentivado para renovar el carné del Real Valladolid y debía tomar una decisión. Tenía claro que fuera de ese período (que implica tener derecho a la posibilidad de que el carné de la 2018/2019 sea gratuito en el caso de que el equipo subiese a Primera División) no renovaría. Era ahora o nunca.

Mi mente y mi corazón se pusieron a funcionar, pero ninguna de las dos partes de mi ser, siempre tan divididas, me daba una solución satisfactoria, ni siquiera en su disyuntiva o en una discusión que no fue tan agria como en otras ocasiones. De inclinarse por alguna opción, estaba claro que la de mandar al club de mis amores a tomar ventosidades (en buena lid, eso sí) era la preferida por ambas partes, por una vez más o menos de acuerdo, si bien sí hubo debate en cuanto a los motivos que fundamentaban sus respectivas determinaciones.

El lado racional consideraba una insensatez carente de toda lógica continuar pagando una cuota anual que me diera derecho a acceder a un Estadio para presenciar un espectáculo que en las últimas cuatro temporadas ha sido realmente decadente, apenas con unos chispazos de calidad que pudieran considerarse dignos del buen paladar futbolístico.

Eso sin olvidar las casi tres horas de mis fines de semana (desplazamientos incluidos) que se gastarían patéticamente en la contemplación de un rectángulo de juego verde por el que triscan veintidós jugadores, once de los cuales son teóricamente de los míos y que se pierden durante la mayor parte del partido en una suerte de patadones, pases errados, disputas de balón broncas, faltas, trifulcas, protestas, pérdidas de tiempo e imprecisiones varias que enervan al respetable.

Así es la Segunda División. Larga, marrullera y la mayor parte de las veces aburrida, sólo salvada por fogonazos puntuales y por la indiscutible emoción y competitividad del campeonato.

Por su parte, el lado emocional de mi persona clamaba venganza contra ese club que lleva más temporadas de las que puedo recordar dándome disgustos, regalándome sinsabores y no enmendando la plana. Principalmente hacia su presidente y supuesto accionista mayoritario, un tipo tan eficiente como gestor económico según comentan los que saben de eso como lleno de ineptitud a la hora de manejar la parcela deportiva de un club… deportivo.

Eso por no hablar de su nula capacidad para crear ilusión, integrar la entidad en el tejido empresarial, social y cultural de la ciudad, introducirlo en los colegios o para comunicar algo que no sea “lo de siempre”, que al final en esta localidad de humor cínico y afición a la crítica amarga se traduce en “cómo vas a ver a esos, si son unos paquetes”. Y lo peor es que últimamente no les falta la razón a esos destructores de barra de bar que tanto abundan por estos lares.

Este año nada hace pensar que la cosa vaya a ser diferente. Sí, la campaña de abonados es muy bonita e intenta apelar al lado más emotivo, al sustrato blanquivioleta más básico, a ese pedazo de alma común que tenemos todos los aficionados pucelanos, incluso aquéllos que más divididos parecen en sus relaciones personales.

Pero al final uno mira la política de fichajes, los movimientos del club… Y no se ve por ningún sitio ese mensaje de gran familia que quiere recuperar su ADN común. Un año más noto que los canteranos son considerados jugadores de segunda fila, opciones a las que recurrir si los principales espadas, venidos de fuera, en ocasiones cedidos y en otras con contratos cortos, fallan estrepitosamente y si luego fallan también los segundos espadas y en el caso de que tampoco funcionen los recambios, restos, repuestos o remiendos que se consigan en el mercado de invierno y… En definitiva, nunca es el momento para apostar por ellos.

Al menos esa es la sensación que me da cuando observo que un chico como Anuar, que ha hecho méritos más que suficientes en las próximas temporadas para ser considerado un jugador muy importante del primer equipo, dice que no tiene nada claro cuál va a ser su futuro. Y eso por citar sólo un nombre.

Exceptuando el caso de Jose, no se ha confiado en ningún jugador formado en las categorías inferiores desde hace años y, si nos remontamos más en el tiempo, el número de futbolistas emergentes de cosecha propia que han triunfado en el primer equipo del Real Valladolid se pueden contar con los dedos de la mano. En realidad, durante toda la larga y fatídica (al principio también en lo económico, y siempre en lo deportivo) era Suárez.

Tampoco observo cambio alguno en la filosofía del club. Sigue siendo una entidad prácticamente fantasmal a los ojos de la inmensa mayoría de empresarios de la ciudad. La indiferencia, cuando no desprecio, con la que se la ve, es deprimente. Eso por no hablar de su nulo calado entre los niños y adolescentes, que deberían ser la mayor prioridad del club. Y sé bien de lo que hablo, porque trabajo todo el año con menores de edad.

Parte de culpa la tiene la personalidad del colectivo vallisoletano, pero ni mucho menos toda. Mucha responsabilidad es de los que han gestionado el club durante estas últimas dos décadas, con Suárez a la cabeza.

Teniendo en cuenta todo esto, la cosa parecía sencilla ayer, día 22 de julio de 2017. No renovaba y punto. Pondría fin de una vez a este martirio voluntario. Se acabarían de una vez los fracasos, las decepciones y últimamente la sensación de hastío, tedio e incluso indiferencia.

Pero no, había algo que no me convencía. Seguía con esa sensación de incomodidad, de insatisfacción. Con ese remusgo interno que me recorría las tripas y me revolvía desagradablemente. Pondría punto y final a muchos años de fidelidad.

Ahí estaba la palabra clave. Fidelidad, tradición, arraigo. No era una cuestión de emociones ni de razonamiento. En realidad, casi nunca lo fue. Uno va a ver al Pucela porque es de Valladolid y quiere formar parte de esa historia colectiva. En el fondo, tiene razón el anuncio. Es lo único cierto que vende el club, porque lo demás es humo. No podemos huir de eso, al menos yo no puedo. Me siento demasiado vinculado a los colores blanquivioletas.

Demasiado enraizado a la costumbre de subir andando por “la cuesta del manicomio” hasta el Estadio del poeta, entrar por la puerta 16 y acceder a la Tribuna Norte para ver desde ella la portería que, según mi primo, es la de marcar los goles en las segundas partes. De ir en coche los días de diciembre en los que el Estadio de la pulmonía hace honor a su apelativo, cuando la niebla permite apenas distinguir el esférico. De salir del aparcamiento hora y cuarenta y cinco minutos después con las manos entumecidas debiendo realizar maniobras que mezclan el escapismo de Houdini, el apile de piezas del Tetris y las agresivas técnicas de conducción del GTA para abandonar el recinto con el vehículo ileso.

De escuchar la alineación pronunciada sin ningún tipo de declamación por la misma voz desde tiempos inmemoriales, como si en realidad fuera un software, un programa informático. De que suenen esos acordes como de jota castellana y alzar las “Banderas blancas y violetas”, aunque cantemos pocos goles y menos gestas. De escuchar el segundo himno oficial al final de los encuentros, particularidad musical de este club que también tiene otros tantos extraoficiales.

Apegado al ritual de ver enfrente el Fondo Sur sajado y Continente como decoración accesoria. De tomar “café prefabricado” en el bar. De contemplar a diez tíos vestidos con una camiseta que a fin de cuentas es la tuya. De tener a nuestros pies el foso, ese elemento anacrónico, vetusto, una rara avis en los estadios europeos, y que el coliseo vallisoletano aún conserva. El foso por el que se deslizan los niños en el descanso, que huele a agua estancada y que simboliza nuestra frecuente bajada a las profundidades, a los infiernos de Zorrilla.

El Estadio Zorrilla, con su foso. (Imagen: Twitter).

De que pongan en el marcador el dato inflado habitual del que todos nos reímos, que dice que somos los 8.000 de siempre, aunque antes éramos los 12.000 de siempre y a veces ahora no somos ni los 6.000 de siempre. Un número supuestamente extraído de la lectura de los tornos custodiados por unos tipos en su mayoría castellanos y hoscos, quienes te responden taxativamente si se te ha olvidado algo en el coche que no se puede salir del Estadio y volver a entrar. Que estás irremediablemente atrapado en Zorrilla, en su foso.

Y quizá en el fondo eso es lo que quieres.

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