El ataque cobarde de la sociedad reprimida

Hace un par de semanas escribía sobre mi otra vida. Acerca de lo feliz y refugiado que me encontraba en ella, pese a que supiera que era una bonita y efímera mentira, un sueño embriagador del que despierto irremediablemente cuando ha llegado agosto y otro año toca a su fin. Hasta el siguiente. Y hasta que el tiempo dicte su sentencia final y esa otra existencia caduque definitivamente.

Pero ni siquiera este yo alternativo que vive en una dimensión que se confunde con la realidad ordinaria pero que para mí, en mi cabeza, es otra bien distinta, está totalmente a salvo de mi vida de verdad, que saca sus tentáculos de las profundidades abisales y me viene a agarrar cuando menos me lo espero. El monstruo marino suele ser siempre el mismo, aunque esta vez se ha presentado con una forma poco conocida, como si hubiera mutado. Pero es la misma bestia cruel que carece de toda comprensión y que sólo busca trocear mi entusiasmo.

Lo consigue, logra su objetivo. No puedo negar lo contrario. Sin embargo, nunca conseguirá, por más empeño que ponga, destrozar mi autoestima ni rasgar ese pedazo de alma que aún conservo para las buenas ocasiones. Aunque haga que se resienta y que en ocasiones me sienta tentado a hundirme entre sus garras hacia los fondos pútridos y oscuros de la sociedad en los que él vive.

Es ajeno a mí, eso me tranquiliza. Eso le hace menos dañino, pero no por ello menos peligroso. Sé que me persigue y de vez en cuando me encuentra. Suele venir siempre igual, de improviso, a traición, por la espalda y a degüello, cobarde y atroz al mismo tiempo. Nunca se manifiesta por sí mismo, porque no tiene lo que hay que tener. Se muestra a través de intermediarios que nada tienen que ver con él y a los que trata de confundir con sus prejuicios y sus miedos.

En el fondo, se trata siempre de eso. Del pánico a lo diferente, del ataque preventivo y sucio del que se caga en los pantalones ante cualquier duda, enfrente de cualquier situación desconocida para él. La ignorancia y la represión forman una combinación letal para el que trata de vivir su vida en libertad y sin arreglo a más normas que las del cariño hacia los demás y las mínimas que dicta el civismo y el sentido común.

Pero siempre llegan estos, los reprimidos cobardes, que son manifestación de una sociedad enferma y odiosa que vive acojonada desde que se levanta por la mañana y que se mete en la cama entre sudores provocados por el mal de conciencia y por los pensamientos corroídos.

Surgen de su rastrera y vomitiva neurosis para traspasar sus paranoias, sus inquinas, sus rencores y su detritus mental hacia otros, quitándoselo de encima porque les huele mal y les molesta. Tirándoselo a la gente que está limpia y que ni siquiera les ha importunado. Porque les consideran diana fácil, el perfecto ojo del huracán donde alojar sus demonios internos.

Esta corriente, que en no pocas ocasiones ha dominado mi vida real hasta hacerla aborrecible, se ha colado en lo que creía una existencia plácida donde me podía manifestar tal y como era sin temor a las hostias de los prejuiciosos mezquinos y miserables. Me equivocaba.

Pero les mando un mensaje, desde esta alcoba virtual. Jamás llegaréis hasta esta Buhardilla donde yo ordeno mis muebles emocionales, mi decoración racional y mis enseres de complemento personal como me place. Donde sólo yo pongo mis reglas. Jamás la dañaréis. Tal vez es lo único que me queda, mi único bastión de resistencia. Pero no es tan poco como parece.

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