Ardemos en nuestro infierno

Ayer observé escenas que jamás creí que vería. Columnas naranjas inmensas, polvo de niebla negra llegando hasta ciudades pobladas. Personas temiendo por sus vidas ante las llamaradas inmensas que como gigantes de formas ondulantes avanzaban a una velocidad inusitada y devoraban todo a su paso. Gente organizando improvisadamente servicios de extinción con lo que podían. Cubos de agua, mangueras caseras, garrafas. Cualquier cosa servía.

Después esos mismos ciudadanos también se pusieron codo a codo a trabajar con los bomberos, servicios de emergencias locales y unidades militares desplazadas a la zona. Cuadros que superaban con creces a los de una película apocalíptica, como si el mundo poco a poco se estuviera reduciendo a cenizas y nosotros fuéramos meros muñecos de cera condenados.

Estaba ardiendo Portugal. Y ardían Galicia y Asturias. Parte de mi alma se veía abrasada, aunque lo único que podía sentir viendo aquellas imágenes era un frío extraño que a mí también me quemaba. Me quemaba las entrañas. Tierras que amo, que he visitado con frecuencia en los últimos años, que forman parte de mi acervo personal. Casi me daban ganas de llorar.

Vigo cercada por el Averno. El parque de Muniellos, reserva natural de la biosfera y mayor robledal de España, ardiendo. Carreteras siempre verdes flanqueadas por lenguas devoradoras. Esta mañana fotos terribles de mi querida Gijón sin amanecer, como si hubieran calcinado el cielo.

Esa gente, ya tan castigada por anteriores desastres, controlando de una forma admirable su angustia y pánico y poniéndose a currar para salvar lo suyo y para protegerse ellos mismos. Nadie había visto nunca nada igual, al menos no los de nuestra generación. Daba un miedo atroz, casi insoportable. Los focos se multiplicaban, como si hubiera una idea siniestra de acorralar, de cercar.

Me quedé hasta bien entrada la madrugada gracias al programa El Objetivo de Ana Pastor, la mejor periodista de este país, que se quedó haciendo un servicio público que nadie le había avisado que tendría que realizar, mientras La 1, el principal canal del ente radiotelevisivo estatal, una vez más dimitía de su obligaciones y dejaba a la Sexta como cadena pública real. Surgían informaciones falsas o bulos que se desmentían casi al instante. Pasaban cosas raras, como fuegos que aparecían esporádicamente en pleno centro de Vigo.

Cosas sin explicación aparente fuera aparte de la obvia. Una banda criminal muy organizada y coordinada. Sin embargo, cuesta creerla, por mucho que ayer mismo ya tanto el presidente gallego, Alberto Nuñez Feijóo, como otros cargos pertenecientes a la Xunta, se atrevieran a hablar sin pelos en la lengua de incendiarios, de grupos perfectamente sincronizados e incluso esta misma mañana hayan pronunciado la palabra terrorismo. Mientras tanto, Pablo Echenique, de Podemos, ponía su grano de arena para avivar el fuego incendiando las redes con un lamentable comentario, presuntamente irónico, tan desafortunado que debería haberse disculpado de manera inmediata. Pero no me consta que lo haya hecho.

Algunos piden que se espere a que los focos estén controlados y/o extinguidos para hacer valoraciones. También muchos están criticando que se haga juego político con este desastre. De acuerdo. Pero no creo que sea honesto callar una serie de verdades evidentes.

Que la Xunta de Galicía prescindió de más de 400 brigadistas al finalizar el verano, pese a que las altas temperaturas, la sequía, los vientos cambiantes y la proximidad de incendios en la vecina Portugal aconsejaban precisamente lo contrario. Y para ello no hace falta ser experto, basta con tener sentido común.

Que los recursos que destinan, no sólo la Xunta de Galicia o el Gobierno de Asturias sino en general la Administración en España, son insuficientes. Que además no hay una planificación adecuada. Es un tema que ya he tratado en más de una ocasión en esta Buhardilla.

Que para colmo las condiciones climáticas de este año son tan anormales y extraordinarias que se debería haber tomado muy en serio la posibilidad de que algo así sucediera. Que nunca ha sido una prioridad política y ni siquiera hoy, cuando las llamas han alcanzado a cascos urbanos y han obligado a los vecinos a hacer cadenas humanas y ayudar a los servicios de emergencias para apagar el fuego, lo es.

En la agenda hay otras cosas que importan mucho más, como la respuesta de un president enrocado en su cruzada independentista para dar, asegura él y sus socios, a un país la justicia que merece y que le impide un Estado fascista y represor. Con esto no quiero quitar gravedad al conflicto catalán, porque la tiene y mucha, pero sinceramente a mí se me borra de un plumazo la inquietud por la sensibilidad nacional de algunos y por las pretensiones legalistas y unitarias de otros cuando lo que está en juego es mi bosque, mi tierra, mi planeta, el entorno de las personas, sus propios pueblos, sus casas, sus calles e incluso sus propias vidas.

Lo peor de esto es que no sólo se trata de una actitud política. Como he denunciado en otras ocasiones, la sociedad en su conjunto (no así colectivos y personas individuales muy concienciadas con el tema) habrá olvidado mañana, pasado, tal vez ya lo haya hecho, que cada día estamos más cerca de arder en el infierno que nosotros mismos nos estamos construyendo.

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