Por qué el cuatro

Esta ha sido una de las preguntas que me han hecho de forma más recurrente en los últimos meses. Por qué esa querencia hacia el número cuatro, hasta el punto de que forme parte de mi signatura como literato. Si firmo mis escritos con guión bajo (también me cuestionan por este símbolo, pero aquí no hablaré de ello) y el 4, sin duda es por qué esta cifra debe ocupar una importancia primordial en mi vida, me plantean mis lectores.

En realidad, como respondo casi automáticamente en cada una de las presentaciones que hago de mi novela El Secuestro de la Esperanza cuando soy preguntado por este tema, era mi número de clase y se convirtió por ello en mi favorito. Punto y final. No hay más.

La gente se decepciona un poco cuando les doy la respuesta. Esperan que les diga que tiene que ver con algo satánico, con los cuatro jinetes del apocalipsis o bien con mi récord de orgasmos en una noche (no sé si piensan en propios o ajenos). También esbozan un gesto de entrañable condescendencia. Las chicas adoptan ese semblante típico que significa “qué mono” y los tíos (al menos, los de Valladolid) una sonrisa irónica que simboliza “qué friki”.

Probablemente sólo algunos de mis amigos y amigas de toda la vida, los del colegio, lo entienden como algo característico de mí, que no podía ser de otra manera, y comprenden que la anécdota oficial tiene una trascendencia extraoficial mucho mayor. El identificarme con la posición numérica que tenía en la lista de clase implica una línea de continuidad y conecta todas las épocas de mi vida, al menos desde que tuve cierto juicio. El cuatro reúne mi yo de siempre en una sola figura, es el símbolo de mi coherencia y estabilidad personal. Algo que al no ser material nunca nadie me podrá quitar.

Sin embargo, en realidad sí que hay un poco más, como sucede con casi todo en mi vida, donde se mezclan la realidad, la ficción y sobre todo mis fantasías. El cómo fue se desdibuja y se funde frecuentemente con el cómo me gustaría que hubiese sido e incluso, tirando de razón aristotélica, con el cómo habría sido lógico que se hubiese producido.

La primera vez que tuve el número cuatro en clase fue en Cuarto. Creo que no lo volví a tener nunca más. Tal vez alguna vez siendo adolescente, no estoy seguro. Para mí aquel curso fue realmente especial e importante, me dejó huella y prácticamente marca el punto de inflexión entre mi vida olvidada, salvo por pequeños flashes, y mi vida recordada a retazos (que se prolonga muchos años más).

En Cuarto fue la primera vez (y una de las únicas) en que tuve un profesor que realmente me marcó. Se llamaba Óscar y tenía ese toque de campechanía que le hacía cercano y cálido en su trato con los alumnos. Pero al mismo tiempo era un maestro con todas las de la ley, que sabía de lo que hablaba y transmitía los conocimientos de forma didáctica y amena. Era serio, pero también amable y cariñoso. Al menos, yo le recuerdo así.

Todavía a día de hoy me le cruzo por la calle (no ha cambiado demasiado) y sé que no me recuerda, porque por sus aulas habrán pasado cientos, tal vez miles de niños, y además también le rememoro como alguien bastante despistado. Más de una vez me he sentido tentado de pararle y contarle esto mismo, que él es uno de los motivos por los que mi seudónimo es el que es. Pero nunca lo hago, tal vez por miedo a que se emborrone esa imagen idílica que conservo de él.

Hubo claramente más cosas que hicieron ese curso académico imborrable para mí. Malas sólo una. Me enteré de que los Reyes Magos pernoctaban en el Corte Inglés y no pagaban a sus camellos. Pero la mayoría fueron buenas. Fue el año de la primera excursión fuera de Valladolid, al menos de la primera que mi mente registró. Nos desplazamos, todo emocionados, a lomos de un autocar que seguramente llevaría menos medidas de seguridad y más niños de lo que ahora se permitiría, a Lerma, Covarrubias y Santo Domingo de Silos.

No sé si alguna o alguno de mis excompañeros lo recordarán, pero allí presenciamos el que fue nuestro primer y tal vez único polvo en directo en el que no participáramos, fuera aparte del que seguramente todos le vimos echar a nuestros  padres furtivamente y con discreción a una edad en la que nuestro cerebro ni lo entendía ni lo asimilaba, tras la típica pesadilla y consiguiente intromisión en su habitación.

El autobús cruzaba el puente de Lerma y descubrimos entre los matorrales a una pareja totalmente en pelotas que trataba de ocultarse torpemente entregándose a los placeres carnales. Obviamente retengo la escena bastante desfigurada, pero sí sé que todo el mundo se puso a gritar, escandalizados y divertidos (yo, como casi siempre, me enteré de los últimos y tarde, iría empanado pensando en algún relato de realismo fantástico y delirante), y, como seguramente las ventanillas irían abiertas, ellos nos vieron a nosotros y la chica se tapó como pudo mientras esbozaba un rictus de disgusto e incomodidad (no recuerdo la actitud del chico). A los pobres les jodimos el rollo antes de que pudieran joder bien.

También es posible que los profesores, sobre todo algún cura que posiblemente viajaría con nosotros, les reprendiera antes de reprendernos a nosotros e inmediatamente después, por supuesto, echara los cortinajes. Durante el resto de la excursión no se habló de otra cosa. Puede ser la razón por la que desde entonces escuchar el nombre de Lerma me produzca, además de nostalgia cierto gustirrinín, o de que Santo Domingo de Silos me evoque un sitio de pobres monjes aislados de las maravillas del mundo terrenal.

Para rematar la faena (no la sexual, sino la escolar), fue en Cuarto cuando mi amigo Dani y yo creamos un juego de baloncesto con los relojes digitales basándonos en uno de fútbol que ya existía, y que causó furor, al menos entre nosotros dos. Algún día explicaré las reglas completas, aunque sí puedo decir que en este caso el 4, el 14 o cualquier otra cifra que contuviese mi número predilecto, no significaba un gran número de puntos. Ninguna app moderna puede superar a aquello.

Cómo para no tener magnetismo con el cuatro.

Pero por si todo esto fuera poco, cada cuatro años se celebran la Olimpiada y los mundiales de fútbol, baloncesto y otros tantos deportes, hay cuatro Grand Slams en los circuitos profesionales ATP y WTA de tenis, los Beatles fueron cuatro, que también es el número clásico para formar una buena banda de rock con guitarras rítmica y solista, bajo y batería, y la fecha de mi detestado cumpleaños contiene un cuatro. El Episodio 4 fue el primero de la saga galáctica y todas las cosas de transición importantes de mi vida han sucedido siempre en la Terminal 4 de Barajas.

Cuatro años cumple hoy, 20 de diciembre de 2017, esta Buhardilla. Pido que por lo menos cumpla otros cuatro más, aunque eso signifique que yo seré cuatro años menos joven. Y que vosotros lo leáis.

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Una respuesta a Por qué el cuatro

  1. Alberto dijo:

    Felicidades para la Buhardilla de Alber, por su IV cumpleaños. Puedo decir.que su autor siempre fue un 4×4, un todoterreno que se mueve con soltura en cualquier circunstancia de la.vida, un creador con imaginación por los cuatro costados. Por todo ello, digamos a los cuatro vientos: Como usted, cuatro.

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