Operación Triunfo, música y morbo

Mi relación con este concurso siempre ha sido un poco masoquista. Por una parte, podría pasarme las horas enumerando la cantidad de cosas que lo hacen detestable (para mí) y, sin embargo, soy uno de los muchos millones que se tragó, devoró, su primera edición, y, dieciséis años después, ha vuelto a hacerlo con la considerada edición revival que ha servido para que el formato, desgastado y olvidado por la gran repercusión de otros talented shows (los cuales, estos sí, jamás he visto), volviera a estar de plena actualidad.

¿Cómo explicar esta dicotomía, este placer inconfesable y vergonzoso? Trataré de dar respuesta, al tiempo que aprovecho para diseccionar algunas de las claves de esta última competición, que finalizó el pasado lunes 5 de febrero, por lo que esta entrada puede servir tanto a los que aborrezcan el producto como a los que lo amen (y es que, amigas y amigos, del amor al odio, cuán fina es la línea separadora).

Podría justificar mi discutible actitud de muchas maneras, todas lógicas y totalmente ciertas desde un punto de vista racional. El programa ha ganado en calidad musical e interpretativa, en respeto a los intérpretes originales de las canciones y en variedad.

En cuanto a lo primero, resulta evidente que los concursantes de la edición 2017/2018 son infinitamente mejores que los de la primera. Sólo hay que ver a los finalistas, mucho mejor preparados a nivel musical y con una calidad vocal y de transmisión en el escenario tremenda. Alfred es un músico impresionante, Amaia también y a eso une una capacidad para transmitir con su voz verdaderamente alucinante en varios registros, Ana Guerra es un espectáculo bailando y actuando, Miriam es casi perfecta cantando y Aitana tiene una chispa y una frescura con la que, sin parecer que hace mucho, lo consigue todo.

Se podría criticar esta circunstancia alegando que con ello se ha perdido la esencia de la competición original, en la que participaron (algunos) concursantes sin ningún tipo de preparación. Unos cuantos eran diamantes en bruto completamente sin pulir, como Rosa López, que además fue la ganadora, mientras que los que concurren ahora tienen cierta formación musical (algunos mucha). Pero es indudable que eso ha hecho subir el nivel.

Operación Triunfo ha dejado de ser una competición sólo de cantantes y chicos guapos y guapas (aunque esto sigue primando) para convertirse en un conjunto de recitales donde se ven números con una escenografía muy meritoria, actuaciones con música en directo (aunque todavía le queda mucho margen de mejora en este aspecto) y canciones (al final no deja de ser lo más importante) ejecutadas con mucha maestría y emotividad.

Por destacar algunas, me quedaría como casi todo el mundo con City of Stars, tema de la banda sonora original de la película La La Land, música de Justin Hurwitz, letra de Benj Pasek y Justin Paul y cantado por Ryan Gosling y Emma Stone, que Alfred y Amaia hicieron a cuatro manos en el piano y que dejó a muchos, incluido a un servidor, con la boca abierta. Por muchos prejuicios que se tengan contra OT, aquello fue un lujo, bocata di cardinale.

También destacaría la canción de la banda sonora original de Cabaret (compuesta por Ralph Burns, John Kander y Fred Ebbque) de Liza Minelli que se marcó Ana Guerra, el Procuro Olvidarte de Manuel Alejandro y Ana Magdalena, versionada por Aitana con dos de los profesores como músicos, Manu Guix al piano y Capde a la guitarra, el I Wanna Dance with Somebody (who loves me) de Whitney Houston (escrita por George Merrill y Shannon Rubicam) en la voz de Miriam y prácticamente cualquiera de las canciones hechas por Amaia, sobre todo Shake it Out, de Florence and The Machine, y la que hizo en la gala final, Miedo, de M-Clan.

Por lo que respecta a la segunda de las mejoras del concurso actual, ahora el presentador, Roberto Leal (¿sólo a mí me enerva su risita cada vez que uno de los concursantes finaliza su actuación?) siempre comenta quién es el intérprete original de la pieza y normalmente también en los videos previos de los ensayos se suele mencionar a su autor, cuando no coinciden. Es algo tan de justicia que no debería ni resultar relevante si no fuese porque en aquella mítica edición 2001/2002 no se citaba a los compositores o se hacía muy de pasada, lo cual me resultaba vergonzoso.

Otra de las cosas que me parecían muy censurables del concurso original era la absoluta falta de variedad en los estilos musicales que se mostraban. Casi todas las canciones eran baladitas o temas comerciales pop, más o menos de moda, sobre todo si eran latinos, con especial predilección por el rollo andaluz que tanto vendía por aquel entonces.

En OT 2017, sabedores los organizadores del programa que el público joven actual es cada vez más diverso en cuestión de gustos, ha optado por ampliar el rango. Es verdad que la radiofórmula sigue sin enterarse, pero el indie nacional o el rock indie internacional tienen muchos adeptos entre los veinteañeros y, aunque el reggeaton, el electrolatino y el vallenato siguen arrastrando masas, cada vez  hastían más y la gente comienza a decantarse por otras cosas, desde el jazz hasta el glam rock, incluso pasando por géneros musicales que parecían fosilizados en España, como el bolero o el tango, pese a la gran popularidad de la que gozaron en el pasado.

Los propios profesores de la Academia, encabezados por Noemí Galera (que al igual que Manu Guix, siempre ha estado ahí, en todas las ediciones), se encargaron de destacarlo con mucho autobombo, lo cual no hace que deje de ser cierto, y el propio Alfred, un chico que me cae especialmente bien y que atesora una cultura musical alucinante para su edad, también felicitó en la última gala al equipo por esa apuesta.

Sin embargo, pese a esta virtud innegable, sigue habiendo una clara censura al rock nacional, al rebufo de lo que hacen (a excepción de Radio 3) todos los medios de comunicación audiovisuales de este país hipócrita y moralista sólo para lo que les interesa a los jefes ideológicos del sistema. Hasta que no vea y escuche interpretar una canción de Obús, de Barón Rojo, de Rosendo, de Platero, de Barricada, de Los Suaves o de Extremoduro en OT, no consideraré que este programa cuida la diversidad musical en condiciones.

Todos sabemos, y yo he escrito sobre ello en esta Buhardilla en varias ocasiones, que el rock transgresor que se ha hecho en España desde finales de los años 70, no interesa a las corrientes que deciden lo que es mainstream y por ello tratan de invisibilizarlo. Lo malo para ellos es que a día de hoy, con la posibilidad de difundir a través de la tecnología cualquier cosa, resulta imposible eliminar una parte maravillosa y fundamental de la historia de la música de este país, y por eso en Youtube, Spotify y otros canales se sigue escuchando y mucho a esas bandas incómodas, incluso por parte de los adolescentes.

¿Algún día veremos un programa de música con mayúsculas, y no a medio gas como lo es OT, en el que se cante por ejemplo Standby de Extremoduro o Dolores se Llamaba Lola de Los Suaves? (por ser temas conocidos y más o menos buenistas, pues tengo claro que jamás escucharé un tema de La Polla Récords ni tampoco Tranquilo Majete de Celtas Cortos).

Sin perjuicio de todo ello, me debo poner el mono de la sinceridad, que a veces me queda mono y otras no, y reconocer que, por mucho raciocinio que emplee a la hora de analizar las virtudes y defectos, técnicos, musicales o de planificación, de forma objetiva, al final hay una cosa, ¡ay!, que es la que verdaderamente te acaba atrapando de este formato tan criticable como en ocasiones irresistible.

El puro entretenimiento, el aspecto del aborrecible reality, las relaciones que se forjan entre los concursantes, su evolución personal, sus gestitos, sus histriónicas reacciones, su intensidad totalmente exagerada, sus jodidos lloros, risitas, bromas…

Fascina de una forma execrable el vomitivo dramatismo de chavalillos que no se han enfrentado probablemente (al menos la mayoría de ellos) a un problema grave en toda su vida y que consideran esa experiencia como la mejor que vivirán nunca. El estar alejados de sus familias y amigos durante unos meses, estudiando y compitiendo en un concurso que les dará la fama y una carrera musical asegurada al menos durante un tiempo, les provoca una zozobra mayor a la que sienten los emigrados forzosos de España que no encontraron un mal curro que llevarse a los bolsillos en territorio rojigüalda.

Engancha y apesta a partes iguales su estúpida convicción en que los sueños siempre se cumplen cuando se persiguen, como si los obstáculos de la sociedad no existieran, y toda esa mandanga que les lleva a abrazarse desaforadamente cuando consiguen logros o a frustrarse como si se les hubiera gangrenado el dedo gordo del pie siniestro cuando sufren reveses.

El puto pasteleo, incluso. En definitiva, uno de los sentimientos más despreciables, deshonrosos y antiguos de todo ser humano, el morbo, la curiosidad por las vidas ajenas, en ocasiones incluso el deseo de estar metido en ellas e imaginarse el propio comportamiento ante estas situaciones. “Yo sería un poco como Agoney”. “Pues a mí me pasaría como a Nerea, todo me lo tomaría en plan trágico”. “Yo sería el cachondo del grupo, como Roi”.

Bueno, si a alguien le sirve de consuelo para no dejar de verme después de leer este texto como una mediocre figura icónica y antisistema, el abuhardillado que, desde las alturas, se oculta del mundo para que no le agarren sus tentáculos de los huevos, tengo que decir que yo siempre me he imaginado a mí mismo como el que reventaría el concurso.

En efecto, me pondría a interpretar Vicio de Reincidentes o Delincuencia de La Polla cuando me nominaran (lo cual sin duda sucedería inmediatamente), sin avisar y a traición, ahora que se puede actuar en directo sin más instrumentos que la guitarra y la voz. Bueno, o quizá al final me contuviese y acabase tocando una de las mías, más amables con el establishment, no sé. ¿Me aplaudirían, me abuchearían, me votarían? ¿Se cagaría en mí Mónica Naranjo? Probablemente, todo a la vez. En cualquier caso, sería el menos triunfito de los triunfitos. ¿Eso expía mi pecado, oh, puristas de la música alternativa y amantes de las etiquetas?

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2 respuestas a Operación Triunfo, música y morbo

  1. diego dijo:

    Totalmente de acuerdo con todo lo que escribes en esta entrada, pero no veo a ninguno cantando canciones de extremoduro, rosendo, marea, etc….
    en cuanto a Alfred, tiene mucha cultura musical y unos valores como persona intachables, pero su voz no me convence….
    Amaia es la espontaneidad hecha persona…. Su calidad musical a la hora de tocar el piano y su perfección vocal….
    Aitana, es toda una mujer que ha evolucionado durante todo el programa….
    Ana Guerra se ha desenvuelto fenomenal en todos los registros que se le ha dado
    en general esta edición ha sido la MEJOR
    y no nos olvidemos del canal 24 horas de Youtube….
    lo MÁS.

    • alber4 dijo:

      Gracias por la aportación, Diego. No he seguido el 24 horas de Youtube, a tanto no llega mi morbo masoquista, jeje… Pero sí, coincido en todo lo que dices, salvo en lo de Alfred. No tiene una gran voz, pero sí muy personal. Un abrazo.

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