Entrevistas con indigentes essspañoles

Me he dado cuenta de un tiempo a esta parte de que tengo un toque racista, bastante sutil pero evidente. Lo aprecio cuando veo a un indigente. No tengo claro de si, con las nuevas normas sociales sobre utilización del lenguaje, el término indigente resulta ofensivo y por lo tanto debería utilizar conceptos como “nómada semoviente” o “hipster sin recursos”, pero me la juego y mantengo el otro vocablo.

El caso es que yo soy de los que me fijo mucho en estas personas que andan acurrucadas en un rincón, sentadas en las escaleras exteriores de los portales, tumbadas en el cuarto de los cajeros automáticos o plantadas en la puerta de un supermercado. No todas practican la mendicidad, aunque es lo habitual en determinadas horas del día. El recurso del plato o vaso de plástico está en desuso, pero aún hay quien lo emplea. Es más habitual colocar un “cartel promocional” explicando la situación de necesidad y pedir que los transeúntes depositen monedas en la manta, trapo, cartón o tela sobre la que se sientan o tienden.

He de aclarar que desde hace años nunca doy dinero a estos ciudadanos. Antes tampoco era habitual que lo hiciese, pero ahora directamente me lo prohíbo a mí mismo, aunque mi primer impulso sea siempre sacar una moneda del bolsillo. Llegué a la conclusión, tras realizar un estudio rigurosísimo basado en las creencias y leyendas populares, de que dar monedas a las personas que piden en la calle sería contraproducente para ellas, puesto que las necesidades básicas las tienen cubiertas con los albergues municipales y los comedores sociales, y que ese dinero extra sólo se lo gastarían en vino y drogas.

Porque de todos es sabido que los indigentes beben, fuman o se pinchan, y que jamás se les ocurriría destinar los recursos económicos obtenidos mediante la caridad a cosas tan inútiles como la ropa o alimentos no perecederos para comer entre horas o a entrar en una cafetería para tomar chocolate o café caliente cuando hace menos de cero grados en la vía pública. Y por supuesto, es imposible que un indigente sea alguien a quien se le haya ocurrido ponerse en la vía pública con el fin de pedir ayuda para poder pagar la luz, el agua o el alquiler del piso. Dado que obviamente indigente y sin techo son sinónimos, pese a que la RAE defina la indigencia como la falta de medios para alimentarse, vestirse, etc. y no la equipare a la situación de “despojado inmobiliario”.

Este pensamiento me ha hecho reflexionar últimamente que tal vez yo ande equivocado con eso de no soltar la guita a los menesterosos y, a raíz de eso, es cuando he descubierto lo de mi racismo. Porque ahora tomo una actitud diferente dependiendo de si el susodicho es español o no. Tengo que precisar que en este segundo caso la mayor parte de los “comerciales de caridad callejera” de Valladolid son rumanos, al menos los que yo me cruzo, especialmente rumanas, y sobre todo gitanas rumanas. Bueno, digamos que eso parecen, porque tampoco se lo he preguntado nunca.

Señoras de tez oscura entradas en años y kilos, llenas de arrugas y habitualmente plañideras hasta el histrionismo son habituales del paisaje urbano desde hace mucho tiempo y su presencia no nos afecta demasiado. Consideramos que son personas que se dedican a ese oficio de vagar y suplicar desde hace generaciones, que el exilio y el éxodo son su modus vivendi, que va casi con su naturaleza.

Por lo tanto, están tiradas en la acera a menos dos grados porque el cuerpo así se lo pide como a mí me demanda salir a correr y luego pegarme una ducha de agua caliente mientras, si me da por ahí, me masturbo. Para ellas es como para nosotros estar currando delante del ordenador, y por lo tanto no se merecen nuestro dinero.

Además, pertenecen a clanes perfectamente organizados y estructurados en los que se distribuyen las funciones de cada uno, se les asignan los lugares y, por supuesto, todos han de rendir cuentas al final de la jornada. Son como una gran empresa dedicada a solicitar dádivas, salvo que no hay vacaciones, ni días de permiso ni indemnización por despido. O sea, se parece a un trabajo precario de cualquier millennial mucho esssspañol o esssspañola, pero sin tecnología 2.0. de por medio.

Ninguna prueba o confirmación hay de todo esto, claro está, pero forma parte del inconsciente colectivo, que es para nosotros el periodista más fiable, el científico más riguroso, el notario más fehaciente y el juez más imparcial e inflexible, todo a la vez.

De modo que con esta gente aplico mi viejo dogma antes generalizado de “al mendigo, ni un chavo” y sólo les compro comida, o alguna bebida caliente o les regalo una sonrisa o unos buenos días de vez en cuando. Y contemplo la dentadura desdentada de estas viejecillas gordezuelas y ajadas y con eso me siento bien conmigo mismo y mi mecanismo.

Pero con un indigente español eso ya no me vale. Necesito un plus, por las razones antes expuestas que me llevaron a replantear mis añejas premisas. Con mis compatriotas necesito hablar, darme cuenta de que su desgracia no es fingida, comprender su historia de degradación hasta llegar a esa situación de pobreza extrema, para saber si tal vez podría invertir de forma segura mi generosidad en ellos, donarles ese euro que, junto con otras muchas decenas, quizá les permitiría cubrir algún gasto urgente que sus homónimos rumanos jamás tendrían, ya que su concepto de la vida se define únicamente con el gusto por la miseria.

El otro día me crucé con un fulano de unos cuarenta, o tal vez cincuenta (es difícil calcular la edad de los “desarreglados trashumantes urbanos”), que aseguraba ser español en paro y no perceptor de ninguna ayuda. Además, su “mensaje publicitario” también anunciaba que aceptaba comida, y no sólo pasta.

Le pregunté de dónde era (creo que de Extremadura), a qué se dedicaba antes (había trabajado un poco de todo) y cómo había llegado a esa situación (no quiso responderme). “¿Has solicitado la renta garantizada de ciudadanía?”, sin darme cuenta cuando le formulé la cuestión de que la Junta de Castilla y León no la empieza a pagar de forma instantánea desde que se solicita, sino que es obligatorio llevar un año empadronado en la comunidad (asunto que ya traté en la entrada “Abandonados por España”), lo cual resulta tan lógico y empático por parte de la Administración como que te hagan una paja con un condón puesto. Pero como diría nuestro gran presidente del gobierno, “me pinta usssted un paísss que no conozco”.

Le di ánimos, le intenté hablar con completa normalidad, sin un ápice de lástima o compasión, de igual a igual, y finalicé con un toquecito en el hombro mientras salía de mis labios un “macho” o “tío” que no puedo evitar cuando quiero transmitir energía o buen rollo a alguien, excediéndome en la confianza que él me había otorgado, como si el hecho de ser él un “vendedor ambulante de altruismo” me otorgase a mí ciertas licencias a la hora de tratarle.

A finales de otoño, recuerdo que me crucé con otro hombre barbudo y ataviado con un gorro estropajoso que, en una de las primeras noches de frío, se quejaba de que no había plazas suficientes en el albergue municipal porque el Ayuntamiento no había activado el protocolo para la temporada invernal. La Concejala de Servicios Sociales me negó esto por Twitter al día siguiente, pero hubo polémica con otro tuitero, que no aceptaba sus argumentos, y el tema no quedó claro.

En cualquier caso, esa reclamación contrasta frontalmente con lo que me dijo el primero de mis “entrevistados bohemios a la intemperie”, quien me dijo categóricamente que al albergue no pensaba ir, ya que allí era bastante probable que le robasen sus escasas pertenencias y el poco dinero que tuviese.

Pero más interesante, a la par que jodida para mi estado de ánimo, fue la charla que mantuve con una chica que seguramente no superaría mi edad, incluso puede que fuese más joven, pero cuyo aspecto físico decía una cosa más bien distinta, con la cara llena de marcas, su faz ennegrecida y el gesto completamente deformado. Automáticamente la prejuzgué como extoxicómana, aunque tampoco quiso contarme su historia personal, lo cual es totalmente comprensible, pero reconozco que me dolió. Su rictus de tristeza extrema me quitó las ganas de seguir interrogándola.

La chica era de Palencia, creo, aunque iba y venía de un sitio a otro, se desplazaba en autobús y cuando yo me la encontré y la abordé con afán mezcla de curiosidad rapaz y de compasión beata (quiero pensar que mucho más de la segunda), estaba recogida entre varias mantas en una noche con un frío infernal. Me sorprendió que también opinase que era mejor dormir al raso, pese a que Pucela pareciese Siberia aquella madrugada, que irse al albergue.

La bajé un vaso de leche con Nesquik de casa. Estaba durmiendo frente al portal de mi edificio. Pero no quiso entrar cuando dejé la puerta premeditadamente abierta durante unos instantes. Pensé en darla dinero. Pero no lo hice. Ella en ningún momento me lo pidió.

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