Feminismo en la calle

El feminismo está siendo uno de los claros protagonistas de lo que llevamos de 2018. Después de unos cuantos años en los que las reivindicaciones de la igualdad entre hombres y mujeres y contra la discriminación de género parecía que hibernaban o se mantenían en un estado latente sin hacer demasiado ruido, determinadas circunstancias las han sacado de nuevo a primera línea de la actualidad mediática.

Las galas de los principales premios de la industria cinematográfica y musical, como por ejemplo los Grammy, los Óscar o los Goya españoles se han teñido de proclamas y mensajes en esa dirección, alentados por los casos de abuso sexual perpetrados y silenciados durante años.

Por otra parte, en España el repunte de los casos de violencia de género y la publicación del informe sobre la brecha salarial entre hombres y mujeres han reavivado la conciencia del feminismo. Todos los medios de comunicación generalistas se han hecho eco de la huelga del Día Internacional de la Mujer y le han dedicado mucho espacio, con titulares como “la nueva ola del feminismo” y “el avance es imparable”.

Incluso los partidos políticos de derechas reconocen el problema, aunque se empeñen con excusas irrisorias, como el tinte anticapitalista del manifiesto general, sin haber propuesto ellos absolutamente nada en sentido contrario o alternativo (Inés Arrimadas), o la necesidad de hacer una huelga a la japonesa (Ministra de Agricultura Isabel García Tejerina), en deslegitimar la concentración de protesta convocada para este 8 de marzo.

Sin embargo, tengo que decir que me parece que en esta ocasión la actitud política no tiene tanto que ver con la de la calle, las empresas, el bar o las familias. En mi entorno, que no creo que esté especialmente marcado por una u otra ideología, por una u otra clase social o por sesgo alguno que pudiera justificarlo, existe generalmente una opinión muy negativa del feminismo y una negación respecto a sus demandas.

Esto procede principalmente de un mal entendimiento de lo que significa feminismo, en yuxtaposición al machismo y polo opuesto del mismo, cuando ni mucho menos tiene ese significado. Según la RAE, feminismo es “el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre” y “el movimiento que lucha por la realización efectiva del feminismo”, mientras que machismo es “la actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres” y “la forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón”.

Habitualmente escucho afirmaciones como “yo no conozco ninguna mujer que cobre menos que yo teniendo el mismo puesto de trabajo” o “¿por qué no lo comunican a la Inspección de Trabajo si es ilegal?”.

Por hacer un breve análisis sobre el tema, aunque sinceramente me parece increíble que haga falta explicarlo a estas alturas, la diferencia económica que se denuncia tiene varias aristas que nada tiene que ver con la teórica igualdad que marca la ley. Para empezar, resulta evidente que una mujer ve perjudicado su desarrollo profesional cuando decide ser madre, algo que casi nunca ocurre con los que deciden ser padres. Muy relacionado con esto, está el cuidado de los menores, familiares enfermos y mayores, que casi siempre recae en las mujeres, ya que la noción de “madre servicial” establecida socialmente durante milenios las arrastra a ello.

Hace poco alguien me aseguró que “es normal que se contrate antes a un hombre que a una mujer de 30 años, yo también lo haría por miedo a que se quede embarazada”, por no hablar de otros comentarios mucho más ofensivos y que tal vez me servirían para otras diez entradas. Reflexiones y opiniones procedentes de amigos, familiares y conocidos, y entiéndase aquí como género plural extensivo. De hecho, siempre he pensado que algunas mujeres son las peores enemigas de ellas mismas como colectivo.

En segundo lugar, hay una clarísima discriminación de la mujer en cuanto a los puestos de responsabilidad de las empresas, instituciones y organismos públicos, sin que exista ninguna causa objetiva o racional que lo justifique. ¿Es que a alguien le parece comprensible que en más de 40 años de democracia española no haya habido ni una sola mujer candidata a la presidencia del gobierno?

Junto a estos dos factores, y aunque podría citar muchos más, existe otro muchísimo más oculto, en los subterfugios de la cultura laboral española, cual es el desempeño de funciones por las que correspondería cobrar más de lo que marca el puesto de trabajo formalmente asignado. Esto es algo consuetudinario en España, cierto es que todas las personas lo sufren por la vergonzante tradición de ilegalidades consentidas, permitidas e incluso fomentadas que reina en el mercado laboral de este país, pero es mucho más habitual en las mujeres. He sido testigo de cómo compañeras mías licenciadas cobraban menos que mis compañeros por mor de la diferente categoría profesional que figuraba en su contrato, pese a que hacían el mismo trabajo que ellos.

Pero cuesta hacer ver a la gente esto. Hay una clara tendencia aún a día de hoy de identificar el feminismo con cierta actitud extrema de algunas plataformas y colectivos que efectivamente llevan sus reivindicaciones a un fanatismo tal que se asimilan al sexismo más rancio de los hombres. Tampoco las culpo, aunque no comparta su visión. Cuando desde los albores de la civilización se han visto generalmente pisoteadas, maltratadas y relegadas al último escalafón social, en cierta medida es lógico que haya una reacción totalmente contraria de lucha y batalla visceral, incluso de odio hacia el género masculino.  De hecho, si se tiene en cuenta la historia de la humanidad, bastantes pocas corrientes de este tipo han surgido.

No obstante, estas posiciones no ayudan a que muchas personas prejuiciosas e inclinadas a criticar al feminismo, mejoren la imagen que tienen del mismo. No contribuyen en nada debates espurios sobre la introducción exhaustiva y arbitraria del género femenino en el lenguaje cuando existe un término neutro que engloba ambos sexos.

Tampoco lo hacen los ataques a obras de arte que exhiben cuerpos desnudos de mujer ni, en general, la obsesión de algunos movimientos radicales por erradicar cualquier manifestación pública que implique un concepto más o menos tradicional de lo que se ha entendido por feminidad, es decir, mujeres maquilladas o que aparecen con vestidos que moldean sus formas o las resaltan, por entender que es una exhibición gratuita “de la carne” y que cosifica a la mujer, sin darse cuenta de que eso recuerda mucho a los postulados más asquerosos de los católicos más recalcitrantes.

Tan respetable es la actitud de la mujer que quiere mostrar su físico de una manera determinada como la que trata de pasar con total discreción, exactamente igual que en el caso de un hombre. Mientras no haya coacciones ni exista un fondo de educación represiva o estereotipada que condicione las posturas, creo que debe reinar la libertad total en este sentido y nadie tiene derecho a decir qué puede hacer cada uno con su aspecto e imagen.

Fuera aparte de esta equivocación en la que para mí incurren determinados sectores extremos del feminismo, yo me considero plenamente feminista, y aun así estoy seguro de que cometo errores cuando desempeño mi trabajo de profesor de inglés o monitor de tiempo libre, cuando escribo o cuando trato a mis familiares mujeres, a mis amigas y conocidas, y que me quedan actitudes por mejorar. Pero observo lo que hay a mi alrededor y me llevo las manos a la cabeza. Hay gente que no tiene ninguna intención de cambiar nada, se sienten cómodos en esta sociedad patriarcal que procede de la tradición católica y de la supuesta supremacía física del hombre.

Existen indicadores clarísimos de que esta situación está muy consolidada y su modificación real parece muy lejana. Sé que a muchas personas que reivindican el feminismo no les importa el tema del deporte, pero, como he comentado otras veces en esta Buhardilla, para mí es el mejor referente de lo sangrante que es la discriminación a nivel mediático. Por no hablar de las profesiones creativas y artísticas. Que alguien se haga estas preguntas. ¿Cuántas mujeres cantautoras son famosas? ¿Y pintoras? ¿Y escritoras? Los medios tienen una responsabilidad fundamental en esta invisibilidad execrable, pero más aún la educación y el aprendizaje de roles.

Tal vez yo sea demasiado escéptico. Pero veo a los niños y adolescentes a los que doy clase, hablo con sus padres… Y aumenta todavía más mi poca fe en ese presunto “cambio imparable”.

Es evidente que, si no se avanza en la formación sobre igualdad (y diversidad) de roles y oportunidades, si no se corrige el vergonzoso tratamiento que la publicidad y medios de comunicación dispensan habitualmente en este sentido, nada cambiará a corto o medio plazo. Tendrán que pasar generaciones para que haya una modificación real, en la calle.

 

 

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