Madrid vs. Valladolid

A día de hoy, es difícil imaginar una comparación entre Madrid y Valladolid. Son ciudades que han tenido una evolución diametralmente opuesta a lo largo de los siglos. La primera, capital de esta plurinación pluscuamperfecta y totalmente Movistar Plus, se ha construido como la gran orbe desde la que se dirigen los magnos y regios destinos de nosotros, súbditos y peleles, a manotazos, empellones, codazos, chilenas y maestrías.

Valladolid, por el contrario, es una ciudad modesta, donde los leones de la Plaza de la Universidad rugen débilmente sin que ya les escuche ni Perry (Katy) y los títulos se otorgan con mérito mediante pago de tasas onerosas para que sean firmados por el monarca no emérito. En el foso de Zorrilla, apenas suenan ya los ecos de la celebración de nuestro gol acrobático por la escuadra, que nunca fue portada de la conversación en los mentideros mediáticos.

Ni siquiera el sobrenombre de Pucela tiene ese toque épico con que a veces le tratamos de investir, aunque no desvelaré aquí el origen más probable de tal término por conservar el oscuro y cenagoso secreto y seguir haciendo pensar a la gente que nuestra leyenda de Juana de Arco, la pucelle, es cierta, cosa que por otra parte yo también creo a pies juntillas.

Sin embargo, en tiempos remotos, allá por el siglo XVII, ambas ciudades tuvieron una rivalidad decisiva para la historia de este Estado de estados de ánimo en el exilio y fugas de capitales. En realidad, Madrid era y es villa, y nunca tuvo fuero de ciudad, pero el caso es que las dos poblaciones de Castilla se disputaban por entonces la corte, si bien supongo que poco o nada tenían que decir los regidores de ambos lugares, sino que la decisión de situar aquélla en un sitio u otro dependía de los designios del Duque de Lerma, a la sazón especulador y manejador de Felipe III, una especie de Florentino de la década de mil seiscientos.

Sea como fuera, la competitividad, ficticia o no, debió de ser tan comentada entre las gentes de la época que el propio Cervantes, que residió en ambas localidades, la reflejó en una de sus obras más inmortales, la novela ejemplar El Licenciado Vidriera.

Para quien no haya leído esta obra cumbre de la literatura española, la resumiré diciendo que narra las peripecias de un estudiante de Derecho, Tomás Rodaja, que una vez acabada la carrera es envenenado por motivos amorosos y enloquece, de tal forma que se cree cristal rompible. Aparte de la magistral idea que da pie al argumento, la gracia del relato está sobre todo en los consejos magistrales que el Licenciado, en su estado de locura elocuente y erudita, da a todo tipo de personas que, en la corte (esto es, en Valladolid), le preguntan por todo tipo de asuntos filosóficos o relacionados con el mundo y la sociedad española, su funcionamiento y entresijos.

En un momento dado, le cuestionan acerca de cuál es mejor lugar, Valladolid o Madrid. Y él responde: “De Madrid, los estremos; de Valladolid, los medios”. Como esta respuesta no satisface al reportero ocasional, éste le repregunta, y Vidriera añade: “De Madrid, cielo y suelo; de Valladolid, los entresuelos”.

Aunque Cervantes posiblemente se refería a que las grandes fortunas y el pueblo llano, los pobretones, estaban en Madrid, y en Valladolid residían los miembros de la corte, los ejecutores del poder, con sus intrigas y entresijos asociados a la misma, si uno le da un sentido menos prosaico a la sentencia, en realidad, pese a los cuatro siglos de distancia, no creo que esto haya cambiado tanto.

Madrid, como casi todas las grandes capitales del mundo, tiene esa capacidad de elevarte a los altares o de sumirte en el lodo. Uno puede malvivir allí de forma miserable y morir sin hacer ruido, pero también es el sitio al que hay que ir si se quiere progresar y llegar hasta lo más alto. Como reza el dicho popular, De Madrid al Cielo.

En contraste, casi cualquiera puede asegurarse una existencia más o menos mediocre en Valladolid. No significa esto que no haya personas con dificultades o en situaciones extremas, pero se puede afirmar que la mayor parte del vulgo encuentra un lugar de comodidad incómoda, en la zona media tirando a baja de sus aspiraciones vitales, y con él se suele conformar. No hay muchas más opciones para promocionar, ni en la profesión, ni en la vocación ni en el status social o económico, ni en el nivel de excitación vital.

Las grandes empresas, las instituciones más influyentes, los organismos que deciden, los conciertos más importantes, los grandes musicales, las grandes diversiones, la vida cultural y de ocio, están en Madrid. Valladolid es mucho menos de lo que un día fue en casi todos los sentidos. Su nivel de relevancia en el conjunto del país es realmente discreta. Los jóvenes se marchan, los viejos se cabrean y el público se mea, de impaciencia, esperando que haya una mejor oportunidad para demostrar algo grande, mientras se combaten las pulmonías y los bostezos en el coliseo.

Es ciudad complicada para cualquier espectáculo. Si el espíritu de Michael Jackson habita en algún sitio, seguramente la tendrá en su lista negrísima por haber sido uno de los pocos lugares donde dio un concierto (o su doble, según la leyenda urbana) que no estuvo ni siquiera a medio llenar. Casi hubo una entrada similar a la de un partido del Real Valladolid en Primera División, si es que alguien todavía se acuerda de lo que era eso. Los Rolling Stones decidieron ser más prácticos (y más impresentables) y directamente lo cancelaron.  Sólo Bruce Springsteen (dicen que a la tercera va la vencida) triunfó.

En el lado positivo de la balanza, Pucela es una ciudad extraordinaria para el caminante de la vida estabilizada, cerrada en círculos poco permeables, cual cámaras herméticas en las que es tan difícil entrar como salir, siquiera para coger oxígeno. Uno se puede sentir protegido, si quiere, y al mismo tiempo agobiado, que viene a ser lo mismo, pero no se nota tanto. Es la situación media del que no tiene reparos en admitir que tiene su guión trazado desde ese momento hasta su muerte, y no se siente desdichado por eso. Es la anestesia del impetuoso, la cura para la ansiedad, el parche que lleva el desesperado, el bálsamo para el ambicioso.

Con Madrid uno folla con pasión. Es la amante perfecta, la que te vuelve loco con su ajetreo y su imprevisibilidad, la chica menos recomendable pero a la que más cuesta dejar, si bien ella te ahorrará la papeleta. El chico en cuyos brazos estás deseando arrojarte como el personaje de Saoirse Ronan en la película Lady Bird desea irse a estudiar en alguna Universidad de la Gran Manzana y dejar así su ciudad de tamaño medio de la costa Oeste.

Madrid te traicionará, se esconderá en los teatritos, se hará la interesante y, cuando la prefieras menos casquivana, se fugará tras las esquinas de su variedad. Nunca sabrás a qué atenerte con ella, te deseará, te tomará y te abandonará tarde o temprano. Incluso los poderosos, los que llegan al cielo del que habla Cervantes, nunca la tendrán a su lado completamente, aunque se piensen que sí. Es desleal por naturaleza.

Valladolid es todo lo contrario. Es la pareja fiel a la que uno volverá una y otra vez, que siempre estará ahí esperándote aunque la desprecies, pese a que te hartes de ella, incluso cuando la espetes que te agobia, que necesitas espacio, oxígeno fuera de sus estrechas fronteras que esconden mucho más de lo que parece a primera vista.

Y es que, sin saberlo, estás perdidamente enamorado de ella. No sólo de esa forma racional, sincera, sin excesivo entusiasmo pero con toda la sensatez del mundo, que se profesan los viejos matrimonios que se pasan el día discutiendo pero no pueden vivir el uno sin el otro. Será algo más profundo, un cariño primitivo, emocional, que es el único sentimiento importante que existe en el mundo para unir a una persona y a otra, a un ser humano y a un lugar. El que procede de la complicidad mutua, del conocer los secretos, aceptar los defectos y reconocerse en las virtudes, querer unos y otras.

Se trata de una simbiosis, la pertenencia profunda y primitiva a ese binomio que aúna las pequeñas victorias y las modestas derrotas del guión de la película personal, porque nada es excesivo ni exagerado, como en Madrid, que es incontenible y, por consiguiente, inasumible a largo plazo, por mucho que nos guste. Jamás te atrapará como Valladolid, donde todo es de tamaño medio, y precisamente por eso se hace soportable e incluso entrañable, encantador. Es Lady Bird acordándose de Sacramento mientras vomita por los excesos en Nueva York. Es morada cuyo fondo se tarda en descubrir, que vive en las entretelas, compleja en su fisonomía si uno va más allá de los aparentes pespuntes.

Aunque Sabina cambió después la letra para congraciarse con los madrileños, originalmente decía que en Madrid no quedaba sitio para nadie y pedía que le llevaran a donde nació cuando la muerte fuese a visitarle. Y el Licenciado Vidriera de Cervantes, cuando un ciudadano le cuenta que “así como había entrado en Valladolid, había caído su mujer muy enferma, porque la había probado la tierra”, contesta que “mejor fuera que se la hubiera comido, si acaso es celosa”.

Aunque el genial escritor madrileño probablemente no escondía ningún doble sentido en esta frase, que ha de ser interpretada en su sentido literal, a mí me sugiere, además de lo que dice, (esto es, que Valladolid es muy fría y a veces hostil para el visitante y para los que residimos en ella), que no cabe tener celos si el ser humano al que queremos se marcha a otro lado, porque, de una forma u otra, todos acabaremos volviendo a su seno para que nos trague.

En realidad, esta entrada no debería acabar aquí, porque todas estas ideas las expresé, y juro que no he sido consciente de ello hasta que lo he acabado, de forma bastante más vehemente y supongo que más auténtica y cargante, menos cínica, pero también quizá con mayor brillantez, en mi primera novela, La Máscara del Mundo, en cuya historia me trasladé dos años a Madrid para volver a apreciar Valladolid, al contrario que Cervantes.

Tal vez lo mismo que debería hacer ahora para recordar por qué la quiero tanto.

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