Pedro Sánchez, el ave fénix español

Hace menos de dos años, Pedro Sánchez estaba denostado. Era prácticamente un apestado. En junio de 2016, había obtenido el peor resultado de la historia del partido más antiguo de España, el Partido Socialista Obrero Español. El mismo que había estado gobernando el país en la etapa democrática actual durante más de veinte años. Quiso asumir el mando pese a contar con sólo 84 diputados, pero, paradojas del destino, la izquierda de nuevo cuño se lo impidió y sólo fue apoyado por naranjito y sus muchachos de la regeneración derechista.

Susana Díaz, la lideresa querida por los barones del PSOE, conseguía que se expulsara y desterrara a Sánchez. Era Pedro el caído, Pedro el derrotado, Pedro el expulsado. Parecía que jamás volveríamos a saber de él, al menos no de una forma relevante. Su carrera política parecía más finiquitada que el humor de Los Morancos.

Pedro Sánchez, nuevo presidente del gobierno. (Imagen: El Periodico).

Pero un día decidió conceder una entrevista al programa Salvados de La Sexta. Ahí empezó todo. Ese domingo 31 de octubre de 2016, ante una audiencia de más de 3 millones y medio de espectadores, comenzó la resurrección de Pedro Sánchez. Respondió a las preguntas del siempre incisivo Jordi Évole con un nivel de sinceridad que jamás habíamos visto en un tipo hasta entonces de sonrisa impostada y tremendamente robótico en sus discursos. Pareció por primera vez humano, un señor de la calle al que habían desahuciado de su propia casa y que contaba cosas escandalosas de cómo se había urdido todo, incluso apuntando a una posible conspiración entre grandes empresas, cierto periódico de postín y sus opositores en el partido.

Ese día empezó a ganarse las simpatías de mucha gente. Yo lo sé bien, porque en mi familia, de tradición socialista y en la que se vivían momentos de depresión política, comenzó a vérsele mayoritariamente como la única opción sensata para el cambio, alguien alejado de los radicalismos del “coletas”, entregado a los independentistas, y por supuesto de la nueva derecha de Ciudadanos.

Así que Pedro Sánchez, como si fuera los Boston Celtics de esta temporada perdiendo por más de veinticinco puntos al descanso, comenzó su inesperada remontada. Vendió a la perfección la imagen del héroe caído y que regresaba a lomos de Babieca, cuál cadáver del Cid Campeador dispuesto a meter miedo a propios y extraños y a dar batalla. La diferencia, claro está, es que Sánchez, pese a lo que muchos pudimos pensar, no estaba muerto.

Primero se dijo que iba a fundar un partido nuevo, pero pronto se dio cuenta de que, si quería recuperar las oportunidades perdidas, tenía que regresar a su hogar socialista. Sólo de esa forma la gente le vería como un verdadero líder al que se le había despojado injustamente de su autoridad y que volvía para hacer justicia. Sólo de esa manera la peña, el ciudadano, el fulano y la fulana media podrían identificarse dentro de sus filas, seguirle, ser su gregario con dientes apretados cual Gérard Rue detrás de la estela de Induraín.

Consiguió los avales necesarios para presentarse a las primarias y, contra todo pronóstico, derrotó a su archienemiga del sur. Susana Lannister era destronada en Desembarco del Rey por Pedro Nieve. Y todos empezaron a asombrarse, a mirar con otros ojos a Pedrito. Y sus admiradoras de mediana edad prendadas de sus dientes Profiden y su compostura de tipo flemático en mangas de camisa, su cara de no haber roto un plato y su talla de jugador de baloncesto. ¡Qué percha tiene, mi Pedro!

Sí, es verdad que muchos seguíamos opinando que era un político mediocre, amante del postureo, bienqueda por naturaleza, con cierta capacidad oratoria pero pobrísimo a nivel argumental y que resultaba menos creíble que una rodaja de sandía en el plato de un congresista estadounidense. Pero claramente había un vuelco en la imagen general sobre Pedro Sánchez. Y no se podía negar que el personaje tenía su mérito.

Un año después, uno ha de rendirse a la habilidad para tejer alianzas aparentemente imposibles de este hombre sin talento, pero luchador y superviviente como pocos. No es fácil poner de acuerdo a los mismos que le ven como un cómplice de la táctica de la persecución al independentismo catalán por la aplicación del 155 o a aquéllos que le perciben como un vendido al capitalismo cuando votó a favor, al igual que sus compañeros socialistas, de la famosa reforma constitucional de 2011 que situó el techo de déficit en un nivel que prácticamente anulaba la posibilidad de hacer política social de calado.

El secretario general del PSOE ha logrado exactamente lo que se ha encargado de repetir hasta la saciedad durante todos estos años. Que echaría a Rajoy y que el gobierno volvería a ser socialista. Nadie le creyó. Pero hay que agradecerle al menos su persistencia. Ha logrado que saliera adelante una moción de censura hasta hace poco inverosímil.

Era necesario, por una cuestión de decencia democrática, que dejara de gobernar un partido que a lo largo de varias décadas funcionó como una organización criminal y un presidente que había, cuanto menos, pasado por alto la tremenda corrupción que cubría día a día su formación y que ha quedado judicialmente probada en la sentencia sobre el caso Gürtel (si bien, aunque no hubiese existido esa resolución, los hechos, la realidad de las cosas, era ya suficientemente evidente).

Algunos, sin embargo, no compartimos la alegría y euforia con que se ha acogido la noticia en algunos sectores. Creemos que se trata de un mero lavado de cara y que poco se podrá hacer hasta que no haya unas elecciones y varíen realmente las políticas estructurales que cambien de verdad al país. Con la configuración actual del Congreso y con el Senado en manos del PP, es muy difícil que prospere ninguna ley.

Pedro Sánchez es el séptimo presidente de la historia de la democracia española. Es muy posible que se encuentre con un país ingobernable, donde todos le pedirán cosas que no podrá conceder y que su legislatura pase sin pena ni gloria. Seguramente nada cambiará, las grandes reformas que necesita este país seguirán bloqueadas y la situación de millones de ciudadanos seguirá siendo igual de precaria que hasta ahora.

Pero nadie podrá negarle que ha protagonizado una historia realmente magnífica, de película. Un biopic made in Spain, del ave fénix rojigüalda que resurgió de sus cenizas.

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