Las lágrimas de Keneni

Siempre se ha dicho tradicionalmente que las niñas son más sensibles y dadas a expresar sus emociones que los niños. Que lloran y exteriorizan más sus penas y angustias. Aunque aparentemente pueda sonar anacrónico, estoy seguro de que si a día de hoy hiciéramos una encuesta, la mayoría de la población seguiría afirmando lo mismo.

Sin embargo, los que nos dedicamos, por profesión, vocación o casualidad al mundo de la enseñanza y tratamos con menores de edad, sabemos que eso no es cierto. Que las lágrimas no dependen del sexo, sino del individuo. Al menos, cuando es niño o niña. De adultos, tal vez las cosas cambien por el peso de la mentalidad social, si bien los hombres lloran en secreto, con una sensación estúpida de vergüenza clandestina.

Por eso, yo he visto llorar a muchos niños y a muchas niñas a lo largo de todos estos años en los que me he dedicado al cuidado de esas pequeñas criaturas que, a veces por su terrorismo infantil, otras por su descaro, otras por su timidez, dulzura o inocencia y otras simplemente porque no pertenecen todavía a un mundo en el que las reglas se imponen y subyugan los deseos, nos cautivan y en las que en muchas ocasiones nos vemos reflejados de forma nostálgica.

He presenciado como un niño preadolescente lloriqueaba porque su amigo no le hacía caso jugando al fútbol. Como una niña de ocho se resistía a las lágrimas tras haberse caído de forma estrepitosa y haberse golpeado la cabeza contra el suelo y sin embargo se derrumbaba tras una leve reprimenda de su monitor. He observado como una chica que posiblemente ya menstruaba y mostraba una dureza tremenda a la hora de comportarse, rayana en la mala educación, se venía abajo cuando llegaba el final del verano y una amiga suya se despedía.

Es precisamente en el adiós, ese concepto que tanto me ha obsesionado a lo largo de mi vida y que ahora está presente en muchas cosas que hago, que siento deslizarse por cada poro de mi ser cuando ando por la vida, el que provoca más llantos. La sensación de que algo ha terminado es insoportable para algunos niños maduros que son capaces de interiorizarlo y sentir como los mejores años de su vida están pasando y los protagonistas desfilan ante ellos como el paisaje desde un vagón de un tren que salió demasiado pronto de la estación.

Pero hay algunas veces que incluso algunas lágrimas nos sorprenden a los que estamos acostumbrados a esperar cualquier cosa de esos pequeños sujetos del mañana, que precisamente se caracterizan por lo imprevisible de sus reacciones. Como por ejemplo cuando Keneni lloró abrazado a mí, sabiendo que era posible que no nos volviéramos a ver después de muchos veranos juntos. No lo habían hecho África, ni Irene, ni Sara, ni Kimberly, ni Clara, de las cuales lo hubiese esperado mucho más. Pero sí lo hizo Keneni. No significa que ellas no sintieran pena al decirme adiós, pero no lloraron como él.

Aquella imagen me acompañará hasta el último de mis días como resumen perfecto de una etapa de mi vida en la que tantas cosas se comprimieron en un instante de cuya insignificante pero imprescindible épica no fui consciente hasta que no hubo pasado. Supongo que esa mierda o algo parecido es la felicidad, aunque vaya asociada a la tristeza. Saber que has alcanzado el alma de otra persona, que se ha fundido con la tuya en un instante mágico.

Yo no fui capaz de derramar lágrimas. Soy un adulto de género masculino. Qué habría pensado la sociedad a la que vuelvo para sentirme expulsado cada día. Me habría gustado decirles a Keneni y a todos los demás que lloraron en la despedida, emulando al T-800 de Terminator 2. “Ahora sé por qué lloráis, pero eso es algo que yo nunca podré hacer”.

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