Mitos de la vida circense

Reconozco que toda mi vida he sido un tío mitómano. Mi creencia en cosas que van más allá de lo físico pero que están conectadas a alguien real o a una proyección fantasiosa me ha perseguido siempre. Con los años, me he vuelto algo más pragmático y la tendencia se ha ido desviando, pero aún así llevo eso dentro.

No obstante, es cierto que quizá en los últimos años de mi vida me siento mucho más identificado con la caída de los mitos que con su ascenso. Ver como las grandes construcciones mentales de la sociedad, de un grupo humano o de las personas individuales se derriban me produce un extremado interés, especialmente cuando lo expresan cineastas, autores literarios o cantautores.

El otro día revisité al mayor exponente que para mí hay en castellano de esta última categoría de artistas, Joaquín Sabina. Cierto es que lo hago cada poco tiempo. No elegí un álbum de los más populares o reconocidos, sino uno en el que precisamente habla bastante de los mitos caídos y que fue de los que peores críticas recibió de toda su carrera cuando lo publicó hace ya casi 10 años, Vinagre y Rosas.

Se dijo entonces que era un compositor acabado, que sólo cogía energía gracias a las dos colaboraciones de Pereza en el disco y que su capacidad como letrista había descendido porque “ya no se metía” y le faltaba una vida excitante e infeliz para poder contarnos historias de la vida pendenciera, subterránea y clandestina, casi como él mismo, veintidós años antes, había clamado irónicamente en su tema Oiga, Doctor.

Sin embargo, a mí me encanta ese LP. Llegó en una época muy determinada de mi vida en que a mí también se me habían caído muchos mitos, estaba en la búsqueda confusa de otros y necesitaba canalizar esas emociones de tristeza y melancolía a través de algo.

Estaba en plena fase de creación de El Secuestro de la Esperanza, una vez que la vida me había quitado cruelmente La Máscara del Mundo con la que equivocadamente creía protegerme del mismo. Es muy posible que ahora esté en un período similar, esperando que alguien Rescate a mi Generación Perdida y los Ladrones de la Memoria no nos ganen la partida.

En el álbum hay canciones como Crisis, que destroza de una forma contundente pero con ironía made in Sabina la milonga del desastre financiero y lo baja al nivel de calle, o Agua Pasada, sobre lo que queda tras el amor y la separación (lo peor son las habitaciones separadas, que no seas tú entre todas las mujeres, que la cuenta esté saldada).

Pero sobre todo está la canción que da título al disco, un tema que pasó totalmente desapercibido en su día y que no figura ni siquiera entre los cincuenta más solicitados del repertorio sabinero. Ninguno de sus seguidores lo pediría probablemente en un concierto. Yo quizá tampoco, porque prefiero escucharla en la soledad y la decadencia de una noche de otoño, rodeado de silencio, en una habitación o mientras conduzco por una carretera solitaria.

Al ritmo pausado de una guitarra con acordes que evocan una melodía de caja de música, Sabina va cantando a la realidad de una compañía de circo venida a menos, en la que hay un trasfondo que desmiente bastante la esperada apariencia de alegría. Hay una tristeza latente, un telón de miseria, desdicha y sabor agridulce (de vinagre, aunque también haya dulzura de rosas) “a la hora de cenar”. Lo utiliza como metáfora del final del amor, el mayor mito del mundo.

El tema, cantado con esa voz tan rota de un Sabina ya muy aguardentoso y afectado por el exceso de tabaco (y que contribuye aún más a esa sensación de quiebre maravillosa), me transmite una sensación incomparable de añoranza de una vida mejor que en realidad nunca existió desde mi prisma de tipo siempre en movimiento, buscando algo más, pero enfangándose en las derrotas y los fracasos. Es la posición del romántico perdedor que sin embargo adora ese toque de bohemia melancólica.

Para mí, la vida en realidad es un circo bastante desastroso donde cada uno hace de todo para sobrevivir o para conseguir su concepto de supervivencia. Pero el mundo, la sociedad actual, adolece de esa triste calidez que desprenden las letras de Sabina. Es fría, impersonal y la mayor parte de las veces implacablemente indiferente.

Cuando la pérdida te rodea por todos los lados y tu “pólvora está empapada de tanto decir adiós”, al menos esperas que el otro lo sienta, que no seas tú el único que te reveles y alces la voz, “maldita ley del embudo, no valgo menos que tú”. Pero no, la gente continúa con sus vidas de una manera totalmente aséptica, como si le importara una mierda que ya no estés ahí, que “Polichinela se haya fugado con Arlequín”.

Es la lamentable lógica del consumismo y la pirámide de clases. De la deshumanización y el asesinato de la lírica. Ya casi nadie cree en los mitos y a mí se me han evaporado casi todos los de carne y hueso que tenía. Me quedan los del mundo ideal y por supuesto, aquellos que están lejos de mi alcance. Esos son intocables. Como el propio Sabina y su figura icónica, llena de imperfecciones y de desastres que le hacen todavía más grande. Lleno de poesía.

Y es que algunos preferimos ser “mariposas de arrabal que nunca aprenden a volar”, pero que lo intentan todos los días. Aunque cuando hayamos aprendido a “tragar fuego”, el circo ya se haya pirado “de Albacete a Nueva York”.

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