La Buhardilla

Cuando uno comienza a escribir en un blog de creación propia y más si pretende que sea tan personal como La Buhardilla de Álber, existen ciertas dudas, innegables nervios y un temor molesto a muchas cosas. Al rechazo, al error, a la incomprensión, a la sensación de estar perdiendo el tiempo…

¿Por qué uno tiene que gastar horas en algo tan aparentemente innecesario como escribir sobre lo que lleva dentro, vomitar las propias impresiones, principalmente subjetivas, sobre cosas que tal vez a nadie más que al propio interesado le interesen, valga la redundancia?

La respuesta no se me vino inmediatamente a la cabeza, pero una vez hallada, hizo que se disiparan muchos de los vapores negativos que empañaban mi mente.

Simplemente por una mera cuestión de coherencia y de salud mental.

No para adoctrinar ni enseñar a nadie, que de eso ya se encargan los padres en sus casas, los profesores en los colegios, los curas desde sus púlpitos y los jerifaltes de la información encaramados en sus posiciones de privilegio de las que nadie parece capaz de echarlos, al menos en este país en el que nos ha tocado nacer y crecer.

Precisamente no puedo obviar la realidad que atraviesa el terruño de la bandera rojigüalda entre los factores destacados que me han llevado a realizar este derrame de sangre emocional y a apuñalar el teclado desde lo más profundo de mi alma.

Cuando uno está tan convencido como lo estoy yo de que vivimos en un lugar decadente, maltratado, dominado por incompetentes –y ni mucho menos me refiero con ello sólo a los políticos–, donde se desprecian los valores más humanos y los talentos más naturales y en el que reina una mentalidad de sapos de muelles atrofiados en charca enfangada, resulta insoportable mantenerse callado y no sacar la rabia que se lleva dentro más allá de los círculos familiares y amistades.

No es que este hacer público, este desnudar mis pensamientos, me vaya a convertir de repente en un luchador; no es que con este gesto me esté metiendo en las trincheras; pues para ello considero que hace falta un valor superior, una abnegación mayor, una capacidad de sacrificio extraordinaria de la que yo en estos momentos de mi vida carezco, precisamente por tener carencias en otros niveles preeminentes al de la autorrealización de la persona; con esta actitud pretendo solamente, como dije antes, saldar cuentas conmigo mismo, saber que estoy haciendo y diciendo lo que surge de mis entrañas…

Y mi cerebro.

Pues que nadie se piense que lo que va a leer periódicamente en este blog van a ser tropezones surgidos directamente de la bilis, irracionalidades sin juicio.

En absoluto. Toda persona tiene que encontrar un punto de equilibrio entre lo que siente y lo que piensa; si no una coincidencia absoluta, al menos sí un denominador común, un lugar en el que se encuentren. Ese momento ha llegado para mí después de mucho enfrentamiento.

Y por eso me he decidido por fin a refugiarme en esta Buhardilla, tan penumbrosa como acogedora, tan pequeña como espaciosamente libre, tan retirada del mundanal ruido como he podido, situada a la suficiente altura como para que no lleguen los tentáculos de la viciada sociedad. Este lugar en el que solo gobierno y reglo yo. Este sitio inmaterial y virtual hecho exclusivamente por mí y bajo mi absoluto control, pero con vocación utópica de que lo que salga por su chimenea no sea simple humo y llegue al mayor número de rincones posible, especialmente a aquellos más lúgubres, isquémicos, asépticos y desesperanzados. El único lugar en el que yo, castrado de autonomía por el mundo circundante, pueda tener una independencia real.

Y tal vez así, quién sabe, con la ficticia sensación, inspire esta misteriosa y sincera Buhardilla muchas similares, que vayan poco a poco creando un mundo nuevo, fuera del alcance de los dictadores del siglo veintiuno y de las masas aborregadas…

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