De Álber

Lo primero de todo es advertiros a todos los incautos y a todas las intrépidas que estéis leyendo estas líneas, bien sea por accidente, inconsciencia o premeditación, de que esto no es la típica biografía, ni mucho menos. Apenas cuento algo sobre mí, al menos aparentemente, si bien es posible que en realidad cuente muchas cosas. El que avisa no es traidor.

Soy un tipo corriente, supongo, y al mismo tiempo intento no serlo. De hecho, esa es la clave de toda mi existencia y también quizá de este blog. Sé que suena algo pretencioso, pero en esta buhardilla virtual prefiero no mentir. Me gusta que me llamen Álber, así que obviaré mi nombre completo y apellidos, en coherencia con la filosofía de este rinconcito libre y donde todo sucede al son que marca mi voluntad.

Mi principal profesión desde que era barbilampiño es la de escritor, aunque hasta ahora no he ganado un solo duro con ella; al contrario, me ha supuesto sacrificios económicos, pero me tranquiliza saber que no tienen nada que ver con mi escaso o sobrado talento –algo que mejor juzgaréis vosotros, mi público– sino con ese techo de cristal del que tanto se habla en el mundillo literario, con la falta de apoyo que he recibido hasta ahora desde casi todos los frentes y, en general, con el infame sistema, que en España se recrudece por la general incultura reinante. Sí, yo también echó balones fuera, como hacía todo buen defensa central de la selección rojigüalda antes de que la seña de identidad fuera el tiki-taka.

Vale, admito que igual también tengo algo de responsabilidad, especialmente por no haber agarrado la independencia por el frontispicio y habérmela llevado conmigo. La libertad y la madurez mental están muy reñidas con estos tiempos de coitus interruptus, gatillazos y pis en la cama. Una nueva razón para crear esta Buhardilla, transformada en necesidad y en cura para muchos males y errores.

En cualquier caso, no he perdido la esperanza y sobrellevo la frustración lo mejor que puedo. Igual algún día pego la campanada y mi nombre es conocido en mi comunidad de vecinos, quién sabe. Soñar aún está exento de pagar impuestos, mientras Montoro no diga lo contrario.

Mi carrera literaria está detallada en un sitio aparte, así como las obras que la componen. Me parecía justo hacerlo así para darle la importancia capital que tiene en mi vida. Y no mezclarla en demasía con otras cosas más terrenales, presuntamente prácticas, pistonúdamente productivas y sublímemente útiles que he hecho a lo largo de mi carretera comarcal vital, y de las que hablo a continuación.

Y es que, pese a la desesperación que me genera pensar que mi vocación aún no me ha generado monedas u otros objetos traducibles al vil metal, ni tampoco renombre o reconocimiento, no dejará de ser casi como un estilo o forma de vida para este que os habla desde la siniestra Buhardilla. Así que, dentro de lo que cabe, lo llevo como quien lleva a esa pareja que lo deja a ratos insatisfecho y en otros le causa eyaculación precoz, pero a la que a pesar de todo está unido por esos ruines y añorados bastardos que se llaman sentimientos.

¡Sin embargo, lo realmente malo llega si me pongo a hablar de las cosas que tienen que ver más con el mundo real, el de la sociedad, el de la peña, el gentío, las leyes, las normas, lo regulado, lo de los convenios, lo del Estatuto de los Trabajadores!

Sé que la mayoría de vosotros ya habéis dejado de leer este mal pretendido perfil, tan singular como desconcertante. No esperaba menos ni más. Pero sé que vosotras aún seguís pegadas en una mezcla de curiosidad morbosa y encantadora empatía femenina. Por eso os advierto que, si lo que he dicho antes ha sido descorazonador, lo que viene ahora es más mísero aún. De modo que, si pese a ello lo aguantáis, planteaos seriamente acudir a mis datos de Contacto y… Oye, ahí lo dejo.

Abogado y periodista. Derecho y Periodismo. Picapleitos y correveidile. Esas han sido hasta ahora mis dos terribles ocupaciones principales. Sí, lo sé: en vez del popular dicho “sólo te falta quedarte embarazado”, en este caso cabe decir “sólo te falta ser político”. A eso no he llegado, aunque muchos me lo han recomendado, argumentando que soy buen orador y todas esas milongas, pero yo sé que en el fondo me quieren mal.

¿Qué puedo deciros del asunto del Periodismo, profesión denostada a nivel laboral y social casi desde siempre y actualmente rebajada al nivel de las profundidades del Averno? Pues que, como la mayoría de periodistas en este país, lo ejerzo en condiciones no precarias, sino lo siguiente, y que aún así creo, como la mayoría (exceptuando las alimañas que controlan el cotarro), que todavía es una profesión insustituible, básica para la sociedad y que merece ser dignificada, pese a lo cual nadie de los que podrían hacerlo parece interesado en tales menesteres. He escrito (sobre todo esto, a uno le tira el teclear), he hablado por radio, he hecho como que aparecía en televisión alguna vez, he sacado y editado fotos, he montado audios y videos, he manejado software, maldecido al hardware, deseado ser malware y jugado a ser spyware, e incluso me han invitado a café alguna que otra vez. No me han intentado comprar, al menos que yo sepa. A veces creo que alguna me ha puesto ojillos y enseñado la billetera, pero al instante me doy cuenta de que son delirios de esta actividad que tantos paralelismos guarda con el voyeurismo, la prostitución, el sadomasoquismo y con muchos otros ismos; quizá todavía conserve una pizca de idealismo para algunos.

Pero, como os decía antes, las profesiones que han ido ennegreciendo paulatinamente mi espíritu son dupla y no actúan necesariamente por separado… También me dediqué a la ingrata y en ocasiones ponzoñosa tarea de lo jurídico, en diferentes ámbitos, ramas y sectores. Quién lo diría hoy en día, pero sí, me puse traje, corbata, y hasta toga en un estrado y le hablé a la cara a algún que otro juez, si bien eso aún lo sigo haciendo, pues conservo la amistad de más de una Señoría. Llegué a constituir mi propio bufete con otros compañeros, en un arrebato insospechado de demencia, aunque todo aquello me queda ya muy lejos y tampoco tiene más interés literario que pensar en el recurrente mito sexual del despacho propio.

En definitiva, tengo dos profesiones principales, una en la que podían haberme hecho rico, y otra en la que corro el riesgo de que me hagan pobre. Entre extremos tan enfrentados y al mismo tiempo tan encontrados, tenía que escoger un punto medio. Pero como nunca fui de mesura, me piré por las ramas y me largué a otras tierras muy distintas, las de la Educación. En concreto del Inglés. Y, de una forma que no comprendo, al final eso ha acabado siendo lo que me da malamente para subsistir, (aunque no te emociones: no te voy a decir “que te pongo un piso”). Doy clase a niños, adolescentes, adultos… Incluso a animales.

Otras ocupaciones he tenido a porrillo, imagino que como todo el mundo, o incluso un poco más. De lo más variopintas. Pero no las desvelaré aquí, que tampoco es cuestión de contar todos los secretos en la vida irreal y cibernética, no vaya a ser que luego en el cara a cara te decepcione por no tener nada que mostrarte –aunque uno siempre se guarda sus ases en la manga o donde se precie.

Una cosa más si diré. La he dejado para el final por su trascendencia. Realmente es el único dato estrictamente personal que contaría incluso aunque toda mi privacidad dependiera de ello. Me siento demasiado orgulloso como para ocultarlo. Nací en una ciudad de España, que no es ni la más bonita ni la más fea, y que no tiene precisamente a la gente más simpática ni agradable del mundo. Pero la adoro. Se llama Valladolid, aunque nos referimos cariñosamente a ella como Pucela. De no haber sido engendrado y criado en ella, sería otra persona. No sé si mejor o peor, pero desde luego muy diferente. De hecho, me he tomado la licencia de traer unas cuantas cosas de mi querida ciudad a esta alcoba, en señal de homenaje, y paulatinamente iré tomando prestadas algunas más, siempre muy seleccionadas. Espero que el alcalde no se enfade mucho conmigo, aunque, conociéndolo, lo veo difícil.

Y nada más, supongo. Ya ha habido bastante. Os invito a entrar, ahora sí, en mi particular territorio, situado en las alturas, donde vomito emociones y opiniones hacia el exterior. Pero no esperéis que os diga: “como si estuvierais en vuestra casa”. Los dichos burgueses y de cortesía social no esperéis encontrarlos aquí. Estáis en La Buhardilla de Álber.

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