Más que animales

Últimamente me ha dado por hacer experimentos sociales, como si me hubiese convertido de pronto en una vieja profesora que tuve en Periodismo que estaba zumbadilla la pobre y se dedicaba a manipularnos mandándonos trabajos imposibles en grupo para ver cómo nos comportábamos. Sin llegar a ser tan pretencioso ni querer convertir a mis alumnos en meras cobayas ni engañarles, esto es, avisándoles antes de que se trata de una mera prueba de comportamiento, he utilizado la mítica canción The Bad Touch, de Bloodhound Gang, como herramienta de laboratorio.

Como sujetos de la probatura, elegí a dos chicos, jóvenes adultos, ya no adolescentes, por considerar que la etapa púber es poco apta para realizar según qué reflexiones, debido a la nociva influencia de la hormona en los juicios. Y dado el importante contenido sexual de la canción de marras, consideré que los resultados podrían ser altamente engañosos y el efecto que causara su escucha tan tentador como peligroso de comprobar en los rostros con acné.

Ambos tienen más o menos la misma edad, estudian en la Universidad y son inteligentes e imaginativos. Ahí se acaban casi todos los puntos en común. Ella es una chica intuitiva y de humor algo cambiante, bastante susceptible. Su ideología tiende más hacia la izquierda y se diferencia bastante de la mayoría de las personas de su edad en que le gusta analizar y profundizar en las cosas. Se deja guiar a veces por la improvisación y la inercia, y le cuesta tomar decisiones sobre temas importantes, incluso después de tomadas, cuando no hay marcha atrás. Tiene conciencia colectiva de su género, pero no está obsesionada con las cuestiones feministas.

Él es un chico de carácter estable, muy mesurado y calmado en sus juicios. Es bastante conservador y tiene un cierto toque machista. A veces valora a los seres humanos según sus comportamientos negativos, que según él predominan sobre los positivos, por lo que se somete a los prejuicios y la superficialidad. Suele ser organizado, trabajador y meticuloso, y le gusta planificar las cosas con bastante anticipación.

Fue bastante interesante comprobar las reacciones de una y otro. Más o menos fueron las esperadas, ya que les conozco bastante, pero no dejó de sorprenderme algún comentario procedente de él. Me confesó que no se atrevería a poner ese video a sus amigas o a su novia, porque probablemente se sentirían muy ofendidas y soliviantadas y le acusarían de ser un sexista y de tratar a las mujeres como carnaza. Incluso se mostró algo escandalizado con el video y la letra de la canción.

Me admitió que le gustaba, pero que no se arriesgaría a reconocerlo abiertamente y que en los tiempos que corren una cosa así estaría fuera de lugar y directamente no se publicaría, y que en cualquier caso algunas imágenes le habían parecido repulsivas. Hay que tener en cuenta que él, como mucha gente de su generación, está acostumbrado a escuchar canciones de electrolatino, reggeaton o trap, con letras no precisamente virginales. The Bad Touch y su videoclip son de hace 20 años, cuando el arte musical se expresaba con mayor libertad que hoy en día.

Después, se puso a hablar sobre el caso de La Manada, que relacionó inmediatamente con el espíritu de sexo abierto y embrutecido que, en su opinión, representaba la canción. Se puso a criticar la reacción del feminismo contra la sentencia, pues él piensa que hubo sexo consentido y sólo admite el abuso, pero no la agresión. El debate hizo que nos desviáramos completamente del objeto primitivo del experimento.

La actitud de ella ante la canción fue netamente distinta. Me puso una de sus sonrisas de complicidad y, después de tomarse unos segundos, hizo un análisis detallado y bastante hondo del video. “Es una clara crítica al género humano, que nos creemos mejores que los animales y con comportamientos muy distintos y por eso les tratamos como a seres muy inferiores, pero en el fondo somos totalmente iguales, con las mismas necesidades fisiológicas, y sufriríamos exactamente igual que ellos si nos viéramos por ejemplo capturados, encerrados en una jaula y privados de libertad”.

Ni siquiera se había fijado en la letra de la canción (que, pedagógicamente hablando, dado que teóricamente les enseño inglés, era lo que justificaba la actividad). Luego se la volví a poner, la leyó y le hizo gracia. En ningún momento pensó en una agresión sexual colectiva, en una violación ordinaria, ni en una cosificación del género femenino.

Lo que ocurre es que el tema (para mí, temazo, dicho sea de paso, y eso que la música electrónica no es mi género favorito en absoluto, como ya he dicho otras veces) contiene muchas referencias soeces, a veces en tono de metáfora fácil, otras veces más directas, al sexo entre hombre y mujer. La lírica es de corte animalesco, como si hubiera sido engendrada por los mismísimos habitantes de los reinos filmados por el Discovery Channel del que habla. Ain´t nothing but mammals.

Pero pese a esta declaración de signo negativo, ella es capaz de ver algo más de lo que verían la mayoría de seres humanos actuando como simples animales, mamíferos entregados al placer carnal sin cortapisas. “La gente ahora no se para a pensar qué significan estos videos, sólo ve que hay unos tíos disfrazados raptando a chicas, a gays y haciendo cosas obscenas y asquerosas. Lo hicieron para provocar y llamar la atención, pero el mensaje es mucho más profundo”, apunta.

Menos mal que esta ella para explicarlo salvando la censura social y el animalismo de su generación. Por supuesto en inglés.

 

 

 

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Vuelve Carmen Boza, la mejor compositora pop-rock de España

Seguramente muchos de los que me leéis no tendréis ni la menor idea de quién es Carmen Boza. ¿Una actriz? ¿Tal vez una modelo? ¿Quizá una youtuber o una instagrammer? Bueno, respecto a esto último, bien es cierto que a Carmen le encanta publicar stories en las que cuenta cosas, por así decirlo, folclóricas, sobre sí misma, y también es cierto que en los inicios de su carrera sus canciones tuvieron bastante impacto en YouTube.

Boza es una creadora de música pop-rock, pero no una cualquiera. En mi opinión, es la mejor que hay en España en la actualidad, al menos de las que yo conozco, que no son pocas. Pertenece a una generación de jóvenes cantantes, compositoras y músicas (no me gusta emplear el término cantautor, si bien técnicamente lo son, porque lo que este tipo de artistas hacen va mucho más allá) que, sin obtener el reconocimiento mayoritario del público (y tristemente es posible que nunca lo tengan en los tiempos que corren), han conseguido el aplauso de la crítica y amasar a una legión modesta pero muy compacta y fiel de seguidores que suspiran por cada nuevo lanzamiento, concierto o trabajo suyo.

Si bien tengo pensado dedicarles en algún momento un artículo específico, diré a modo de resumen que a esta hornada de intérpretes, escritoras y solistas, pertenecen, entre otras, Rozalen (quizá la más conocida), Bambikina, Patricia Lázaro y Road Ramos. Estas dos últimas tienen una estrecha relación con la propia Carmen Boza, porque las tres hicieron una gira conjunta que las llevó a recorrer la Península y parte de Francia y que resumieron en su EP 48 horas.

Descubrí a Carmen, como a la mayoría de las artistas a las que me refiero y a muchos otros músicos, en Radio 3, concretamente en el programa Como lo Oyes, que dirige Santiago Alcanda de lunes a viernes, de 13 a 14 horas. Fue en 2014, cuando la gaditana acababa de lanzar su primer álbum de estudio, La Mansión de los Espejos, un disco que fue mi disco de cabecera aquel otoño y que desde entonces ha sido referencia absoluta y me acompañará siempre.

Recuerdo especialmente la entrevista que Santi hizo a Carmen el 15 de octubre de aquel año. Me enamoré de aquella chica veinteañera que tocaba riffs de guitarra como si fuera una anglosajona, tocando palos cercanos al folk estadounidense y al blues, pero que cantaba en castellano y se expresaba como si estuviera en el patio de su casa, con un desparpajo, un carisma y una capacidad de transmisión emocional espectaculares.

Octubre fue la canción de ese LP que más repercusión mediática obtuvo y es el tema que para mí representa esencialmente, de forma principal y destacada, esta época reciente de mi vida que aún no ha terminado. No puedo expresar en un simple párrafo lo que significa para mí, los momentos de conexión íntima que he llegado a vivir mientras sonaba esa melodía evocadora, luminosa, de paz y bienestar más allá del ruido, pero al mismo tiempo llena de energía, con esa voz a ratos limpia y a ratos desgarrada que canta una historia mil veces contada en la historia del pop pero nunca de la manera en la que ella lo hace.

Mis palabras estarían muy por debajo de las de Carmen. “Si después de derrocar a la antigua reina, llegas anunciando paz, una nueva era, me cubro de amuletos, cubro los espejos y me comprometo a no volver hacia atrás, a no esconderme detrás de una vieja gloria”.

No obstante, el disco contiene quince joyas (originalmente eran doce), como El Mayordomo, El Ejército o Nana Noir. Algunas de ellas, entre ellas Octubre, ya las había grabado Boza en una versión desnuda, acústica, sin producción, simplemente ella y su guitarra, para una compilación de veinticinco canciones titulada Rollitos de Primavera, que tenía pedacitos de su alma musical más fusionada, y yo en particular me emociono mucho cada vez que escucho canciones que hace mucho que no están en su repertorio como Los Mejores Años de mi Vida, mi favorita.

Confieso que yo, y me consta que también otros de sus seguidores, añoraba esa faceta de Carmen, que la andaluza afincada en Madrid decidió recuperar recientemente cuando sacó dos canciones sin adornos, como en sus primeros años, Astillas y La Vida Moderna, esta última una auténtica obra de arte, si bien alejadas de la nostalgia que atesoraban esos preciosos artefactos primitivos, que a mí me siguen haciendo estremecer.

Esos dos temas están incluidos en su segundo larga duración que, por fin, tras una pelea indecible y muchas dificultades, habiendo tenido que recomponer un trabajo que ya estaba grabado y que iba a haber llamado originalmente Tótem, ha sido lanzado al mercado y se titula La Caja Negra. Han sido “vestidos” con arreglos de percusión, bajo y coros, que les dan un acabado estupendo, si bien creo que prefería la versión desnuda de La Vida Moderna.

Ello no es óbice para reconocer que la producción del disco es auténticamente brutal, un claro salto hacia delante respecto a su primer álbum de estudio. El sonido es increíble, y siendo ella misma la que se ha encargado de los arreglos hace que mi admiración hacia este pedazo de compositora sea aún mayor si cabe.

En este sentido, ella comentó cuando estaba en fase preparatoria que se sentía muy orgullosa de haber producido el álbum “con todo su coño” (es otra de las cosas que admiro de ella, su forma de hablar franca y directa, sin ambages ni las estupideces de lo políticamente correcto) y que se había sentido artista “por primera vez en su vida”, en lo que entiendo que era toda una autoreivindicación por la cantidad de problemas que ha tenido para sacar adelante La Caja Negra y un sentimiento de haber sido “artista integral”, comandando todo el proceso.

El single de presentación del álbum es Gran Hermano, una canción fantástica y adictiva, y eso que yo no soy muy amante del funky, que es el estilo que más predomina en el tema. Incluye pasajes de letra realmente formidables, además de una transición contenida entre estrofa y estribillo que recoge la esencia de la Carmen Boza que más me emociona. “Voy a negociar la paz con mi alter ego/No puedo seguir así, tengo que cambiar/Tengo que pedir perdón, luego ya veré”.

El resto del disco mantiene esa línea de bases muy relacionadas con el soul, funky y sobre todo R&B (sin olvidarse del rock) en definitiva música negra pero cantada en castellano. Sin duda, el título ya adelanta este aspecto, aunque seguramente también haga referencia a otras cosas, y el hecho de que tanto la cubierta como el libreto sean totalmente pardos es una confirmación de esa evolución sonora.

De esta forma, se aleja de La Mansión de los Espejos, que tenía una apariencia más cercana al pop-rock e incluso al folk, si bien Carmen siempre ha tenido un indudable toque anglosajón que ya se veía en sus primeras maquetas, un gusto tremendo por los registros que llevan muchos años practicando los genios afroamericanos de aquel lado del charco y que la diferencia de la inmensa mayoría de músicos de España que escriben en nuestro idioma.

Sin perjuicio de ello, al final del trabajo, aparecen Poetas y Mentiras de Verdad, que son, especialmente esta última (no en vano, la ha recuperado de su colección Rollitos de Primavera) las que más recuerdan al anterior álbum de la gaditana en cuanto a sonido, y la voz de Carmen aparece casi despojada de efectos, a diferencia de lo que sucede en los otros siete cortes.

En cuanto a las letras, se alternan cortes con una estructura lírica más compleja que otros, si bien la aparente mayor simpleza en cuanto a los textos de las canciones con respecto a las anteriores de la artista es bastante engañosa. Es cierto que hay mensajes directos y claros, pero también se mantienen las metáforas características de Boza en las que utiliza un lenguaje contundente, a veces bélico, para ilustrar los conflictos, tanto a nivel de pareja, como interno, como de la persona en relación con la sociedad, y que me parecen magistrales.

Por otra parte, el concepto del disco es mucho más complejo de lo que puede parecer a primera vista. En el interior, aparece un póster con un paisaje natural completamente incendiado, en el centro un lago que parece que se salva de la quema y por debajo del mismo un cuadrado negro.

Portada de La Caja Negra, de Carmen Boza.

Se trata de rescatar lo más puro que existe en cada uno para no sucumbir a la vida moderna llena de postureo, de fachadas, clics, ruido externo e imágenes de uno mismo rebotadas una y mil veces, con cien mil juicios de la sociedad y de uno mismo en función de esa apreciación de los demás, de ese Gran Hermano que nos vigila continuamente. Como dice la propia Carmen en la dedicatoria, es un canto de autoaceptación, un buscarse a sí mismo, una reivindicación de los que se han sentido deprimidos, excluidos, ignorados o menospreciados, para “que no desoigan a su instinto más resistente, el que les trajo al mundo desde la sombra primigenia: la vida”.

Es una lástima que esta genial artista no sea mucho más popular, aunque tal vez eso significaría que tendría que estar al servicio de alguna discográfica de postín (su primer disco lo sacó con Warner, pero tengo la sensación de que hubo cosas del acabado que no la hicieron sentirse muy satisfecha), aliarse con un productor de sonidos, ritmos y acabados cocinados y servidos para vender y dejaría de ser Boza para pasar a ser una más de las muchas creativas embozadas que pueblan la escena musical mainstream.

Carmen Boza, en una imagen promocional de La Mansión de los Espejos.

Y ello pese a que Carmen opina, de la misma forma que yo, que no toda la música comercial ha de ser despreciada y que buena parte de sus influencias proceden de allí, citando a Anastacia, a Destiny´s Child y a Alicia Keys (por la cual, como he escrito otras veces, siento debilidad) entre ellas. Sin embargo, pocos artistas de la actualidad reúnen la calidad suficiente como para merecer una escucha más allá de los lugares de “diversión efímera”, y muchas veces ni eso.

Ella se siente más próxima a un artista como John Mayer, su gran referente musical, aunque yo me atrevería a decir que en La Caja Negra ha viajado por encima de todo el bagaje previo y ha encontrado un sonido propio que la identifica, en el que ha podido jugar con sus riffs prodigiosos de guitarra y con esa voz personal que tanto transmite. Eso hace que, como ella misma asegura, el álbum no sea sencillo de escuchar, sea mucho menos comercial que lo anterior facturado por ella misma, y tiene razón.

Las canciones son de digestión lenta, requieren detenimiento y fijarse en los detalles. Poseen guitarras pesadas, bajos y baterías potentes (aunque me encanta la sutileza de la línea de bajo de Intro), y melodías cerradas que no se pegan desde el principio. Algunas incluso carecen de un estribillo reconocible, con muchos versos de construcción complicada que no se fijan en la memoria al instante. En general, es un disco mucho menos “coreable” en los conciertos de lo que lo era La Mansión de los Espejos.

Carmen Boza, en una imagen promocional de La Caja Negra.

Y a propósito de esto, tengo la espina clavada de no haber visto aún a Carmen Boza en directo, pero prometo intentar quitármela este año. A ver si tenemos suerte y se pasa por tierras pucelanas. De momento, he leído que actuará muy cerca de aquí, en el Palencia Sonora, a principios de junio. Estamos deseando abrir esa caja negra sobre el escenario, aunque fuese la de Pandora. Si su contenido es made in Boza, no nos importa correr el riesgo.

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Abba, el grupo de mis padres

Abba no va a volver en un sentido estricto. Productores, discográficas y todo tipo de promotores musicales y gente del negocio llevan años intentándolo, pero no hay manera de que los miembros de la banda sueca más famosa de todos los tiempos entren por el aro. Sin embargo, este año 2018 se reunirán para crear dos nuevas canciones y también se organizarán una serie de actos relacionados con el grupo, con hologramas suyos sobre el escenario, por lo que se puede considerar que sí se ha conseguido una especie de vuelta low cost.

Este asunto me viene perfecto para introducir la cuestión de esta semana. Los grupos que marcaron una generación, que se hicieron míticos y legendarios para una hornada o varias de jóvenes que hoy en día ya no son tan jóvenes pero llevan ese marchamo musical para siempre. Ese concepto se ha ido perdiendo con los años. Debido al cambio de concepto tanto en la forma de consumo musical como en la manera que tiene de comercializarse lo cierto es que resulta difícil encontrar en la actualidad un grupo que represente a nivel de popularidad y difusión lo que Abba encarnó en los años 70 y principios de los 80.

Fueron tan icónicos que su legado no se reduce ni mucho menos a la época que les correspondió. Alguno me podría decir que eso también ocurre con Los Beatles, los Rolling Stones, Queen o AC/DC. Sin embargo, no es exactamente lo mismo, y soy consciente de que estoy tirando piedras contra mi propio tejado, porque yo me siento mucho más identificado con cualquiera de los grupos citados que con el pop ñoño, facilón, melódico y discotequero de Abba.

No es igual porque esta banda compuesta por dos mujeres y dos hombres, que fueron matrimonios y luego se divorciaron (lo cual al cabo desembocó en la disolución de la agrupación musical) tenía una capacidad ciertamente difícil de conseguir a la hora de crear temas que se colaban en los oídos y calaban en las emociones del público en general de forma indiscriminada y sostenida en el tiempo. No iban paralelos a los tiempos que corrían, ni buscaban ser alternativos, ni tampoco se esforzaban demasiado en conseguir un producto sofisticado o que fuese considerado una obra maestra.

Benny Andersson y Björn Ulvaeu hacían canciones pegadizas, emotivas y vitales que hablaban sobre todo de amor, la forma más sencilla y auténtica de facturar música pop, tal vez como los primeros Beatles, si bien estos siempre tuvieron un toque que iba más allá y entroncaba con el rythm and blues y el rock´n roll, que ya no es para todo el mundo ni para todos los oídos. Por su parte, las empastadas voces de Anni-Frid Lyngstad y Agnetha Fältskog daban a los temas la personalidad y textura perfectas. Tampoco hay que olvidar los arreglos de Phil Spector, tan criticado como inteligente a la hora de fabricar éxitos eternos.

La prueba definitiva de esto la recibí hace unos días. Estaba tomándome una cerveza en un bar y sonó Dancing Queen. El local estaba lleno de gente, la mayoría no pasaba de los treinta y muchos rozaban los veinte. Es un sitio en el que normalmente triunfa la música un poco más indie. Casi todo el mundo se puso a cantar ese bonito artefacto creado por los suecos con un nivel de intensidad, energía y pasión increíble. Y pensé que esa es precisamente la grandeza de Abba. Su herencia musical ha sido recibida por gente de lo más variopinta, aficionados a todas las corrientes musicales, pero que encuentran esa especie de vínculo común, lo aceptan y lo hacen más fuerte e intenso, y sobre todo ha sido transmitida de generación a generación. Confieso que no pude evitar emocionarme.

Recuerdo que de niño y adolescente siempre me burlaba un poco de mis padres debido a su querencia por Abba, sobre todo con motivo de esos videos musicales que en su momento debieron tener una estética muy rompedora pero que a mí me parecían patéticos y bastante parodiables. Supongo que los años te hacen ver las cosas con otra perspectiva y, aunque no cambies de premisas básicas (o no deberías), matizas algunas opiniones o las complementas con otras.

Ahora reconozco que, si bien no son las canciones que me llevaría a una larga excursión por la naturaleza más agreste o a una isla desierta ni formarían parte de mi playlist favorita, hay que respetarlas. La obra de Abba logró internacionalizarse hasta límites insospechados, siendo exitosos en cada rincón del planeta. Incluso en Estados Unidos, donde en su día no obtuvieron ni mucho menos el reconocimiento del que gozaban en Europa, acabaron por convertirse en leyenda con el musical Mamma Mia!, de gran éxito en Broadway, y varias películas cuyo argumento está prácticamente guiado por su repertorio. Destaca sobre todo la saga protagonizada por Maryl Streep, cuya segunda parte está ahora en los cines, pero sin duda la más carismática es la producción australiana La Boda de Muriel.

Temas aparentemente estúpidos como Super Trouper, Gimme, Gimme, Gimme! o Waterloo, que tienen el mérito indiscutible de haberse constituido en himnos intemporales y, por su simpleza infantiloide, su capacidad de contagio y su musicalidad agradable, han conseguido sobrevivir a su época y provocar la bonita escena, tan necesaria en estos días, de que un abuelo y su nieta de dieciocho años se emocionen cantando y entonándolas juntos.

Pero sobre todo son el grupo de la gente que, como mis padres, vivieron su gran auge. Eran chavalillos o jovencitos cuando los suecos ganaron el Festival de Eurovisión en 1974 y lanzaron sus éxitos encadenados año tras año durante una década de ensueño. Por eso, esta entrada va dedicada a mi madre, por razones evidentes relativas a la fecha de hoy y que no son las comerciales, ya que hoy es un poco menos Chiquitita, pero sobre todo a mi padre, por otras razones más privadas. Por cierto, se llama Fernando.

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Avicii, creador de himnos generacionales

Nunca he sido un gran aficionado a la música house ni a la música de baile, menos aún en los últimos años. Mi cabeza no suele aceptar bien las canciones elaboradas principalmente por ordenador y confeccionadas por dejais, aunque siempre hay temas que por unas razones o por otras se me meten en la cabeza y acaban gustándome. Pero nada de esto es aplicable a Tim Bergling, conocido por todos como Avicii, cuyas composiciones realmente me encantan.

No conozco muchas cosas de la vida del artista sueco que ha fallecido recientemente con veintiocho años de edad. Sólo sé que había tenido una vida de excesos de la que se había querido alejar últimamente, que debía de estar enfermo y que su muerte prematura había sido bastantes veces anunciada, presentida o rumoreada por las fake news que circulan por las redes sociales.

Por eso, lo que me gustaría hacer es un breve recorrido por lo que sus canciones han significado para mí. Para empezar, la multitud de ocasiones en las que he corrido de noche con frío, lluvia, calor o viento, por las calles de esta ciudad con ellas sonando en mis oídos. Aún lo sigo haciendo algunas veces y cuando la lista de reproducción que tengo configurada llega a ellas sé que es el momento de apretar el paso, de aumentar el ritmo, de creerme que vuelo mientras edificios, locales y los pocos transeúntes y animales que quedan a esas horas en la vía pasan veloces ante mi vista.

Es el momento álgido de la carrera, el subidón de adrenalina, el azote definitivo de mi jornada, mi fiesta mental en bares, macrodiscotecas y lugares imaginarios e inexistentes antes de poner punto y aparte a mi largo día. La música del DJ más famoso de la última década tiene esa facultad de transportarme a los sitios a los que nunca podré llegar donde todo es una sucesión onírica de bailes, saltos, abrazos y sonrisas.

En este sentido, tengo una espina clavada. No haber podido pinchar sus hits más que de forma esporádica en algunas fiestas durante los últimos años. Cuando trabajaba de forma habitual como pinchadiscos, el sueco aún no había lanzado aquel ya legendario Levels (que usa el sampler del Something´s got a hold on me de Etta James) con el que saltó a la palestra y logró la fama universal que le haría vivir a un nivel demasiado alto para lo que seguramente estaba preparado. Me habría encantado reventar la pequeña pista del bar en el que trabajaba con sus artefactos musicales, pero me pilló demasiado pronto.

Por eso, los himnos de Avicii quedarán asociados para siempre a una época determinada de mi vida, vinculados a mi trabajo de monitor de tiempo libre y de profesor de inglés, cuando esta etapa finalice. Aunque hace tiempo que no trabajo con sus canciones, eran un éxito asegurado entre los niños.

Me resulta imposible separar el tema Hey Brother de Guille, que me pedía que lo pusiera por las mañanas en el gimnasio de un colegio en nuestras historias de verano particulares. La cantábamos los dos con una mezcla de melancolía y energía, disfrutábamos de la parte progresiva que precede a la explosión de la canción, alzábamos las manos y nos elevábamos. Luego la utilicé en mis clases de inglés para examinar la letra y hacer ejercicios de listening con ella.

Lo mismo hacía con The Nights, que me trae a la memoria especialmente a Juan, quien, pese a su corta edad, se entusiasmaba (y era un chico poco apasionado) con ese tema y cantaba con una sonrisa lo de “my father told me” (mi padre me dijo). También les contaba con espíritu crítico a mis hijos a tiempo parcial en las extraescolares que no se dejaran engatusar por el videoclip de esa canción, que vendía la idea de vivir la vida a tope realizando actividades sólo aptas para ricos, por mucho que la frase “one day you´ll leave this world behind, so live a life you will remember” (“un día dejarás este mundo atrás, así que vive una vida que recuerdes” –digna de ser recordada–) haya sido tan premonitoria.

Me estremezco cuando pienso que esas melodías les han marcado la infancia o la adolescencia y que dentro de muchos años las escucharán o bailarán y se acordarán de esta época, como yo lo hago con las de Sash!, Gala o Gigi D´Agostino. Serán conscientes de que fueron el legado musical de un artista para ellos, alguien que supo llegar de verdad a su corazón colectivo cuando no tenían edad para comprender muchas cosas. Quizá también se acuerden de un profesor y monitor que les ponía esos y tantos otros éxitos, como Waiting For Love o The Days.

Pero si hay un producto de Avicii que supone una cima absoluta para mí y para los niños a los que he tratado de enseñar algo en estos últimos años, esa es Wake Me Up, en cuya composición, como en los demás temas, participaron más artistas (en este caso, Aloe Blacc y Mike Einzinger, guitarrista de la banda Incubus). No sólo por el tema en sí, sino por el video, una película corta que encierra muchas cosas y tiene un significado muy profundo para mí, tanto como la letra y el estilo musical del tema.

“Wake me up when It´s all over, when I´m wiser and I´m older”. Tal vez Avicii pensara cuando hizo este tema maravilloso que alguien le sacaría del sueño cuando todo hubiese acabado y de ese sitio antiguo y gris, lleno de ignorancia y carente de imaginación. A mí también me gustaría pensar que en un futuro muy remoto, en otra vida, alguien, tal vez alguna de mis niñas o adolescentes, me despertará cuando sea más viejo y más sabio y que entonces la llevaré galopando a través de los campos hacia ese lugar, con una nueva vida, llena de esperanza, baile y emoción. Allí donde pueda pincharle a ella y a todos los demás los himnos de su generación.

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Abusos del sistema

Confieso que soy un descreído del sistema. Que siempre pienso que los diferentes resortes que supuestamente tiene la ciudadanía para defenderse de las agresiones y abusos del Estado (de Sin Derecho) suelen ser inútiles. Que se acaban volviendo en contra de los propios parias de pie que los usan. Sí, no creo en la Justicia. Y particularmente en la española, que es la única que realmente conozco a fondo.

El hecho de conocer a determinadas personas individuales que la ejercen no ayuda en algunos casos. No obstante, no es una cuestión de personas individuales, porque también conozco a otras ecuánimes, racionales y objetivas. El problema, como decía, es del sistema. Es en ese en el que no creo, como Michael Winter, el protagonista de la novela Los Asesinos de Elia Kazan, por mucho que siempre haya un Alan Kidd que trate de convencerme de su utilidad, sanidad y capacidad bienhechora.

Sin embargo, hay veces que suceden cosas sorprendentes que me hacen reflexionar sobre las excepcionales ocasiones en las que la razón prevalece sobre la fuerza del engranaje. El titular del juzgado de lo Penal Nº3 de Valladolid, Miguel Ángel Martín Maestro, ha fallado, cuatro años después, sobre las denuncias que la Policía Nacional interpuso contra tres ciudadanos de Valladolid que fueron arrestados por los hechos acaecidos frente a restaurante La Parrilla de San Lorenzo el fatídico domingo 2 de febrero de 2014, que los que allí estuvimos presentes recordaremos mientras vivamos por haber pasado más miedo que nunca en nuestras vidas.

Los acusados han sido absueltos en una sentencia dictada antes de que acabara el juicio y de forma oral. El juez lo vio tan claro que no consideró necesarios algunos testimonios que quedaban pendientes. Las imágenes tomadas por varias personas, entre otras el que suscribe, y subidas a YouTube eran tan claras y desautorizaban tanto el relato de varios miembros de la Unidad de Intervención Policial, comúnmente llamados antidisturbios, que prestaron declaración en el proceso que no había lugar a dudas de la inocencia de las personas sentadas en el banquillo.

El juez no sólo afea en su larga sentencia la conducta de algunos agentes que contaron una película que no se correspondía en absoluto con la realidad (incluso recordando a los acusados que tienen el derecho de interponer denuncia por falso testimonio), sino que va más allá.

Martínez Maestro se mete a valorar la propia carga policial, su naturaleza, calificándola de incorrecta y desproporcionada (contradiciendo así a do). Esta es precisamente la parte que a mí más me interesa. Al final, los agentes de la UIP son profesionales que hacen un trabajo altamente desagradable, entrenados precisamente para disolver manifestaciones o concentraciones, utilizando la fuerza si es necesario. No se puede esperar otra cosa de ellos.

Independientemente de que en más de una ocasión se sobrepasen, tienen más o menos licencia para ello. No conozco a ninguno personalmente, pero supongo que en su vida cotidiana serán personas normales, malas o buenas. Es en su labor cuando tienen que transformarse y sacar su faceta violenta, que todos los seres humanos tenemos, y que tal vez en ellos está más desarrollada, razón por la que seguramente fueron destinados a esa unidad de la Policía y no a otra.

Pero ellos no toman las decisiones, sólo actúan en el fragor de la batalla. No justifico sus excesos, en absoluto, pero los cometen en una situación de tensión en la que tienen que elegir una opción en cuestión de segundos. También creo que no todos incurren en esos excesos, no quiero generalizar porque no es mi estilo, pese a que mi experiencia personal sea tan mala. Lo que quiero decir es que obedecen a una decisión racional y meditada tomada por algún mandamás, probablemente un tipo o tipa que no se ha enfrentado a una situación real como esa en su vida y que decide en un momento dado mandar a los antidisturbios zurrar la badana, como diría con su castellano refranero mi querido personaje Robustiano Iglesias.

Esas personas son los máximos responsables, más aún que los agentes que se propasaron en esta carga o en otras, o incluso que aquél que prestó falso testimonio durante el juicio. Son politicastros que siempre toman determinaciones desde un sofá o tal vez desde la silla de un restaurante. Son personas acostumbradas a servir al sistema y a servirse de él para sacar el mejor provecho posible. A veces son personajes siniestros y otras veces simplemente son incompetentes que no saben hacer la 0 con un canuto, pero que sienten placer morboso cuando envían a otros a pegar hostias.

No tengo ninguna duda de que, parafraseando al gran ausente de Valladolid aquel fin de semana durante la Convención Nacional del PP, José María Aznar, esos, los que lo ordenaron, no estaban aquel mediodía de palos, insultos y abusos de autoridad “en desiertos muy lejanos ni en montañas muy altas”. Tal vez estuviesen dentro del propio restaurante.

Quizá habría que preguntárselo a Martínez Bermejo, entonces Subdelegado del Gobierno de Valladolid, que tan seguro parecía estar de los hechos aquel día, como si anduviera peligrosamente cerca de los mismos. En realidad, mintió como un bellaco o utilizó el relato de otro para mentir como un bellaco, que casi viene a ser lo mismo. Además de hacer el ridículo señalando que no había habido carga policial, según “se aprecia en el video”, cuando quedaba claro que sí existía.

No es verdad que fuese un dispositivo policial preparado de antemano y que custodiase el sitio, como al parecer debió de recoger el escrito de acusación del fiscal, según he leído en el Diario El Mundo de Valladolid. La cosa se improvisó. Los furgones aparecieron de la nada, los agentes bajaron de los mismos, se colocaron mecánicamente y, tras unos minutos en los que no hubo aviso, arremetieron contra los que estaban allí. Yo mismo me salvé de milagro de ser detenido, como expliqué en su momento, y eso que sólo estaba grabando la concentración.

Alguien dio la orden y, aunque nunca se sabrá a ciencia cierta quién lo hizo, porque se han protegido todos como buenos garantes del sistema y mantenedores del mismo, tengo muy claro que unos cuantos asistentes a la Convención Nacional del PP y seguramente comensales de La Parrilla de San Lorenzo en ese momento, tuvieron mucho que ver en esa orden. Es verdad que el tema sigue pendiente en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, pero como mucho el Estado se llevará un reproche formal por la gestión del asunto, y se seguirá sin conocer quién mandó el operativo. Esta es la única parte que me produce insatisfacción, por muy alentadora que sea la sentencia del juez Martín Maestro.

El fallo ha sido tan contundente que el diario decano de la prensa española, el otrora tiempo ilustre Norte de Castilla, desde hace años al servicio de Vocento y del Ayuntamiento de Valladolid, ha publicado varias piezas expresando gran anonadamiento por las expresiones recogidas en el aquél.

El periodista las detalla con una especie de tono escandalizado, dándoles mucho énfasis, pero al mismo tiempo otorgándoles una especie de prueba de fe sobre lo que ocurrió y, por tanto, uniéndose de forma sutil a esos reproches del juez. Como si en su día este medio de comunicación, al igual que todos los demás salvo la Cadena SER, no hubiera pasado olímpicamente de un servidor, compañero de profesión, ignorando el relato de los hechos que presencié y recogí en esta Buhardilla, pese a que les llamé y escribí uno por uno para hacerles partícipes de los mismos.

Algo de interés debía tener mi relato, porque Cuando la Protección se Transforma en Terror tuvo decenas de miles de visitas y se hizo viral. A día de hoy sigue siendo la entrada más vista de esta alcoba virtual, con mucha diferencia.

Se ve que a El Norte, como a casi todos los demás medios, les molestó no haber estado allí y perderse la noticia, porque tal vez había algún evento muy importante que cubrir desde la redacción. Tal vez por eso se limitaron a dar por válidas las declaraciones de Martínez Bermejo, hoy portavoz del PP en el Ayuntamiento de Valladolid y que, al conocer la sentencia, señalaba con una hipocresía vomitiva que se alegra, que la sentencia está “bien dictada”, que respeta la decisión judicial y que fue una época “muy compleja”. A diferencia de lo que impulsó en su día, que fue hacer creer a la opinión pública que los agresores habían sido en realidad víctimas.

En efecto, la táctica del Estado fue defenderse atacando. Dado que las personas que sufrieron aquel día agresiones indiscriminadas e injustificadas por parte de varios miembros enloquecidos de la Unidad de Intervención Policial fueron a los tribunales para reclamar las responsabilidades que pudieran haberse derivado de la carga policial, aquél, comandado por la Subdelegación del Gobierno en Valladolid, optó por cerrar filas con prepotencia, replegarse en su propia irresponsabilidad y desplegarse con agresividad denunciando a su vez a los cuatro manifestantes antes citados.

Más o menos una metáfora perfecta de cómo actuaron algunos de los agentes desplazados al lugar aquel día, si bien yo nunca olvidaré especialmente a uno de ellos, tal vez ese al que algunos de los agredidos llamaron “el guapo” durante el proceso, cuando se me encaró, con la baba cayéndose y los ojos sanguinolentos, poniendo sus botas encima de mis pies, y me preguntó con agresividad dónde estaba mi carnet de periodista.

Sin embargo, como dije antes, el auténtico problema no son estos sujetos indeseables que ensucian la imagen de las fuerzas y cuerpos de seguridad, las cuales cuentan con magníficas personas en sus filas, algunas de las cuales tengo el gusto de conocer bien. Lo grave es que el sistema los acaba justificando. Los políticos, los medios y, en última instancia, toda la sociedad. Lo sufrí en mis carnes cuando ocurrió aquello y muchas personas, algunas muy cercanas a mí, desprestigiaron mi opinión y consideraron que los que estábamos allí nos lo estábamos buscando por perturbar el orden. Incluso los que simplemente estábamos en calidad de periodistas (que éramos dos personas, un compañero de Último Cero y yo).

Como señalaba aquel domingo la pancarta que portaban los denunciados y ahora absueltos, y la cual volvieron a exhibir con orgullo tras el fallo, en este país se criminaliza la protesta social. Hay una especie de miedo a que el status quo del que gozan algunos pocos joda la mediocre estabilidad sin gloria ni pena que tiene la mayoría. Por eso investimos a los que están destinados a protegerlo de un poder extraordinario y de una credibilidad a prueba de bombas (y de porras).

Además, existe una desconfianza brutal, incluso rechazo, hacia el que critica abiertamente al poderoso, pese a que en los círculos privados lo haga casi todo el mundo con quejas inútiles que amargan los cafés. Como si en esta España siguiéramos viviendo bajo el manto de la dictadura. Hacia afuera existe un conformismo anestésico que lo devora todo. Hubo una época en que parecía que algo se agitaba, incluso se percibía cierta simpatía en el ambiente hacia la reivindicación, eran “los chicos majos” del 15-M.

Los años posteriores, el aparato represor del Estado les puso en su sitio con sucesos como los de La Parrilla de San Lorenzo y la mayoría de la sociedad comprendió que ya se había acabado de tanta tolerancia, que había que recuperar la “normalidad” y “cerrar el asunto” como ha dicho el propio Martínez Bermejo. Ahora las manifestaciones brillan por su ausencia, como si las cosas hubiesen mejorado, que es lo que mucha gente se cree, alentada por los mensajes triunfalistas de carácter económico emitidos por el gobierno. O mejor dicho, es lo que quieren creer.

No gustan en general los que se mueven, levantan la voz y gritan a los cuatro vientos que algo tiene que cambiar, que no se puede seguir así. Se les ve como una amenaza. Ya no son los “sucios hippies” de la novela de Elia Kazan. Ahora son “perroflautas y jetas” que se oponen al sistema pero “comen gracias a él”. Así que, si sufren abusos por parte del mismo, es porque “se lo han buscado”. El sistema tiene que defenderse. No importa si algún juez mea fuera del tiesto de vez en cuando. La comunidad puede estar tranquila.

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Madrid vs. Valladolid

A día de hoy, es difícil imaginar una comparación entre Madrid y Valladolid. Son ciudades que han tenido una evolución diametralmente opuesta a lo largo de los siglos. La primera, capital de esta plurinación pluscuamperfecta y totalmente Movistar Plus, se ha construido como la gran orbe desde la que se dirigen los magnos y regios destinos de nosotros, súbditos y peleles, a manotazos, empellones, codazos, chilenas y maestrías.

Valladolid, por el contrario, es una ciudad modesta, donde los leones de la Plaza de la Universidad rugen débilmente sin que ya les escuche ni Perry (Katy) y los títulos se otorgan con mérito mediante pago de tasas onerosas para que sean firmados por el monarca no emérito. En el foso de Zorrilla, apenas suenan ya los ecos de la celebración de nuestro gol acrobático por la escuadra, que nunca fue portada de la conversación en los mentideros mediáticos.

Ni siquiera el sobrenombre de Pucela tiene ese toque épico con que a veces le tratamos de investir, aunque no desvelaré aquí el origen más probable de tal término por conservar el oscuro y cenagoso secreto y seguir haciendo pensar a la gente que nuestra leyenda de Juana de Arco, la pucelle, es cierta, cosa que por otra parte yo también creo a pies juntillas.

Sin embargo, en tiempos remotos, allá por el siglo XVII, ambas ciudades tuvieron una rivalidad decisiva para la historia de este Estado de estados de ánimo en el exilio y fugas de capitales. En realidad, Madrid era y es villa, y nunca tuvo fuero de ciudad, pero el caso es que las dos poblaciones de Castilla se disputaban por entonces la corte, si bien supongo que poco o nada tenían que decir los regidores de ambos lugares, sino que la decisión de situar aquélla en un sitio u otro dependía de los designios del Duque de Lerma, a la sazón especulador y manejador de Felipe III, una especie de Florentino de la década de mil seiscientos.

Sea como fuera, la competitividad, ficticia o no, debió de ser tan comentada entre las gentes de la época que el propio Cervantes, que residió en ambas localidades, la reflejó en una de sus obras más inmortales, la novela ejemplar El Licenciado Vidriera.

Para quien no haya leído esta obra cumbre de la literatura española, la resumiré diciendo que narra las peripecias de un estudiante de Derecho, Tomás Rodaja, que una vez acabada la carrera es envenenado por motivos amorosos y enloquece, de tal forma que se cree cristal rompible. Aparte de la magistral idea que da pie al argumento, la gracia del relato está sobre todo en los consejos magistrales que el Licenciado, en su estado de locura elocuente y erudita, da a todo tipo de personas que, en la corte (esto es, en Valladolid), le preguntan por todo tipo de asuntos filosóficos o relacionados con el mundo y la sociedad española, su funcionamiento y entresijos.

En un momento dado, le cuestionan acerca de cuál es mejor lugar, Valladolid o Madrid. Y él responde: “De Madrid, los estremos; de Valladolid, los medios”. Como esta respuesta no satisface al reportero ocasional, éste le repregunta, y Vidriera añade: “De Madrid, cielo y suelo; de Valladolid, los entresuelos”.

Aunque Cervantes posiblemente se refería a que las grandes fortunas y el pueblo llano, los pobretones, estaban en Madrid, y en Valladolid residían los miembros de la corte, los ejecutores del poder, con sus intrigas y entresijos asociados a la misma, si uno le da un sentido menos prosaico a la sentencia, en realidad, pese a los cuatro siglos de distancia, no creo que esto haya cambiado tanto.

Madrid, como casi todas las grandes capitales del mundo, tiene esa capacidad de elevarte a los altares o de sumirte en el lodo. Uno puede malvivir allí de forma miserable y morir sin hacer ruido, pero también es el sitio al que hay que ir si se quiere progresar y llegar hasta lo más alto. Como reza el dicho popular, De Madrid al Cielo.

En contraste, casi cualquiera puede asegurarse una existencia más o menos mediocre en Valladolid. No significa esto que no haya personas con dificultades o en situaciones extremas, pero se puede afirmar que la mayor parte del vulgo encuentra un lugar de comodidad incómoda, en la zona media tirando a baja de sus aspiraciones vitales, y con él se suele conformar. No hay muchas más opciones para promocionar, ni en la profesión, ni en la vocación ni en el status social o económico, ni en el nivel de excitación vital.

Las grandes empresas, las instituciones más influyentes, los organismos que deciden, los conciertos más importantes, los grandes musicales, las grandes diversiones, la vida cultural y de ocio, están en Madrid. Valladolid es mucho menos de lo que un día fue en casi todos los sentidos. Su nivel de relevancia en el conjunto del país es realmente discreta. Los jóvenes se marchan, los viejos se cabrean y el público se mea, de impaciencia, esperando que haya una mejor oportunidad para demostrar algo grande, mientras se combaten las pulmonías y los bostezos en el coliseo.

Es ciudad complicada para cualquier espectáculo. Si el espíritu de Michael Jackson habita en algún sitio, seguramente la tendrá en su lista negrísima por haber sido uno de los pocos lugares donde dio un concierto (o su doble, según la leyenda urbana) que no estuvo ni siquiera a medio llenar. Casi hubo una entrada similar a la de un partido del Real Valladolid en Primera División, si es que alguien todavía se acuerda de lo que era eso. Los Rolling Stones decidieron ser más prácticos (y más impresentables) y directamente lo cancelaron.  Sólo Bruce Springsteen (dicen que a la tercera va la vencida) triunfó.

En el lado positivo de la balanza, Pucela es una ciudad extraordinaria para el caminante de la vida estabilizada, cerrada en círculos poco permeables, cual cámaras herméticas en las que es tan difícil entrar como salir, siquiera para coger oxígeno. Uno se puede sentir protegido, si quiere, y al mismo tiempo agobiado, que viene a ser lo mismo, pero no se nota tanto. Es la situación media del que no tiene reparos en admitir que tiene su guión trazado desde ese momento hasta su muerte, y no se siente desdichado por eso. Es la anestesia del impetuoso, la cura para la ansiedad, el parche que lleva el desesperado, el bálsamo para el ambicioso.

Con Madrid uno folla con pasión. Es la amante perfecta, la que te vuelve loco con su ajetreo y su imprevisibilidad, la chica menos recomendable pero a la que más cuesta dejar, si bien ella te ahorrará la papeleta. El chico en cuyos brazos estás deseando arrojarte como el personaje de Saoirse Ronan en la película Lady Bird desea irse a estudiar en alguna Universidad de la Gran Manzana y dejar así su ciudad de tamaño medio de la costa Oeste.

Madrid te traicionará, se esconderá en los teatritos, se hará la interesante y, cuando la prefieras menos casquivana, se fugará tras las esquinas de su variedad. Nunca sabrás a qué atenerte con ella, te deseará, te tomará y te abandonará tarde o temprano. Incluso los poderosos, los que llegan al cielo del que habla Cervantes, nunca la tendrán a su lado completamente, aunque se piensen que sí. Es desleal por naturaleza.

Valladolid es todo lo contrario. Es la pareja fiel a la que uno volverá una y otra vez, que siempre estará ahí esperándote aunque la desprecies, pese a que te hartes de ella, incluso cuando la espetes que te agobia, que necesitas espacio, oxígeno fuera de sus estrechas fronteras que esconden mucho más de lo que parece a primera vista.

Y es que, sin saberlo, estás perdidamente enamorado de ella. No sólo de esa forma racional, sincera, sin excesivo entusiasmo pero con toda la sensatez del mundo, que se profesan los viejos matrimonios que se pasan el día discutiendo pero no pueden vivir el uno sin el otro. Será algo más profundo, un cariño primitivo, emocional, que es el único sentimiento importante que existe en el mundo para unir a una persona y a otra, a un ser humano y a un lugar. El que procede de la complicidad mutua, del conocer los secretos, aceptar los defectos y reconocerse en las virtudes, querer unos y otras.

Se trata de una simbiosis, la pertenencia profunda y primitiva a ese binomio que aúna las pequeñas victorias y las modestas derrotas del guión de la película personal, porque nada es excesivo ni exagerado, como en Madrid, que es incontenible y, por consiguiente, inasumible a largo plazo, por mucho que nos guste. Jamás te atrapará como Valladolid, donde todo es de tamaño medio, y precisamente por eso se hace soportable e incluso entrañable, encantador. Es Lady Bird acordándose de Sacramento mientras vomita por los excesos en Nueva York. Es morada cuyo fondo se tarda en descubrir, que vive en las entretelas, compleja en su fisonomía si uno va más allá de los aparentes pespuntes.

Aunque Sabina cambió después la letra para congraciarse con los madrileños, originalmente decía que en Madrid no quedaba sitio para nadie y pedía que le llevaran a donde nació cuando la muerte fuese a visitarle. Y el Licenciado Vidriera de Cervantes, cuando un ciudadano le cuenta que “así como había entrado en Valladolid, había caído su mujer muy enferma, porque la había probado la tierra”, contesta que “mejor fuera que se la hubiera comido, si acaso es celosa”.

Aunque el genial escritor madrileño probablemente no escondía ningún doble sentido en esta frase, que ha de ser interpretada en su sentido literal, a mí me sugiere, además de lo que dice, (esto es, que Valladolid es muy fría y a veces hostil para el visitante y para los que residimos en ella), que no cabe tener celos si el ser humano al que queremos se marcha a otro lado, porque, de una forma u otra, todos acabaremos volviendo a su seno para que nos trague.

En realidad, esta entrada no debería acabar aquí, porque todas estas ideas las expresé, y juro que no he sido consciente de ello hasta que lo he acabado, de forma bastante más vehemente y supongo que más auténtica y cargante, menos cínica, pero también quizá con mayor brillantez, en mi primera novela, La Máscara del Mundo, en cuya historia me trasladé dos años a Madrid para volver a apreciar Valladolid, al contrario que Cervantes.

Tal vez lo mismo que debería hacer ahora para recordar por qué la quiero tanto.

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Raquetazos machistas

Veo el Telediario de Antena 3 los sábados y los domingos. Ya lo he dicho. Soy uno de los muchos españoles torturados por su familia cada fin de semana a la hora de la comida, condenado a soportar el sensacionalismo indecente, las noticias promocionadas y el espantoso espectáculo de ver el periodismo sometido al costumbrismo climático. Ni siquiera las míticas gracietas del carismático Matías Prats alivian tanto sufrimiento.

No obstante, sirve para aprender cosas y ver a cierta parte de la sociedad puesta en evidencia ante la gran pantalla, cual espejo de realidad virtual, que no por su deformación deja de contener verdad.

El apartado dedicado a los deportes es especialmente vergonzoso, un muestrario de imágenes en movimiento con sonidos agresivos y narraciones afectadas o jocosas que sólo buscan la carnaza y el golpe de efecto. Este criterio deja casi por definición fuera a todo lo que tenga que ver con deporte femenino, que casi siempre carece de este tipo de recovecos extradeportivos a los que agarrarse. No hay peleas entre hinchas, ni superestrellas a los que pillan borrachos al volante, ni Cristiano y Messi pegándose con sus clubes para cobrar unos millones de euros más. Sólo suele haber competición, lo cual no interesa a A3 Noticias.

El domingo 25 de marzo rayaron la indecencia. Casi no podía dar crédito cuando vi a Caroline Wozniacki, cuyo nombre probablemente sea desconocido para las tres cuartas partes de los aficionados al deporte de este país, pese a que sea la número 2 del circuito de tenis femenino WTA. Sin embargo, pronto me expliqué la circunstancia. Wozniacki había publicado un tuit en el que se quejaba de los insultos recibidos por parte de los seguidores de su oponente, la puertorriqueña Monica Puig, durante el partido correspondiente a la segunda ronda del Premier Mandatory de Miami, que la número 2 acabó perdiendo.

Caroline Wozniacki durante el partido contra Mónica Puig del Premier Mandatory de Miami en el que se quejó de insultos por parte del público. (Imagen: Antena 3).

Lo más llamativo de todo es que la danesa había caído derrotada en la jornada nocturna del viernes, no habiendo comentado absolutamente nada el noticiario de tal circunstancia el sábado. Pero las quejas efectuadas por la jugadora ex número 1, vigente campeona del WTA Finals de Singapur y del Open de Australia, a través de las redes sociales alimentaron el morbo del carroñero informativo de la cadena del Grupo Planeta.

Es preciso explicar que para Antena 3 el tenis en general es un deporte minoritario y suele hacer caso omiso de él salvo cuando hay noticias relacionadas con Rafa Nadal y con sus tradicionales rivales directos por el palmarés histórico o el liderazgo en el circuito ATP como Roger Federer, Novak Djokovic o Andy Murray.

Por lo tanto, el trato que dispensa al tenis femenino es todavía más sangrante, despreciándolo con saña, incluso cuando llegan los Grand Slams, salvo si Garbiñe Muguruza está en alguna ronda final de los mismos. Del resto de torneos y del resto de jugadoras ni se habla.

Abro paréntesis para aclarar que ni mucho menos quiero hacer comparaciones, que en este caso serían odiosas, con el trato discriminatorio que reciben otras mujeres de otras profesiones y ámbitos, porque las tenistas son unas privilegiadas y muchas de ellas son multimillonarias, cuestión esta, la del montante desorbitado que reciben en premios los que se dedican al tenis, ellos y ellas, que podría ser objeto de otro artículo.

Sin embargo, soy un gran seguidor de ese juego que se practica con una raqueta y una pelotita amarilla, y dado que es el deporte en el que, como explicaré a continuación, más se aproxima a existir la igualdad real entre hombres y mujeres, me parece especialmente importante dedicarle un análisis. Cierro paréntesis y sigo con el mismo.

Serena Williams con su hija. (Imagen: thegrio.com).

El Día Internacional de la Mujer, en un claro gesto hipócrita que me produjo retortijones y ansias de regurgitar al productor del programa en la faz, se habló fugazmente en el ya mencionado telediario de A3 del regreso a las pistas de Serena Williams, circunstancia que les vino de perlas en un día como aquél y sobre todo teniendo en cuenta que la inactividad de la posiblemente mejor jugadora de todos los tiempos se había debido a su maternidad. Perfecto para dar la imagen de conciliación entre la deportista de alto nivel y madre.

Lo peor es que el ejemplo de Antena 3 Noticias no es aislado, sino la tendencia habitual. A excepción de La 1, que sí dedica bastante más atención al deporte femenino (sin superar al masculino), en gran parte porque en su canal Teledeporte emiten bastantes retransmisiones de competiciones deportivas femeninas, la mayoría de los medios de comunicación hacen caso omiso a las profesionales y a sus resultados, sobre todo a las extranjeras.

Me gusta centrarme en el caso del tenis puesto que deja especialmente en evidencia a los que siguen ese patrón. Con este deporte, no valen las típicas excusas torticeras. “Las chicas generan poco interés, poco dinero, poca publicidad, los partidos son aburridos, el espectáculo es mucho peor, físicamente están a años luz” o “eso no lo ve ni el tato” son argumentos especialmente falsos en este caso.

El tenis femenino tiene partidos malos y otros muy buenos, como sucede con el masculino, pero tiene un plus de competitividad, emoción e igualdad que normalmente no suele darse en el circuito de hombres, si bien últimamente también se están produciendo más sorpresas de lo habitual por mor de las lesiones o mal estado de algunos de los tradicionales top 10.

En el circuito WTA, prácticamente cualquiera puede ganar, sin importar demasiado su ranking o el de su rival. El ejemplo de Danielle Collins, una estadounidense prácticamente debutante en las lides profesionales, puesto que sólo había jugado competiciones universitarias, y que alcanzó recientemente los octavos de final en Indian Wells y las semifinales en Miami, eliminando por el camino a tenistas consagradas como Madison Keys o Venus Williams, es bastante significativo, pero no es el único.

Jelena Ostapenko y Danielle Collins. (Imagen: WTA).

Si alguien critica la calidad de los encuentros femeninos de tenis, es porque sin duda nunca ha visto ninguno. A estas personas les recomendaría la semifinal de Australia entre Angelique Kerber y Simona Halep, la final entre esta última y Wozniacki, o la semifinal de Indian Wells entre Venus Williams y Daria Kasatkina, todos de esta misma temporada. O directamente que vean jugar a la última de las citadas, una joven tenista rusa que es toda una maravilla y un dechado de repertorio en sus golpes, bastante superior en cuanto a variedad que la inmensa mayoría de las y los tenistas del momento.

Daria Kasatkina, tras su victoria ante Venus Williams en Indian Wells 2018. (Imagen: BNP Paribas Open).

Íntimamente relacionado con esto, hay que reivindicar las increíbles historias de superación que últimamente se han producido en el circuito femenino, que superan incluso a las del masculino. En este caso, se habla mucho del resurgir de Roger Federer, Rafa Nadal o Juan Martín Del Potro, quienes tras largas lesiones y mucho tiempo de inactividad, han conseguido regresar a la elite de un deporte tan exigente, y especialmente el suizo, por su avanzada edad y su amplísimo palmarés, resulta increíble.

Sin embargo, poco se habla del mérito extraordinario de Sloan Stephens, que estuvo un año entero alejada de las pistas debido a una grave lesión, regresó a la competición fuera del top 100, ganó el Abierto de Estados Unidos superando un cuadro complicadísimo y actualmente ha vuelto al top 10 tras su victoria final en Miami.

Petra Kvitova, tras sufrir la agresión en el asalto a su domicilio a finales de 2016. (Imgen: proceso.com.do).

O el de Petra Kvitova, doble campeona de Wimbledon y ex número 2 del mundo, que sufrió una agresión con arma blanca en su mano izquierda (ella es zurda) debido a un asalto en su domicilio, y, pese al riesgo inicial de que no podría volver a practicar el tenis jamás y a los problemas psicológicos tremendos que a buen seguro sufriría, ha ganado recientemente campeonatos importantes y ha vuelto a estar entre las 10 primeras.

Por no hablar de Victoria Azarenka, una de las mejores jugadoras de la presente década y antigua número 1, que decidió retirarse al igual que la propia Serena para ser madre (hay más casos, como el de Kateryna Bondarenko, Vera Zvonareva o la española María José Martínez) y ha regresado hace poco a la competición WTA y alcanzado las semifinales de un torneo tan exigente como Miami.

Respecto al dinero que mueven las tenistas, poco hay que decir. Pese a que las cifras en conjunto no lleguen a las de sus homónimos masculinos, el circuito WTA genera mucho en publicidad y derechos de televisión, y hay casos individuales como el de Maria Sharapova o Serena Williams fuera de toda discusión en cuanto a su potencial fuente de ingresos para las marcas.

Maria Sharapova. (Imagen: Noticias en MX).

De hecho, Sharapova fue durante unos cuantos años la segunda persona profesional del tenis mejor pagada, sólo detrás de Federer. Actualmente, según datos de Forbes, hay cuatro mujeres entre los diez profesionales del tenis que más ganancias consiguen. La primera es Serena Williams en el puesto quinto. Sin embargo, en el año 2013 había igual número de mujeres que de hombres en esas diez primeras posiciones. Lo mismo sucedía si se consideraba el top 100 de deportistas más ricos del planeta, colándose en la lista seis tenistas, tres hombres y tres mujeres.

Por último, la mayor falacia y donde realmente se les ve el plumero machista a los que seleccionan y editan la información deportiva, es en cuanto a la atracción de público. No se puede negar que un número importante de partidos de tenis femenino tienen un seguimiento muy marginal, tanto en cuanto a la presencia de espectadores en las pistas como de las audiencias televisivas. En esto, influye la cultura mayoritariamente masculina del deporte y la menor atención mediática del deporte femenino.

Sin embargo, esto también se puede ver desde otra perspectiva. Cuando entran en liza las grandes figuras del tenis femenino, sobre todo en los principales torneos (Grand Slams, Premier Mandatory o WTA Finals), la cosa cambia. Hay muchos partidos masculinos que son superados ampliamente en cuanto a interés de público por los femeninos. Estadios con capacidad para decenas de miles de espectadores se llenan para disfrutar viendo a dos mujeres pegando raquetazos, voleando o haciendo dejadas.

Sirvan como dato las finales del USA Open en las ediciones de 2014 y 2015. Las entradas para presenciar la femenina se vendieron antes que las de la masculina, dato que esgrimió Serena Williams para callar la boca a Novak Djokovic cuando el serbio dijo que los tenistas debían cobrar más que las tenistas. También son llamativas las cifras de audiencia televisiva del circuito WTA, que casi alcanzan los 400 millones de espectadores.

No es nada inhabitual que un partido de chicas supere en seguimiento a través de la pequeña pantalla a uno de chicos, como ya se apuntaba hace casi 20 años cuando se reclamaba igualar los premios en los Grand Slams. En aquella época sólo estaba así estipulado en Estados Unidos. Otro dato significativo es que el partido de Cuartos de Final de Wimbledon 2017 entre Johanna Konta y Simona Halep fue visto por 7,4 millones de personas, según datos de la BBC, todo un récord.

Simona Halep y Johanna Konta, en Wimbledon 2017. (Imagen: Daily Express).

Esto se traduce en que hay partidos femeninos de tenis que aglutinan mayor número de espectadores, tanto presenciales como en cuanto a las audiencias televisivas mundiales, que muchos partidos de la gran Liga Santander de la Primera División del fútbol español en los que hay equipos de entidad media o baja cuyo supuesto interés masivo es más aparente que real.

En algunos estadios, no se superan los 10.000 asistentes de media y en la mayoría no se alcanzan los 20.000. Es cierto que los equipos de la Liga Santander tuvieron en total más de 500 millones de espectadores televisivos acumulados durante la temporada 2016/2017, si se cuentan todas las competiciones nacionales e internacionales y las retransmisiones tanto en abierto como en plataformas privadas, pero los partidos en los que estaban involucrados el Madrid y el Barça amasaron casi la mitad.

Creo que son datos bastante contundentes y que demuestran que el tenis femenino vende e interesa, y mucho, en todo el globo, casi tanto como la Primera División. Otra cosa, claro está, es el caso particular de España, donde el tenis femenino actualmente es despreciado por los aficionados, a diferencia de lo que ocurría en los años 90 cuando la presencia continua de Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez en los encuentros más importantes del circuito y su rivalidad con Steffi Graff, Monica Seles, Mary Pierce, Jennifer Capriati o Gabriela Sabatini atraía a millones de espectadores en España.

Ahora mismo, ni siquiera el supuesto tirón que para las marcas y los aficionados españoles tiene Garbiñe Muguruza se traduce en buenas audiencias de TV, si bien esto ha de ser puesto muy en relación con el asunto del que hablé al principio de esta entrada. El tratamiento de los medios de comunicación. La propia Muguruza participó en un sketch con José Mota en el Especial Nochevieja en el que se denunciaba esta situación.

La final que enfrentó en 2016 a la propia Muguruza con Serena Williams en la pista central de Roland Garros, el torneo más importante sobre tierra batida, y que supuso a la postre el primer Grand Slam de la hispano-venezolana congregó ante el televisor a una pobrísima audiencia, apenas un 3,8% de share, a los que habría que sumar a aquéllos que lo vieron por plataformas de pago y no por el canal abierto que lo emitió, Discovery Max.

Precisamente ahí radica uno de los grandes problemas. Mucha gente no sabe ni que existe dicho canal. Y en cuanto a Teledeporte, el único que emite normalmente tenis femenino en abierto, su seguimiento es habitualmente bajísimo, pese a que a mí me parece un gran acierto su mantenimiento por parte de RTVE, ya que hace un gran servicio público, con todos sus defectos, emitiendo deporte minoritario y marginado de las grandes parrillas de programación. Pero la audiencia de los encuentros de tenis femenino es realmente irrisoria, a lo cual no ayuda mucho Teledeporte contraprogramando continuamente los eventos.

Esto ni mucho menos ha sido así siempre. No hace tanto tiempo la popularidad del tenis en TV era muy elevada, por lo que el argumento del “el tenis en España no interesa, y aun menos el de mujeres”, no es válido. De hecho, cuando RTVE emite la Copa Davis, la cosa cambia radicalmente, pero no así cuando lo hace con la Copa Federación, donde son las mujeres las que representan a España.

Anabel Medina, capitana del equipo español de Copa Federación, junto a Carla Suárez, la segunda mejor tenista española según el ranking WTA. (Imagen: Las Provincias).

Las causas están en otros lugares. ¿Cuántas noticias se dedican actualmente en prensa, radio o TV al tenis femenino? ¿Cuántos impactos hay en esos medios en comparación con el tenis masculino? No creo que nadie haya hecho un estudio sobre ello, pero estoy seguro de que en las redes sociales la situación se equilibra mucho más, e Internet a día de hoy es un espejo mucho más fiel de la sociedad y sus intereses que los medios tradicionales, mal que les pese a estos.

Aun así, no se puede negar que la gente de a pie sigue sin considerar el tenis femenino al mismo nivel que el masculino, al menos en España. Y esto no es culpa de los periodistas ni de los grupos de comunicación para los que trabajan, sino de todo un sistema educativo machista que discrimina en general a la mujer, a la deportista y en particular, en lo que aquí me ocupa, a la tenista, como ya he comentado en otras ocasiones en esta Buhardilla.

Al menos desde el 25 de marzo muchos grandes aficionados al deporte de este país sabrán gracias a la maravillosa cobertura de Antena 3 que Wozniacki es una tenista rubia que se enfadó mucho porque decía que la insultaban desde la grada unos latinos. Lo de saber que había sido número 1 y que había ganado el Open de Australia unos meses antes ya lo dejamos para otro momento.

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