El ataque cobarde de la sociedad reprimida

Hace un par de semanas escribía sobre mi otra vida. Acerca de lo feliz y refugiado que me encontraba en ella, pese a que supiera que era una bonita y efímera mentira, un sueño embriagador del que despierto irremediablemente cuando ha llegado agosto y otro año toca a su fin. Hasta el siguiente. Y hasta que el tiempo dicte su sentencia final y esa otra existencia caduque definitivamente.

Pero ni siquiera este yo alternativo que vive en una dimensión que se confunde con la realidad ordinaria pero que para mí, en mi cabeza, es otra bien distinta, está totalmente a salvo de mi vida de verdad, que saca sus tentáculos de las profundidades abisales y me viene a agarrar cuando menos me lo espero. El monstruo marino suele ser siempre el mismo, aunque esta vez se ha presentado con una forma poco conocida, como si hubiera mutado. Pero es la misma bestia cruel que carece de toda comprensión y que sólo busca trocear mi entusiasmo.

Lo consigue, logra su objetivo. No puedo negar lo contrario. Sin embargo, nunca conseguirá, por más empeño que ponga, destrozar mi autoestima ni rasgar ese pedazo de alma que aún conservo para las buenas ocasiones. Aunque haga que se resienta y que en ocasiones me sienta tentado a hundirme entre sus garras hacia los fondos pútridos y oscuros de la sociedad en los que él vive.

Es ajeno a mí, eso me tranquiliza. Eso le hace menos dañino, pero no por ello menos peligroso. Sé que me persigue y de vez en cuando me encuentra. Suele venir siempre igual, de improviso, a traición, por la espalda y a degüello, cobarde y atroz al mismo tiempo. Nunca se manifiesta por sí mismo, porque no tiene lo que hay que tener. Se muestra a través de intermediarios que nada tienen que ver con él y a los que trata de confundir con sus prejuicios y sus miedos.

En el fondo, se trata siempre de eso. Del pánico a lo diferente, del ataque preventivo y sucio del que se caga en los pantalones ante cualquier duda, enfrente de cualquier situación desconocida para él. La ignorancia y la represión forman una combinación letal para el que trata de vivir su vida en libertad y sin arreglo a más normas que las del cariño hacia los demás y las mínimas que dicta el civismo y el sentido común.

Pero siempre llegan estos, los reprimidos cobardes, que son manifestación de una sociedad enferma y odiosa que vive acojonada desde que se levanta por la mañana y que se mete en la cama entre sudores provocados por el mal de conciencia y por los pensamientos corroídos.

Surgen de su rastrera y vomitiva neurosis para traspasar sus paranoias, sus inquinas, sus rencores y su detritus mental hacia otros, quitándoselo de encima porque les huele mal y les molesta. Tirándoselo a la gente que está limpia y que ni siquiera les ha importunado. Porque les consideran diana fácil, el perfecto ojo del huracán donde alojar sus demonios internos.

Esta corriente, que en no pocas ocasiones ha dominado mi vida real hasta hacerla aborrecible, se ha colado en lo que creía una existencia plácida donde me podía manifestar tal y como era sin temor a las hostias de los prejuiciosos mezquinos y miserables. Me equivocaba.

Pero les mando un mensaje, desde esta alcoba virtual. Jamás llegaréis hasta esta Buhardilla donde yo ordeno mis muebles emocionales, mi decoración racional y mis enseres de complemento personal como me place. Donde sólo yo pongo mis reglas. Jamás la dañaréis. Tal vez es lo único que me queda, mi único bastión de resistencia. Pero no es tan poco como parece.

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Otro año más en el foso de Zorrilla

Ayer tuve un fuerte dilema. En realidad, pensaba que lo había resuelto hacía días o incluso semanas, pero a la hora de la verdad me di cuenta de que no era así. Finalizaba el período incentivado para renovar el carné del Real Valladolid y debía tomar una decisión. Tenía claro que fuera de ese período (que implica tener derecho a la posibilidad de que el carné de la 2018/2019 sea gratuito en el caso de que el equipo subiese a Primera División) no renovaría. Era ahora o nunca.

Mi mente y mi corazón se pusieron a funcionar, pero ninguna de las dos partes de mi ser, siempre tan divididas, me daba una solución satisfactoria, ni siquiera en su disyuntiva o en una discusión que no fue tan agria como en otras ocasiones. De inclinarse por alguna opción, estaba claro que la de mandar al club de mis amores a tomar ventosidades (en buena lid, eso sí) era la preferida por ambas partes, por una vez más o menos de acuerdo, si bien sí hubo debate en cuanto a los motivos que fundamentaban sus respectivas determinaciones.

El lado racional consideraba una insensatez carente de toda lógica continuar pagando una cuota anual que me diera derecho a acceder a un Estadio para presenciar un espectáculo que en las últimas cuatro temporadas ha sido realmente decadente, apenas con unos chispazos de calidad que pudieran considerarse dignos del buen paladar futbolístico.

Eso sin olvidar las casi tres horas de mis fines de semana (desplazamientos incluidos) que se gastarían patéticamente en la contemplación de un rectángulo de juego verde por el que triscan veintidós jugadores, once de los cuales son teóricamente de los míos y que se pierden durante la mayor parte del partido en una suerte de patadones, pases errados, disputas de balón broncas, faltas, trifulcas, protestas, pérdidas de tiempo e imprecisiones varias que enervan al respetable.

Así es la Segunda División. Larga, marrullera y la mayor parte de las veces aburrida, sólo salvada por fogonazos puntuales y por la indiscutible emoción y competitividad del campeonato.

Por su parte, el lado emocional de mi persona clamaba venganza contra ese club que lleva más temporadas de las que puedo recordar dándome disgustos, regalándome sinsabores y no enmendando la plana. Principalmente hacia su presidente y supuesto accionista mayoritario, un tipo tan eficiente como gestor económico según comentan los que saben de eso como lleno de ineptitud a la hora de manejar la parcela deportiva de un club… deportivo.

Eso por no hablar de su nula capacidad para crear ilusión, integrar la entidad en el tejido empresarial, social y cultural de la ciudad, introducirlo en los colegios o para comunicar algo que no sea “lo de siempre”, que al final en esta localidad de humor cínico y afición a la crítica amarga se traduce en “cómo vas a ver a esos, si son unos paquetes”. Y lo peor es que últimamente no les falta la razón a esos destructores de barra de bar que tanto abundan por estos lares.

Este año nada hace pensar que la cosa vaya a ser diferente. Sí, la campaña de abonados es muy bonita e intenta apelar al lado más emotivo, al sustrato blanquivioleta más básico, a ese pedazo de alma común que tenemos todos los aficionados pucelanos, incluso aquéllos que más divididos parecen en sus relaciones personales.

Pero al final uno mira la política de fichajes, los movimientos del club… Y no se ve por ningún sitio ese mensaje de gran familia que quiere recuperar su ADN común. Un año más noto que los canteranos son considerados jugadores de segunda fila, opciones a las que recurrir si los principales espadas, venidos de fuera, en ocasiones cedidos y en otras con contratos cortos, fallan estrepitosamente y si luego fallan también los segundos espadas y en el caso de que tampoco funcionen los recambios, restos, repuestos o remiendos que se consigan en el mercado de invierno y… En definitiva, nunca es el momento para apostar por ellos.

Al menos esa es la sensación que me da cuando observo que un chico como Anuar, que ha hecho méritos más que suficientes en las próximas temporadas para ser considerado un jugador muy importante del primer equipo, dice que no tiene nada claro cuál va a ser su futuro. Y eso por citar sólo un nombre.

Exceptuando el caso de Jose, no se ha confiado en ningún jugador formado en las categorías inferiores desde hace años y, si nos remontamos más en el tiempo, el número de futbolistas emergentes de cosecha propia que han triunfado en el primer equipo del Real Valladolid se pueden contar con los dedos de la mano. En realidad, durante toda la larga y fatídica (al principio también en lo económico, y siempre en lo deportivo) era Suárez.

Tampoco observo cambio alguno en la filosofía del club. Sigue siendo una entidad prácticamente fantasmal a los ojos de la inmensa mayoría de empresarios de la ciudad. La indiferencia, cuando no desprecio, con la que se la ve, es deprimente. Eso por no hablar de su nulo calado entre los niños y adolescentes, que deberían ser la mayor prioridad del club. Y sé bien de lo que hablo, porque trabajo todo el año con menores de edad.

Parte de culpa la tiene la personalidad del colectivo vallisoletano, pero ni mucho menos toda. Mucha responsabilidad es de los que han gestionado el club durante estas últimas dos décadas, con Suárez a la cabeza.

Teniendo en cuenta todo esto, la cosa parecía sencilla ayer, día 22 de julio de 2017. No renovaba y punto. Pondría fin de una vez a este martirio voluntario. Se acabarían de una vez los fracasos, las decepciones y últimamente la sensación de hastío, tedio e incluso indiferencia.

Pero no, había algo que no me convencía. Seguía con esa sensación de incomodidad, de insatisfacción. Con ese remusgo interno que me recorría las tripas y me revolvía desagradablemente. Pondría punto y final a muchos años de fidelidad.

Ahí estaba la palabra clave. Fidelidad, tradición, arraigo. No era una cuestión de emociones ni de razonamiento. En realidad, casi nunca lo fue. Uno va a ver al Pucela porque es de Valladolid y quiere formar parte de esa historia colectiva. En el fondo, tiene razón el anuncio. Es lo único cierto que vende el club, porque lo demás es humo. No podemos huir de eso, al menos yo no puedo. Me siento demasiado vinculado a los colores blanquivioletas.

Demasiado enraizado a la costumbre de subir andando por “la cuesta del manicomio” hasta el Estadio del poeta, entrar por la puerta 16 y acceder a la Tribuna Norte para ver desde ella la portería que, según mi primo, es la de marcar los goles en las segundas partes. De ir en coche los días de diciembre en los que el Estadio de la pulmonía hace honor a su apelativo, cuando la niebla permite apenas distinguir el esférico. De salir del aparcamiento hora y cuarenta y cinco minutos después con las manos entumecidas debiendo realizar maniobras que mezclan el escapismo de Houdini, el apile de piezas del Tetris y las agresivas técnicas de conducción del GTA para abandonar el recinto con el vehículo ileso.

De escuchar la alineación pronunciada sin ningún tipo de declamación por la misma voz desde tiempos inmemoriales, como si en realidad fuera un software, un programa informático. De que suenen esos acordes como de jota castellana y alzar las “Banderas blancas y violetas”, aunque cantemos pocos goles y menos gestas. De escuchar el segundo himno oficial al final de los encuentros, particularidad musical de este club que también tiene otros tantos extraoficiales.

Apegado al ritual de ver enfrente el Fondo Sur sajado y Continente como decoración accesoria. De tomar “café prefabricado” en el bar. De contemplar a diez tíos vestidos con una camiseta que a fin de cuentas es la tuya. De tener a nuestros pies el foso, ese elemento anacrónico, vetusto, una rara avis en los estadios europeos, y que el coliseo vallisoletano aún conserva. El foso por el que se deslizan los niños en el descanso, que huele a agua estancada y que simboliza nuestra frecuente bajada a las profundidades, a los infiernos de Zorrilla.

El Estadio Zorrilla, con su foso. (Imagen: Twitter).

De que pongan en el marcador el dato inflado habitual del que todos nos reímos, que dice que somos los 8.000 de siempre, aunque antes éramos los 12.000 de siempre y a veces ahora no somos ni los 6.000 de siempre. Un número supuestamente extraído de la lectura de los tornos custodiados por unos tipos en su mayoría castellanos y hoscos, quienes te responden taxativamente si se te ha olvidado algo en el coche que no se puede salir del Estadio y volver a entrar. Que estás irremediablemente atrapado en Zorrilla, en su foso.

Y quizá en el fondo eso es lo que quieres.

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Obsesión revanchista

Soy consciente de que me voy a ganar comentarios negativos y críticas al escribir esta entrada por parte de algunos de los que me leéis habitualmente. Pero como yo me debo a mi propia honestidad de pensamiento y emociones, tengo que expresarme sin cortapisas. De lo contrario, no tendría sentido esta Buhardilla.

Voy a hablar de algunos cambios provocados por la Ley de Memoria Histórica que en su día elaboró el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, la cual ha estado sin aplicarse durante muchos años en bastantes municipios e instituciones españolas, sobre todo si era el PP el que gobernaba en las mismas. En los tiempos recientes, ha habido una proliferación de alteraciones en nombres de calles, retirada de símbolos, condecoraciones, honores, enseñas y títulos.

Aún a día de hoy se siguen desplegando los efectos de la citada norma. Hace poco, se decidió que había que retirar la laureada del escudo de la Diputación de Valladolid y hay mucha polémica respecto al mismo símbolo en el blasón del Ayuntamiento, puesto que fue Franco quien la concedió en 1939, e incluso en el propio emblema del Real Valladolid de fútbol.

A mí me parece un añadido bonito que dota de belleza al distintivo, mi generación y las dos anteriores hemos crecido viéndolo y me da exactamente igual si no es el original o si fue Franco quien nos dotó con ese honor por ser muy franquistas y muy Fachadolid. A mí me gusta, y estoy muy lejos de ser franquista o partidario de ningún régimen dictatorial. Pero eliminarlo es desde hace tiempo objetivo fundamental de los partidos de izquierdas.

¿Y cómo casa eso con el hecho de que yo sea, en muchas otras cosas, afín a estos partidos? Tiene un nombre, y se llama esclavitud ideológica y ansia vengativa llevada al máximo nivel de detalle. Permitidme no tener nada de ninguna de las dos.

Esta misma semana se ha modificado el nombre de la Avenida José Luis Arrese de Valladolid, que ha pasado a llamarse Miguel Ángel Blanco en honor al concejal popular de Ermua asesinado por ETA hace veinte años.

Primero de todo, me gustaría aclarar que me parece totalmente apropiado y correcto que exista una calle a nombre de Blanco, si bien también hay que puntualizar que existen otras víctimas de la banda terrorista que ni tienen ni tendrán jamás tal reconocimiento. Por no hablar de la multitud de héroes y heroínas, muchas veces anónimos, cuyas hazañas o sacrificios no han tenido históricamente la repercusión mediática que, por desgracia para él, sí tuvo la del político vasco, cuya valentía por otra parte no pongo en duda. Su muerte conmocionó a la sociedad y merece su sitio destacado, eso no es objeto de debate.

Sin embargo, ello no es óbice para que me parezca totalmente inadecuado que se sustituya el nombre de una vía que siempre se había llamado así, José Luis Arrese, desde su inauguración. Creo que no había ninguna necesidad de modificarlo y, si se quería dar una calle a Miguel Ángel Blanco, seguramente había muchas calles de reciente creación con poca o ninguna tradición que podían haber sido rebautizadas con su nombre.

Sin embargo, se elige ésa porque José Luis Arrese fue un destacado ministro franquista y, siguiendo la moda actual, hay que eliminar todo vestigio del franquismo en el callejero español y, en general, en el paisaje material o inmaterial del país. El tal Arrese debía ser un elemento de cuidado, partidario de la Alemania nazi, bastante astuto en sus maniobras políticas para buscar en cada momento el favor de Franco, y además precursor de la criminal política de promoción de viviendas para la propiedad privada que tanto ha dañado a este país. Así que simpatías por él, ninguna.

¿Pero es que a alguien le importa quién fue el tal José Luis Arrese? A nadie, obviamente, o a muy pocos, más allá de la gente que por su edad le recuerde (pero que probablemente tampoco sepa muy bien qué representó su figura). Yo mismo confieso que hasta que no se ha decidido el cambio jamás me había interesado por saber quién era ese tipo u otros muchos que tenían su nombre impreso en placas situadas en las esquinas de la ciudad. Creo que resulta bastante más relevante, educativo e interesante estudiar quiénes fueron estos individuos en vez de eliminarlos de la memoria. Porque la ley de memoria en verdad es una ley de desmemoria en muchos sentidos.

En otros, como la exhumación de cadáveres víctimas de la Guerra Civil o del franquismo, no lo es, y de hecho mi postura es totalmente contraria a la que he expuesto en el otro asunto. Es una vergüenza histórica que se haya tardado tanto en llevar a cabo y me parece absolutamente indignante que el Estado no haya puesto medios y recursos públicos en esa tarea.

Pero lo de los simbolitos y chorraditas varias sinceramente me parece una obsesión revanchista que hace flaco favor a la izquierda. Algunos me dirán que yo no soy de izquierdas o que soy un traidor por manifestar esta opinión. Me la refanfinfla. Yo no tengo porque adscribirme de forma total al ideario de nadie, por mucho que coincida en muchas cosas.

Más valdría que la izquierda de este país, absolutamente desnortada, se preocupara de recuperar un discurso social que cale en la ciudadanía, el de la reivindicación de derechos laborales, de mejora en la calidad del empleo, de los servicios públicos, de la implantación de la economía colaborativa, colectiva y solidaria, y se dedicara a combatir el capitalismo feroz basado en el urbanismo de ladrillo delincuente, en las energías no renovables y en las telecomunicaciones estafadoras, que sigue propagándose como la peste y es fuente de la corrupción que desangra nuestros bolsillos y nuestra dignidad.

Convendría que los partidos de colores republicanos estuvieran más inquietos a la hora de retomar la idea de establecer una democracia verdaderamente participativa, de poner las bases para una educación sólida, diversa y plural (que no genere desmemorias), de promover la cultura para acabar con el síndrome del país de charanga y pandereta que seguimos siendo, de cumplir al menos los ridículos compromisos de acogida de refugiados a los que llegó el gobierno y, sobre todo, de defender el medio ambiente y la sostenibilidad, que es el problema más grave a medio y largo plazo que tiene no sólo España, sino el mundo entero. Y no gastar tanta energía (no renovable) en gilipolleces.

Todo eso es mucho más importante para mí que las batallitas revanchistas. Pero claro, será porque yo soy un izquierderechista traidor…

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Lluvia purificadora

Reconozco que nunca he sido muy fan de la lluvia. Esto contrasta bastante con mi personalidad romántica (considérese romanticismo en su sentido puro, el que explicó muy bien Amelia Folch en un capítulo de El Ministerio del Tiempo), pero lo cierto es que ese toque lúgubre, tétrico, decadente y melancólico de las tormentas y los chaparrones nunca me han hechizado demasiado.

Lo considero un fenómeno meteorológico molesto para una vida moderna al que los urbanitas algo sedentarios como yo no nos acabamos de acostumbrar. Eso de andar con los zapatos embarrados, de recibir golpes de paraguas (aunque la mismísima Rihanna cantara una loa a su umbrella, confieso que los detesto), de sentir como se mezcla la humedad externa con la propia del cuerpo o de ver como las actividades al aire libre quedan automáticamente restringidas o impedidas no me mola nada. Bueno, al menos eso he creído siempre.

Ahora no lo tengo tan claro. Como yo mismo he promulgado en los últimos días en el pequeño ámbito en que se desarrolla mi otra vida, lo cierto es que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Y lo mismo me ha ocurrido a mí con el llanto de los cirrocúmulos. Que de tan poco como se produce últimamente, lo he llegado a añorar sin darme cuenta. Y cuando se presentó ayer con toda su fuerza, me pegó una hostia en la dentadura de mis convicciones.

Ya no recordaba las sensaciones que generaba. Esa extraña magia que crea una cortina en el aire y empaña la visión como si estuvieras contemplando un cuadro antiguo desfigurado por el paso del tiempo. La impresión falsa pero preciosa de que los objetos cobran vida, de que los volúmenes se ensanchan y el paisaje se pone a danzar con miles de ondas en movimiento al compás de una música silenciosa de fina percusión. De que hasta las rocas sueltan lágrimas.

Se me había olvidado por completo el olor de la lluvia al caer sobre la ciudad, la limpieza de la atmósfera viciada que trae consigo o el aroma a tierra mojada al pasar por los parques. Ya no tenía apenas memoria del atardecer oscuro con los charcos sobre el pavimento como si el mundo hubiese ido estampando las huellas de sus pecados, las prisas de la gente por guarecerse bajo cualquier tejadillo, cornisa o soportal sin que su dispositivo móvil pueda ayudarles en ese lance pese a su supuesta inteligencia.

Pero la lluvia de ayer fue incluso más especial porque me arrastró todavía mucho más en mi pasado. Me pilló en un colegio lleno de niños y allí pude experimentar por sorpresa la tensión que generan las tormentas en la infancia ingenua y sobreexcitada, las ganas frustradas de salir al patio, el paseo inhabitual por los pasillos penumbrosos que lo sustituye, el destello de un rayo sobre la pizarra, el retumbar de los truenos contra el viejo edificio de ladrillo y tejas. La idea de engañosa protección dentro de los muros de un recinto que dentro de no demasiados años no podrá acogerles ni salvarles.

Sin embargo, más allá de eso, tal vez durante unos breves instantes que, como todo lo bueno que hay en esta vida, no duraron demasiado, sentí mi alma purificada y comprometida con una misión. Tenía que contarles una historia de miedo para que no se asustaran, grabar la película de los mejores años de sus vidas.

Creo que lo hice ignorando el aguacero que en el fondo me estremecía a mí por dentro.

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Mi otra vida

Como algunos otros mortales, yo tengo otra vida. Pero si uno se coge el manual de otras vidas, en realidad la mía guarda bastantes diferencias con respecto a la de los otros.

Para empezar, en mi caso sólo dura un mes y una semana. El resto del año ejecuto una existencia asquerosamente normal, sin prácticamente imaginación, más allá de la que dejo volar cuando actúo como si fuera un consagrado brujo que hace pócimas con palabras.

Por otra parte, mi vida paralela no es secreta, porque la conocen personas de mi vida normal, en verdad casi todas. Sin embargo, sólo yo sé que en realidad es otra vida. Ni siquiera las personas que la viven conmigo conocen lo que significa para mí. Por lo tanto, se podría decir que es una vida secreta emocional basada en el marco del mundo de los sentidos.

Algo así como un Matrix en el que yo soy el único que se toma la píldora azul, aunque a veces quiero pensar que otros también se drogan de vez en cuando con ella. Nunca jamás he tenido un dejà vu en esta realidad, como si no existiesen fallos en el sistema.

En esta estructura, se me coloca en un rol familiar muy diferente. Mientras que en mi vida normal siempre he sido el hijo, el nieto, el hermano y el primo, aquí adopto el papel de padre de familia numerosa.  Es bastante poco tradicional, porque la madre suele cambiar cada año e incluso hay veces en las que mis niños y niñas me tienen sólo a mí en plan monoparental.

Son los mejores hijos que podría haber escogido y eso que no los engendré yo ni llevan mi ADN (tal vez precisamente por eso). Pero quiero pensar que he influido aunque sólo sea un poquito en su desarrollo, que ahora les lleva a ser preadolescentes cada vez menos inocentes.

Algunos ya tienen cierto aire macarril y otras ya no actúan como fans histéricas tirándose a mis brazos cada vez que me ven como hacían cuando eran pequeñas, pero todavía ellos y ellas mantienen muchos retazos de lo que han sido siempre y hacen notar su adoración por mí de otra manera. Aun así, no llega ni de lejos a la que yo siento por ellos. Me esfuerzo por no caer en los favoritismos, pero admito que existen algunas preferencias que intento ocultar torpemente.

En esta otra vida, tengo otras amistades, aunque sería exagerado decir que son verdaderos amigos. Casi todas son chicas y están a mi lado continuamente, presentes, y no a decenas, cientos o miles de kilómetros de distancia. No viven en el extrarradio, en pueblos perdidos ni en urbanizaciones de secano, ni en grandes capitales, ni en otros países.

No tengo que escribirles whatsapps, mandarles audios ni realizar llamadas por teléfono que a veces no me contestarán. Las hablo cara a cara, escucho sus voces, me fijo en su lenguaje no verbal, observo su físico, en el caso de algunas imponente, y puedo tener gestos de cariño físico con ellas. Nos tocamos, abrazamos y acariciamos sin pudor ni componente sexual.

Aparentemente no existe con esta gente el nivel de confianza que hay con mis amigos reales, y sin embargo ocasionalmente les cuento más cosas. De vez en cuando, me suelto, me percibo extrañamente cómodo en ese nivel de confidencia íntima coyuntural y explico las cosas sin rodeos, ni trabazones, ni dudas. No tengo que pensar lo que digo, me sale solo.

Posiblemente se deba a la ausencia de un pasado que condiciona, ya que en esta existencia siempre he sido Álber sin el resto de las etiquetas asociadas. Aquí no hay más pasado que el de la otra vida, no hay cargas, lastres ni hipotecas emocionales. El reseteo de  mi vida ordinaria es completo, un starting over absoluto.

Y, sin embargo, mis hijos y mis amistades apenas me conocen. Porque sólo ven la parte buena de mí, la que saco en ese ambiente para mí del todo irreal y efímero que consigue arrancar todas mis virtudes y tapar todos mis defectos.

Allí soy un tipo comunicador que transmite emociones y buen rollo, relativamente gracioso, con un toque de locura controlado y asistido por una autoestima casi a prueba de bombas. Me muestro seguro, confiado, responsable pero anárquico, simpático sin artificios, empático sin dramatismo.

Esto no quiere decir que mi otra vida sea completamente idílica. También surgen conflictos y tensiones, hay amigos que no se soportan entre sí y algunos de mis hijos no se llevan muy bien con sus hermanos. Pero pese a ello estamos juntos y a una, porque no queda otra, está implícito en la propia naturaleza de este universo aparte. En mi mundo de cabecera, y sobre todo a medida que pasan los años, casi tengo más amigos que no se hablan entre sí o no tienen prácticamente relación que a la inversa.

En mi otra vida, apenas hay un marco social hostigador y censor. Ésta es quizá, de entre todas, la mayor diferencia con respecto a mi vida principal. No me siento condicionado y los únicos límites me los impongo yo y vienen de mi propio sentido común. Y cuando raramente aparece la norma, por lo general estúpida y mal fundamentada, la acato rebelándome verbalmente contra ella sin ningún tipo de temor o cortapisa. Sin los pelos en la lengua que a veces tanto se me erizan y me pican en mi vida real.

Expreso mis ideas antisistema y libertarias con una tranquilidad que a veces me deja pasmado e, incluso cuando los demás no están de acuerdo conmigo, me escuchan, consideran y respetan. Propongo mi teoría sobre el anarquismo sexual combinado con la felicidad emocional pasajera de corte monógamo sin restricciones, y curiosamente es acogida con escandalizada aceptación por parte de los que piensan muy diferente. Muevo conciencias, hago pensar.

Aquí nadie me ningunea, todo lo contrario. Se interesan por lo que soy y lo que digo, valoran cualquier cosa, hasta la más nimia. Y se recurre a mí igual que yo recurro a ellos. Me siento necesitado e importante. Se me pide opinión, consejo y acción. Soy justo lo que siempre he querido y nunca me han dejado ser en mi realidad. El artista en todas sus acepciones.

Sin embargo, cada vez que estoy viviendo está existencia alternativa, me doy cuenta de desgraciadamente nunca la sustituiría por la real. Aquélla está donde tiene que estar. Es lo que es gracias a su contexto, su corta duración, su periodicidad, la atmósfera, el espacio. Su fecha de caducidad, seguramente próxima, hacen que sea una preciosa mentira con emociones auténticas, al menos las mías.

Si se alargara o tomara el control, tengo claro que acabaría degenerando. Comenzaría a haber guerras irreconciliables y problemas mal gestionados que se eternizarían. Se me impondrían exigencias aberrantes y tendría que pasar por el aro. Mucha gente me abandonaría o me ignoraría, mis hijos se harían mayores y ni siquiera mis predilectas querrían saber demasiado de su padre. Sus madres me harían la cobra sin moverse.

Mi trabajo sería sólo apreciado por unos pocos y la mayor parte de la gente ni siquiera se interesaría por él. Tocaría solo la guitarra en mi cuarto y escribiría largas novelas en las que descargaría mi yo atormentado, contradictorio, nostálgico y rebelde castrado, que releería y corregiría para consolar a mi ego. Me exorcizaría en un blog con escasos visitantes.

Acabaría siendo un tipo cabreado y frustrado que sólo se muestra equilibrado para sobrevivir, un onanista de las emociones que se machacaría el alma para sólo mancharse a sí mismo de semen.

Se parecería demasiado a mi vida real.

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Las vacaciones del corazón

Parecía que nunca llegarían, pero por fin han aparecido en mitad de una ola de calor prepúber que no consiguió provocar sequía de sueños adolescentes.

Es viernes de fuego. Por última vez en muchos meses se llevan a cabo las rutinas académicas. El conserje del colegio, hastiado de ver ese reguero de nervios enanos, gritones y olorosos, suspira de alivio a las ocho y media de la mañana. No tendrá que ver ese desfile invasivo y legañoso hasta septiembre. Y sin embargo, sabe que cuando llegue el próximo lunes a esa misma hora se le comprimirá el corazón en un nosabequé de tristeza isquémica.

Es el día de la gran cruz en el calendario escolar y el director del CEIP se apresura a organizar los aspectos generales del desorganizado festival que ocupará casi toda la mañana. Los profesores ultiman los detalles con los improvisados bailarines, cantantes y actores de la jornada.

Y al tiempo que sucede eso, yo, extraescolar docente de mentirijillas, escritor denostado por el sistema, surjo de la nada para sorprenderles y soy padre a tiempo parcial una vez más antes de refugiarme nuevamente en las sombras del estío. En el lugar de siempre, el cuerdo de mis locos bajitos, trocando por la aurora al sol de media tarde con el que ellos me llevan iluminando desde su temprano amanecer.

Hoy la única clase se mostrará tras el telón y la tabla de multiplicar será la del escenario. La lección que los maestros impartirán no será otra que la de gestionar las emociones y embridar la impaciencia.

Será la última enseñanza que les den antes de que cambien de grupo o se vayan al instituto. Algunos de los proyectos de chicos y chicas se deshacen en lágrimas a la hora del último recreo en el que ha sido su colegio desde que nacieron. Es el momento de los diplomas y la despedida. No son conscientes de que han dado el último recital de su etapa infantil este día, aunque volverán a él repetidamente cuando las arrugas de su cara creen el mito de estos años que se acaban de ir.

Y mientras tanto, yo, pobre artista de pacotilla, rockero frustrado de la Meseta, toco algunas tonadillas anglosajonas más una de paz y me convierto otra vez en el representante de la pachanga emocional a la hora del almuerzo. En el plano de siempre, a contraluz, con el sol de mediodía que refleja mis pupilas y deslumbra la visión de esos rostros que quizá no volveré a ver.

En otro lugar, los de cuarto de la ESO de los centros que no imparten Bachillerato reprimen las mismas lágrimas.  Otros sólo se dicen hasta luego. Muchos combaten en una encarnizada batalla con armas de agua. Todos se preparan para atestar los sitios de comida rápida de esta ciudad polucionada.

Y en ese momento, yo, torpe deportista de orgullo, escolta eterno del Centro Cultural, intento desafiar al cemento y me transformo una vez más en el jugador de las pachangas solitarias a la hora de la salida. Desde el sitio de siempre, el lado derecho de la cancha, huyendo del sol voraz de antes de comer y del edificio que me vio crecer, para poder hacer mis crossovers de postureo y meterle triples al tiempo.

Ya hay asueto estudiantil en la urbe de la que aún no partieron los Erasmus, los Séneca ni los autóctonos que hicieron la EBAU antes conocida con el nombre de Selectividad. Todos se dirigen en procesión al Pisuerga, como remeros de secano, bajo la última luz natural del día más largo, cargados con vidrio y plástico que tardará en degradarse más que sus recuerdos de esta noche inolvidable.

Y en ese instante, yo, solitario paseante de banda sonora, alma de suela gastada, me tapo los oídos con Green Day y me torno por enésima vez cronista silencioso del calentamiento urbano. En las calles de siempre, de poeta y astros, rogando al sol del ocaso que tarde un poco más en extinguir el sueño y me despierte cuando septiembre haya acabado.

El ritual de los deseos y las esperanzas, de los amores de verano frente a las llamas, se cumple un año más. Algunos los lanzan con gifs y otros con papelitos vintage, pero todos quieren hacerse el mejor selfie para su perfil de Instagram. Tal vez los derramen en algún momento de la fiesta de esta noche, entre los cachis, el calor de la hoguera y la sesión de alguna DJ Marta postiza. Más allá de la arena y sus surcos, la tenue corriente del río les llevará a cruzar por inercia el Puente Mayor hacia la orilla del curso que vendrá cuando pase una eternidad.

Y entretanto, yo, madurito fiestero con polivalencia, animador de feria resultón, me canto algo lujurioso y mudo de piel en un streaming épico frente a un edificio de ilusiones que se va reduciendo poco a poco a simples brasas. En la playa de siempre, buscando en vano a la luna y las estrellas, sustituidas por focos, flashes y sirenas castellanas bailando despacito.

La retirada se produce de forma escalonada en una madrugada que es la primera de muchas que vendrán en costas de verdad, laderas de montañas, peñas de pueblos, escuchando falacias en el televisor o construyendo mundos virtuales en tablets, smartphones y consolas. Mejor, súbeme la radio, aunque esa no sea mi canción. Pero tú me dices que todavía escuchas la música mientras intentas estudiar en tu habitación ciencias que nunca son exactas. Ni en vacaciones llueve a gusto de todos, niña.

Y antes de claudicar, yo, falso aventurero urbanita, superviviente de sequías estivales, me encuentro inesperadamente con un pasado de exotismo húmedo y retorno al diletante de novelista con aroma a curry y a crisis. En la ribera de siempre, la del Cuadro decadente, con la memoria como único testigo, hago un último ejercicio de voyerismo y me juego una hostia.

De muy lejos, mientras los últimos tragos de whisky se escapan de mi vaso reciclable, me llegan unos versos a La Fuga en los que el corazón me pide vacaciones.

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Generación recalentada

Resulta obvio que ninguna época ha sido totalmente inocua para las generaciones que la protagonizaron. Siempre ha habido cosas que han lastrado la evolución de la juventud e incluso en tiempos de bonanza proclives al progreso y al bienestar pudo haber retrocesos inesperados o bien sucesos que marcaron negativamente una era.

Pero no se puede negar que la época presente es especialmente puñetera por su carácter transicional e inestable, de cambios repentinos, bruscos y casi todos malos. La generación de nuestros padres capitalizó un episodio donde las alegrías y el optimismo caluroso se llevaron buena parte del negativismo, la resignación y el dolor que habían enfriado el corazón de la generación de nuestros abuelos.

Ahora, a nosotros también nos ha tocado ser los starrings de una época de calor, pero de calor artificioso, emanado de un microondas. Estamos abocados a un panorama de saturación en el que todo se derrite y pierde su textura o consistencia, como en algunos de los memes que estos días se han hecho sobre la ola de calor.

Me gustaría pensar que esta horrenda bocanada de bochorno desmedido podría tener consecuencias positivas. Que la gente de una condenada vez se dará cuenta de los terribles efectos que incluso en su vida cotidiana tiene eso del calentamiento global, que hasta hace no mucho sonaba a película de ciencia ficción.

Sin embargo, en el fondo sé que es una esperanza infundada. En un mundo donde gobiernan seres como Trump, que niega categóricamente la existencia de un aumento de la temperatura terrestre, o como cierto presidente latino que aseguró en su día tener un primo que se reunía con científicos incapaces de prevenir el tiempo en Sevilla, está claro que a la mayoría de la gente este tema le importa muy poco o nada.

Si no fuera así, estos personajes, sólo por esa cerrazón mental, jamás saldrían elegidos. Nuestra hornada generacional, supuestamente más informada que las precedentes, nunca contribuiría al sustento de un gobierno que no sólo pasa del Medio Ambiente, sino que lo maltrata sistemáticamente al penalizar cruelmente los sistemas de autoabastecimiento y la producción de las energías renovables. Un ejecutivo vendido a las grandes eléctricas.

Esto antes lo decía mucho Pablo Iglesias. Ahora ya no lo dice, porque está más preocupado de sus mociones de censura de postureo y de fagocitar al PSOE, pese a que ni lo consigue ni lo conseguirá con la vuelta del renacido Pedro Sánchez. Éste, a manos de su Tizona y a lomos de Babieca, es otro político mediocre y superviviente del estilo a Rajoy al que, hasta donde yo sé (baste leer el programa del PSOE para las elecciones de 2015), también le importa una mierda esto del cambio climático. Pero, si para la propia ciudadanía ocupa un porcentaje bajísimo de sus inquietudes, ¿acaso esperamos que les genere zozobra a nuestros mandamases?

Creo que el tema no tiene remedio sobre todo por la escasa educación ambiental que hemos recibido en España. La gente de esta generación tenemos tan recalentada la mente por los problemas que le ha creado la sociedad privada y que el Estado ha consolidado y acrecentado que necesitaríamos mucha terapia de ventilación.

Pero somos incapaces de esforzarnos tanto y recurrimos a las soluciones fáciles, paliativas y mecánicas. Recurrimos a los trabajos precarios, al apoyo familiar, a la renuncia de nuestras expectativas emocionales y el desprecio de nuestros talentos  en aras de una mínima comodidad insegura, y por supuesto, al aire acondicionado para aliviar nuestro propio calentamiento.

Utilizamos este sistema, que tanto dinero otorga a las eléctricas, perjudica al sistema respiratorio, agrava las alergias,  las infecciones víricas y la sequedad ambiental, consume energía, provoca emisión de COS y de gases de efecto invernadero, y la propagación de microorganismos y elementos químicos. Pero nos la pela, todos vamos desesperados a refugiarnos en la oficina, la cafetería o el cine para “enfriarnos”.

No hay conciencia, no hay evolución, no hemos aprendido nada. Da igual que nos estemos desertizando, que haya cada día más incendios, que expertos como el cineasta Louie Psihoyos aseguren que en 80 años habremos perdido todos los arrecifes de coral. Pensamos que dentro de unos meses esto pasará y que si no, siempre nos quedan las piscinas de los chalets de los amigos y familiares, o las vacaciones chuscas en Benidorm entre la humedad, los olores de pies, las cañas, el reggeaton y el electrolatino.

Voy por la calle entre la miasma de los cuerpos, el efluvio de sol y sudor, el estrangulamiento cerebral y la deshidratación celular, y de repente me encuentro con una vecina que me asegura que siempre ha hecho calor en Valladolid. Le replico que las temperaturas mínimas en junio jamás habían sido tan altas y hace un leve gesto de asentimiento condescendiente.

Podría haber sacado el tema de la restricción al tráfico de vehículos a motor por primera vez en la historia de la capital del Pisuerga, pero es inútil porque me habría sacado el argumento de los representantes del Partido Popular o Ciudadanos en el Ayuntamiento, quienes aseguran que es una decisión guiada exclusivamente por motivos políticos y que es mentira que haya un nivel de polución alarmante en Pucela, porque es el mismo que el de las zonas rurales donde no hay tráfico.

Y es que en este país somos incapaces de reconocer ni siquiera las evidencias cuando las declara una persona a la que consideramos del bando contrario. Como si al equipo de gobierno comandado por el socialista Óscar Puente le apeteciera tomar medidas tan antipopulares como ésta y que no le aporta ningún tipo de rédito electoral, más allá de contentar al sector del electorado izquierdista y alternativo que de por sí ya votaba a sus socios de gobierno de Valladolid Toma la Palabra.

Soy bastante poco entusiasta hacia la labor municipal de Puente y sus socios, pese a que les voté esperanzado en su día, pero de ahí a criticarles sistemáticamente por todo como hacen la oposición y la ciudadanía conservadora tradicional, va un mundo.

Como si no se notara, sin necesidad de que nos lo diga nadie, que el aire está más polucionado que nunca. Que hierve a más temperatura de la que los cuerpos, la respiración y el organismo están preparados para aguantar. Como si nos acordáramos de la última vez que llovió en condiciones. Miro al cielo por las noches y no soy capaz de ver las estrellas que, aunque escasamente, sí suelen iluminar las noches pucelanas, pero no tengo ni idea de si eso tiene que ver con los más de 120 microgramos por metro cúbico al día de ozono que se está registrando en el centro de la Península.  Me imagino que sólo será mi visión poética de la situación.

Lo que sí sé es que he perdido toda confianza en esta generación, si es que alguna vez la tuve. Siempre fuimos acomodados, pusilánimes y padecemos un desajuste brutal entre nuestro supuesto nivel de formación –el nivel cultural es otra historia– y nuestra conciencia social. Sé que este tema nos la refanfinfla, incluso cuando afecta a nuestra salud, y así será siempre.

Ya no digamos si encima hay que pensar en el medio o largo plazo. Para entonces, todos calvos o muertos. Ese es el pensamiento predominante. Que se preocupen los que vengan. Yo bastante tengo con intentar llegar a fin de mes, pagar el alquiler, pensar en las vacaciones o en el bodorrio de dentro de un mes. Dejemos el marrón a las nuevas generaciones. Nosotros estamos recalentados.

Pero me temo que los que nos siguen cambiarán el microondas por la realidad virtual.

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