Me independizo

Lo he decidido ayer después de cenar en exceso y provocar que aumentase mi aerofagia. Así, a las bravas, como quien decide irse a emborrachar o llamar al chico con el que tiene polvo asegurado.

Pero hay una diferencia. Esto lleva años fluyendo en mi interior, no es de ahora. Lo único radical es la determinación, que la he tomado con el mismo fanatismo con que animo a mi equipo de esgrima.

Me piro y no pienso volver. Me largo de esta familia donde me siento maltratada, engañada y humillada desde hace años.

Esto de por sí no debería sorprender a nadie, pues tengo casi cuarenta años y necesito reformar de una vez la estructura piramidal que colapsa mi autonomía, la cual yo percibo como absolutamente falsa. Este ordenamiento familiar y su constitución vieja, fundamentada en unos pilares que se establecieron antes de que yo naciera, nunca me han valido, pero es que ya no los soporto.

No aguanto a mi padre, con su pasividad conservadora, siempre a la cabeza de la ejecución de decisiones cuando ya no queda más opción. Llevo años avisándole, a base de pequeñas disputas, a veces luchas intensas con movimientos en el último instante para evitar la colisión y en contadas ocasiones choques de trenes sin heridos graves.

Esta vez se acabó. Me da igual que saque toda su artillería autoritaria y moralmente legitimada para acosarme. Voy a provocar el cisma familiar, el accidente definitivo. La hostia de su máquina contra la mía. Y que sea lo que ese Dios en el que él todavía cree quiera.

Mi madre, en cambio, me resulta estomagante, pese a su comprensión y cariño. Tanto amor me desborda, su puto chantaje sentimental me agobia cada día más. Ella apela al sentimiento de apego al clan, a lo que nos une y no nos separa, que para ella es mucho y para mí es insignificante.

Ella no se mueve de su raíz, del tronco común, de las ramas que crecen en diversas direcciones. Yo le intento hacer ver que algunas están torcidas o podridas, contagiadas por la enfermedad que corre por la savia del ser colectivo que hemos formado hasta ahora.

Y yo no quiero que la mía se siga pudriendo. En ese aspecto raquítico tal vez se sientan cómodas mis hermanas, que siempre han amenazado como yo con irse pero que al final han decidido volver al redil como benditas, aún a costa de quedarse más secas, exprimidas e infértiles.

Pero yo sé que tengo capacidad para lucir mucho más, tener algo mejor que este trabajo en el que me pagan por debajo de mi cualificación, sin ningún tipo de expectativa de mejora. Estoy hasta los collons que no tengo de entregar parte de mi sueldo en casa. Quiero disfrutar de mis propios frutos. Y para ello debo romper con esta familia que me asfixia, limita, condiciona y aprisiona.

Me da igual que los otros miembros de este grupo hipócritamente unido sean unos conformistas o que carezcan de la capacidad, los recursos mentales o el talento para conseguir algo más. Yo no tengo por qué sufrir los rigores de un invierno que no me corresponde, de una sequía que no es la mía.

Me da pena que la abuela esté tan mayor y débil, pero ya me he cansado de acompañarla en su paseo diario, de aguantar sus continuas exigencias y su sopor bochornoso de señorita andaluza venida a menos. Que se las componga ella sola, que se opere esa rodilla maltrecha que la impide caminar con soltura o que se regale un retiro en su tierra de olivos. Yo tengo derecho a vivir mi vida sin sentirme comprimida por sus malos humores.

Tampoco me gusta que mi tío Pepe, el de Murcia, tenga problemas de próstata y haya que acompañarle al servicio para que mee cada dos por tres, porque él sólo no puede y, aun con todo y con eso, sólo eche gotitas. Pero yo no tengo la culpa de que en su día se pasara con los vicios. Todo el mundo le decía que no podía ser tan estragado, que eso a la larga le iba a dar problemas con las retenciones de líquidos.

No hizo caso y así está, esperando a que los demás le asistamos continuamente, y especialmente yo, que he sido siempre, en palabras de mi madre, la niña privilegiada del clan, la más espabilada, lista, atenta y dotada. Me lo dice para alabarme, pero una vez más, con la doble intención de sobornarme y retenerme en sus faldas.

Me dice mi padre que soy una egoísta y una insolidaria, que estoy yendo en contra de los valores sagrados de la familia, aquéllos que se establecieron cuando nacimos los de mi generación. Se cree que seguimos siendo jóvenes, hijos de papá y mamá. No se dan cuenta de que hemos madurado mucho y no queremos caernos del árbol sin haber vivido.

Tampoco parece acordarse de que mi bisabuela, la madre de su madre, viuda prematura, payesa y que sobrevivió a la Guerra Civil tras el boicot que le hicieron los franquistas a su República, tenía otro espíritu respecto a todas las cosas. Ella luchó largamente por emanciparse e incluso lo consiguió efímeramente. Luego, a su hija, mi yaya, la tocó estar reprimida durante muchos años y después vino él, con su nuevo concepto de familia de finales del siglo XX.

No quiero su regreso al pasado para contentar al rebaño. No quiero ser una oveja más. Quiero ser como aquella mujer que desafió las reglas. Si ella lo hizo en una época en la que era mucho más difícil rebelarse, ¿cómo no voy a intentarlo yo en pleno siglo XXI?

Mi padre no entiende esto y dice que una cosa es libertad y otra libertinaje, y que no se puede hacer lo que a uno le venga en gana. Que cómo he podido llegar a este extremo, y entonces glosa mi historia personal en su versión simplista 1.0.

Me recuerda lo de mi parto difícil con cesárea, como si me reprochara el hecho de estar viva y levemente malformada y, lo peor, las graves complicaciones que sufrió mi madre y que le dejaron algunas secuelas. “Las dos perdisteis cosas, pero por eso habéis estado siempre tan unidas, y ahora quieres cargártelo todo, ingrata”, me demoniza con agresividad.

Acto seguido, algo avergonzado por su torpeza, pasa a enumerarme todas las cosas que él y mi madre (siempre él delante) me han dado. La educación de niña bien que tengo (aquí siempre se repite como el ajo con lo de los cuatro idiomas que hablo, como si uno no fuera mi lengua materna y el otro, en el que escribo este relato, no me lo hubiera inoculado mi madre en vena desde cría) y, sobre todo, mi bienestar económico (sujeto y dependiente al de ellos). “Que nunca te ha faltado de nada, hija”.

Que se lo debo todo a ellos. Mi buena salud (hombre, papá, la Sanidad Pública también me habría atendido si hubiera tenido como padres a unos pordioseros de las antiguas barracas del Somorrostro), el no ser una delincuente o una chica de mal vivir (a saber a qué se refiere con eso, si a ser drogadicta, puta o ambas) y un largo etcétera.

No puedo otorgarle ni una pizca de razón. Todo lo que él tiene lo heredó de sus padres, y ellos de su yaya a la que no conocí y que a base de deslomarse toda su vida consiguió levantar esta masia preciosa en el que vivimos a orillas del mar.

Y de la que no me pienso ir, porque es tan mía como suya.

Eso es precisamente lo que más le cabrea. No tanto que me quiera desvincular de la familia, sino el modo en que quiero hacerlo. Quedándome con lo que es mío y que él considera que es suyo o, cuando mi madre le reconviene, de todos en común.

Pero yo me niego a aceptarlo.

Esta tierra es de quien la siente suya por nacimiento, derecho natural y sentimiento de unión colectiva con un pueblo. Esta tierra es de mis antepasados y no sólo de la vieja yaya republicana, sino también de sus ancestros y de todos los que, antes que ella, la habitaron de un modo muy distinto a como mi padre entiende que hay que habitarla.

Yo quiero establecer un régimen distinto, comunal, de integración entre las gentes, justo como mi bisabuela hubiese querido. Y para ello es preciso separarme definitivamente de la familia que mi progenitor, con mano de hierro, trata de gobernar a base de capitalismo atroz y ausencia de toda empatía. Tengo derecho a decidir mi destino, y no sólo yo, sino todos los que se sienten de la misma manera.

Por eso voy a convertir la masia en territorio independiente, en el que por fin puedan dominar las reglas con las que me siento identificada yo y la propia vecindad.

Invitaré a mis amigos artistas, esos zarrapastrosos perroflautas en palabras de mi padre, para que den conciertos y monten exposiciones. Tendré aquí mismo mi centro de operaciones, mi pequeño negocio de cosmética ecológica y productos de la huerta. Los cultivaré en esta inmensa heredad de la que gozamos gracias a la yaya payesa y los trataré de vender adoptando una economía colaborativa y solidaria, distinta a la de ahora.

Destinaré la tierra a su fin natural, no al artificial impuesto por las generaciones intermedias que la han pervertido. Yo seré quien la salve, la que la dote de su origen primitivo, de su espíritu original. La heroína que la rescatará del absolutismo opresor de mi padre.

Él se enfurece como un hotentote cuando me oye decir estas cosas. Me saca argumentos repetitivos y, para mí, anacrónicos porque están basados en una ley que no comparto. Que no es mía.

Yo no creo en la propiedad privada entendida como la tenencia individual de bienes para satisfacer exclusivamente los deseos de su titular. Eso para mí no es un derecho, sino una esclavitud que nos crea alienación. Me da igual si está consagrada en el ordenamiento. Es su Constitución, yo no tengo por qué seguirla ya que ni la voté, ni la redacté ni me pidieron opinión para su elaboración.

Yo creo en un nuevo orden, en una nueva forma de hacer las cosas que nazca de la voluntad de los seres humanos como creadores de nuevas fuerzas que se contrapongan a lo establecido. Y si eso implica desobedecer la maldita ley, ya sea la del Estado o la de la familia, que así sea.

Mi padre se horroriza al escucharme esto y me dice que no me reconoce, que no soy su la hija que él tan bien se esforzó en educar en los valores sacrosantos de la sociedad. Se pone como loco y me amenaza incluso con denunciarme, con llevarme a los tribunales si, como dice él, le arrebato la masia, sin darse cuenta de que en realidad es él quien la arranca de su legítima naturaleza, del espíritu payés, arcádico, puro, con que la concibió su yaya.

Además, ahora tengo apoyo dentro de la familia, ya no es cómo hace años cuando únicamente mis hermanas me daban la razón (y de puntillas), y eso le lleva a los demonios. Están mis primos políticos y, sobre todo, mis sobrinos. “Son todavía niños, estás utilizándoles y llevas años lavándoles el cerebro”, me acusa con una falta de dignidad atroz. Como si él no me hubiera comido la cabeza a mí o a mis hermanas con ideas equivocadas desde que nacimos.

Le veo tan embrutecido y cerril que casi me hace añorar los tiempos en los que todavía dialogábamos sobre esta cuestión.

Cuando yo amagaba con mis proclamas, él enseguida se ponía a la defensiva, pero me esgrimía razones. Me intentaba hacer ver que mi opinión no podía determinar la forma de vivir de otras personas que tenían el mismo derecho que yo sobre este pequeño territorio.

Me sacaba a colación a mis hermanas. Yo le replicaba que las dos se habían marchado fuera y por lo tanto, no las podía equiparar a mí. Además, sabía que en el fondo las dos me apoyaban, o cuanto menos, me comprendían, y desde luego me tenían envidia, así que no estaba contradiciendo su voluntad.

Yo, al contrario que ellas, llevaba toda la vida en su casa y además participando de los gastos comunes con mi curro mal valorado. A diferencia por ejemplo de mi hermana mayor, la que vive en Euskadi, que se había ya desentendido de la economía familiar. Ella se lo guisa y ella se lo come, y pasa por completo de la abuela y del tío, a los que yo llevo cuidando casi desde que tengo uso de razón.

Aprovechaba yo entonces para decirle que, desde que el yayo murió, los otros miembros de la familia, incluso mi madre, no podían entender como yo el sentido auténtico de este pequeño vergel y que además mi abuela era muy viejecita y estaba a punto de perder la cabeza de tanto rememorar el sol de su Andalucía natal.

“¿Y qué pasa conmigo?”, me soltaba muy serio, con ese acento maravilloso que adoraba y me desarmaba de jovencita. “Es verdad que tú tienes tanto derecho a decidir como yo, papá”, admitía, aunque estuviera en pleno desacuerdo sobre su forma de vivir. Y entonces nos enfrascábamos en una prolija discusión, casi filosófica, sobre si la tierra y la familia nos preexistía a nosotros o no, sobre su yaya y cómo sentía ella este lugar, sobre…

Un debate a veces más fructífero que otras, en el que siempre acababa por cederme un poquito de terreno, a cambio de que yo dejara de comportarme como la hija díscola y le apoyara en su importante trabajo burgués de cara al exterior. No en vano, fui durante muchos años su ayudante, secretaria y mano derecha, aprovechando los grandes conocimientos de “su” educación.

Al final, yo acababa asumiendo que tenía que tragarme mis ideales, que la familia aún no estaba preparada para una ruptura tan importante con algo impuesto durante generaciones. Cuando mis sobrinos fueran mayores de edad, todo sería diferente, le advertía a mi padre, que se reía y me trataba de un modo condescendiente que me irritaba. Pero la cuestión quedaba zanjada durante una temporada.

Ahora ya no hablamos. Sólo nos gritamos. Hace años que dejé su empresa, llena de corruptelas y trapos sucios (de los yo participé plenamente, me acusa él con hipocresía), y busqué otro empleo. Dejé de negociar con él palabras vacías de contenido y nos empezamos a pelear, cada vez con más furia. Él dejó de esgrimir argumentos y yo de pedírselos. Ya me daban igual.

Desde entonces, me hostiga, me hace la vida imposible. No me perdona que le dejara en la estacada y que reniegue de él en público. Dice que le odio. Que ojalá él pudiera odiarme a mí. Y añade que, o me someto a él, o tendré que atenerme a las consecuencias.

Mi mamá, como buena castellana, es más sutil. Siempre lo fue, pero también eso la hace más peligrosa. Ella no me llama al orden como si fuera un general con tricornio, pero se esfuerza en sacarme las tripas de mis sentimientos.

Primero me dice que hay otras maneras de hacer las cosas. Que me fije en mis hermanas, que viven libremente fuera pero, cuando vienen aquí de visita, siguen respetando el orden familiar. O en mi prima paterna, que se ha ido a Bruselas a estudiar. Igual que años atrás hicieron mis otras dos primas, las maternas, una a Londres (antes del Brexit, puntualiza) y otra a México (sin perder el acento castellano de su rama familiar, precisa). Siempre con orgullo de pertenecer a este clan lleno de mezcolanzas y cada uno con su singularidad, pero unido a fin de cuentas, subraya mamá.

Yo le opongo que mi hermana pequeña, “la gallega”, sigue recibiendo transferencias puntuales suyas y de mi padre y el resto del tiempo malvive esperando a que el banco le conceda alguna tregua para aliviar su déficit. Y que mi prima paterna está becada en el epicentro de la Unión Europea, que es el mediocre objetivo al que han optado desde siempre todos los de mi generación. Vivir de subvenciones públicas, aunque sea a merced de la marea.

Pero mi idea es conseguir una libertad real, le digo a mi madre. No me quiero parecer a los demás. Quiero ser independiente a mi manera, estableciendo mi propio estilo, que en realidad es lo que he querido toda mi vida, pero nunca había explotado con este erotismo, con esta pasión que me desborda.

Ella me objeta que lo que quiero conseguir es una autosuficiencia soberbia, y entonces aquí se pone en plan madre inteligente y sofisticada, que retuerce las palabras y los hechos en un giro sentimental que no me espero.

Me recuerda que yo no siempre he sido así. Que si hubiera deseado desligarme desde que era niña, o adolescente, no existirían tantas fotos familiares felices. Me enseña las de las vacaciones en las playas de Levante, y también en las de Mallorca y la Costa del Sol tan queridas por mi abuela, nuestros destinos favoritos para descansar.

Y me muestra con una sonrisa de satisfacción en los labios todas esas en las que mi padre me sostiene en brazos y yo río como una chalada de amor o le miro con admiración.

Dice que en el fondo somos iguales. Brutos como un arado. Orgullosos, incapaces de reconocer los errores.

Me da asco que me compare con él en la actualidad, pero lo hace de tal manera, echando mano de reminiscencias del pasado, empleando parecidos físicos, similitudes en los gestos, semejanzas en las rutinas, en las costumbres y poses, y anécdotas comunes que yo casi ya tenía olvidadas, que casi no puedo resistirme. Todo ello mientras me pone delante la imagen que me está abriendo las entrañas.

Y pienso en una fugaz debilidad si no tendrá parte de razón. Si no estaré siendo un poco como mi padre. Cegada en mi radicalismo, dictadora y arrogante, cambiando este sitio a mi antojo y condicionando con ello la vida de otras personas que no comparten mi visión de las cosas.

Y ella, mi madre, erre que erre con la instantánea, con mi rostro feliz, con mi sonrisa, como la de papá.

Aparto la mirada. Le digo que no prosiga, que eso no tiene nada que ver con el estado actual de las cosas. Pero ella no ceja en su empeño.

Evoca los momentos en los que mi padre me conducía de la mano por las orillas de esas playas y me hablaba de su conexión con la masia, de que ese mar nos bañaba a todos, a los del norte, los del sur, los del centro… Y me cantaba al oído, y yo le seguía como tonta: “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa, y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, siento tu luz y tu olor por donde quiera que vaya…”.

Le pido otra vez, casi le suplico, que se detenga, que pare de una jodida vez. Que yo soy más de Lluis Llach o Albert Pla, o de grupos indie como Animic o Pacosan. Ella, pertinaz, me recuerda los tiempos en que también bailaba la música de Estopa. Me da igual, le digo, sólo es música, no hay que mezclarla con mis emociones sobre los otros aspectos.  “Entonces”, contraataca con su finura agresiva y la voz quebrada, “si sólo es música, ¿por qué no puedes escuchar esa canción?”

Todo menos eso. Esa canción no. Mediterráneo, no. Ella cambia. Empieza con la de los locos bajitos. Y va más allá, en el colmo de la temeridad, entona aquel soneto a mamá. Y regresa al principio, como en círculos desbocados por esa puta nostalgia que quiero detestar. Me señala el mar a través de la masia. El mar. Y la foto, y mi padre teniéndome con fuerza. Y canta: “Si un día para mi mal, viene a buscarme la parca…”.

–¡Vale ya, mamá! Todo menos eso, por favor. Todo menos el maldito Serrat –le ruego con lágrimas en los ojos.

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El taburete al que subir para salvarse de la quema

Yo soy uno de esos despreciables seres aficionados a la música de calidad que piensa que no toda la música comercial por el mero hecho de serlo es mala ni merece ser enviada a la papelera de reciclaje de tu biblioteca musical para posteriormente ser eliminada sin compasión. Creo que, aunque hay muchísimas canciones malísimas, y un buen puñado de ellas infumables, existen también cosas que suenan en la radiofórmula que se pueden rescatar. Sé que merezco arder en la hoguera de los puristas por ello.

En esta entrada, quiero dejar aparte los canales no tradicionales, los estilos que triunfan más allá de las corrientes populares y que tienen su hueco entre el público minoritario. Me voy a centrar únicamente en el fenómeno fan y en el mainstream.

No es la primera vez que hablo de la idiotización progresiva e implacable que sufre el panorama musical latino y, en particular, el español. Y allí donde sólo parecía que podía surgir mierda pestilente infectada de ritmos caribeños y tropicales aderezados con toda suerte de sonidos electrónicos infumables, apareció un oasis irónicamente capitaneado por dos familiares de conocidos expresidiarios y por una legión nutrida en su mayoría por niñas de postín.

Se trata del grupo Taburete, liderado por Willy Bárcenas (hijo de Luis. Sí, sí, el de “Luis, sé fuerte” y otros éxitos) y Antón Carreño (nieto del ex presidente de la CEOE Gerardo Díaz Ferrán) y completado por Manuel Evia, Guillermo Gracia y Antonio de la Fuente.

El Grupo Taburete. (Imagen: Hola).

El rayo de esperanza no ha surgido de un ejército de alternativos progres o de gafapastas intelectualoides, como pudo pasar en su día con el inesperado éxito más o menos mayoritario de Supersubmarina o Vetusta Morla (aunque Taburete amenaza con superarlos). No, esta vez son las chicas de las barriadas de bien, de las urbanizaciones madrileñas de renombre, esas de las que un prejuicioso no podría esperar como ejercicio de compromiso cultural mucho más que corear el himno del Madrid o como máximo acto de rebeldía votar a Albert Rivera.

Reconozco que incluso yo, que presumo de estar lejos de etiquetas y prejuicios en lo musical, donde suelen ser especialmente crueles y detestables, afronté el conocimiento de este grupo lleno de reparos y con la tentación de arrojarlos al fango a la primera escucha. Uno no dejará de ser deudor de las grandes bandas roqueras del país y no puede haber nada más alejado de estos, no tanto en cuanto a sonido o las letras (que también), sino sobre todo en lo que se refiere a filosofía, estética y entorno de seguidores (aunque Willy y Antón dicen que le dan bastante al canuto).

Y, sin embargo, hay que decir que Taburete pega una hostia a los reparos previos. Vale que no son un grupo guitarrero que vayan a revolucionar el panorama musical español (¿queda alguno de esos, al menos con cierta juventud?), de acuerdo con que no poseen un toque innovador de calidad en su pop que vaya a convertirles en los Radiohead españoles ni una profundidad en sus letras que los vaya a transformar en herederos de Love of Lesbian.

Pero el caso es que suenan bien. Suenan condenadamente limpios, frescos y, quizá lo más importante, auténticos. Sus melodías se pegan como el Superglue y las historias sencillas que cuentan, casi siempre inspiradas en la cultura mejicana de bares, en sus noches de farra y sus historias de amor ocasional, funcionan a las mil maravillas. Son versos cortos y directos que riman casi siempre de forma asonante, perfectos para lo que tratan de transmitir. No necesitan alardes ni grandes arreglos de producción, de hecho es esa desnudez en el sonido su mayor virtud.

Se podría decir sin exagerar que cogen el testigo de artistas como Café Quijano, Estopa o Melendi, aunque sin el toque macarra y algo transgresor de los principios estos, también hay que decirlo. En ese sentido, son políticamente muy correctos, aunque esto se preste a un chiste muy fácil por su ascendencia familiar.

Si bien se les ha comparado con Hombres G o El Canto del Loco, por el tipo de público eminentemente femenino y guapo que atraen, creo que están más cerca de los anteriormente mencionados, e incluso Willy Barcenas tiene un dúo con los Quijano en uno de los temas de estos últimos.

También ellos dos se sienten más identificados con los referentes que he citado, aunque también mencionan otros como Rocío Jurado, Julio Iglesias, Leiva o… Extremoduro (habría que explicarles tal vez a Willy y Antón que el hecho de que te guste alguien no quiere decir que te parezcas a ellos, pero seguro que al “notas” de Robe Iniesta –o a su personaje– esa comparación le sacaría una buena carcajada)

Hay que destacar que estos veinteañeros no han tenido padrino ni programa de televisión que les haya hecho de lanzadera ni campaña de marketing, ni nada por el estilo (si acaso la publicidad obtenida gracias a las ramas podridas de su árbol genealógico. Ellos mismos admiten que les vino bien al principio para conseguir entrevistas).

Es un caso raro en los tiempos que corren de unos tíos que se ponen a dar conciertos en salas de Madrid, suben unos videos a Youtube y el boca a boca los hace famosos, pretendidos y virales. También es cierto que venir de familia de la jet set, con piso en el Barrio Salamanca y una red de contactos formada por gente con pasta en los bolsos, bolsillos y mochilas con dibujitos ayuda a llevar mejor lo de jugar a ser bohemios y soñadores. Pero no es menos cierto que eso no te hace llenar el Palacio de Los Deportes de Madrid o conseguir 16 millones de reproducciones del video de su gran éxito, Sirenas.

Pienso que es necesario, mucho, que surjan grupos en España de este carácter que hagan que el público menor de edad se olvide de los odiosos ritmos caribeños mezclados con la electrónica que vienen de Puerto Rico, Colombia y Republica Dominicana.

He comprobado a través de mi trabajo que, pese a lo que se pueda pensar, hasta los niños están saturados de que Enrique Iglesias les cuente cada verano lo mismo con Gente de Zona, de que Shakira los atormente con sus rimas estúpidas y su movimiento de caderas que hace tiempo que perdió toda gracia o de que aparezca el típico artista emergente procedente de aquellos lares y les sugiera que hagan intercambio de parejas, aunque ellos no lo capten. Sí, están hartos hasta del Despacito.

Esto no quiere decir que les haya dejado de interesar, porque al final el mainstream y la facilidad machacona de estos ritmos hacen su labor destructiva y absorben los oídos infantiles y púberes con mucha rapidez y contundencia, pero noto una tendencia, no sé si lenta o rápida, hacia la dirección contraria. A volver a aquella época en que los grupos de pop-rock español con toques rumberos, flamencos, tangueros o rancheros (estos últimos son los más habituales en Taburete) copaban las listas de éxitos y formaban un amplio espectro de música comercial con cierta calidad.

Que sí, que a mí también me encantaría que surgieran nuevos Extremoduro, Los Suaves, Barricada o Celtas Cortos, pero eso por desgracia está mucho más complicado. Hasta que esta sociedad asquerosamente represiva, a través de sus canales de comunicación, que marginan al rock y  a otras músicas subversivas, deje de censurar esos estilos, mientras no les permita regresar a ese segundo plano alternativo y perversamente atractivo que siempre ocupó, hay que conformarse con objetivos menos ambiciosos.

Y sinceramente, aunque yo soy de saltar y bailar, si la única opción es hacerlo al ritmo de los  mojitos de Shakira y de los Baby No de Danny Ocean, prefiero estar sentado en un taburete. O en casa de Dron.

Y cuando los 40 Criminales, influencers, youtubers y DJ asesinos berrean The Floor is Lava! con cada nueva canción que provoca erupciones en el buen gusto musical, es mejor subirse a cualquier sitio donde uno no se queme los pies bailando esas danzas infernales. Por ejemplo, a un taburete.

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Para que el contador no se quede a cero

Hay algunas personas cuya única presencia hace que merezca la pena presenciar algo. Actores que justifican el precio de la entrada aunque la película sea floja. Músicos a los que vale la pena escuchar en directo, incluso en un sitio poco apropiado o con un sonido de mala calidad. Deportistas que convierten un espectáculo que podría ser aburrido en algo emocionante, intenso, incluso épico.

Alberto Contador forma parte de este selecto grupo de seres humanos. Gente con la que no tienes relación personal alguna pero que te hace estar pegado al sillón contemplando una pantalla con imágenes sobre la que aparecen varios individuos haciendo algo aparentemente tan poco atractivo para la vista ajena como pedalear durante muchos kilómetros sin que pase absolutamente nada la mayor parte del tiempo. Una actividad que, bien mirada, no tiene nada de entretenido ni de televisivo y que sólo se entendería desde un punto de vista de la afición personal por el mundillo de la bicicleta, de la cual yo carezco.

Sin embargo, existe un punto de conexión emocional que sólo puede ser comprendido si se ha visto competir a ciclistas como Contador. Ha sido el último bastión de una especie en peligro de extinción, sino directamente extinta tras la retirada del propio Alberto, anunciada antes de la última Vuelta Ciclista a España que el madrileño volvió a protagonizar sin ni siquiera haber tenido la necesidad de ganarla.

Él por si sólo ha explicado a lo largo de su magnífica trayectoria esa pasión repentina, no demasiado meditada, que le asalta a uno cuando llegan las grandes vueltas por etapas. El corredor de Pinto ha dado razones a los que las buscan y a aquéllos que critican, no sin razón, que uno se pase horas viendo una carrera que en un ochenta por ciento puede resultar soporífera.

Alberto Contador ha sido un profesional de los que prácticamente no quedan, ya no sólo en el ciclismo, sino en general en todo el mundo del deporte. La mosca cojonera en los tiempos del control, de la planificación extrema de cada detalle, del conservadurismo para poder amarrar las ventajas, por mínimas que sean, de no llevar a cabo un solo movimiento sin que tenga una lógica estratégica. Fue la anarquía, la imprevisibilidad, la valentía.

Contador nunca tuvo grandes equipos. Cierto que hubo buenos compañeros a su lado, pero desde que tuvo madurez suficiente, él siempre fue el jefe de filas indiscutible, el que se jugaba las cartas contra los demás cuando la cosa se ponía complicada. El que se pegaba con los otros rivales y con los equipos de los otros rivales. Él nunca contó con varios gregarios de lujo que podrían ser líderes en otros conjuntos, como sí sucede con el Sky del británico Chris Froome, cuatro veces ganador del Tour de Francia y vencedor de la Vuelta 2017.

Contador con el trofeo de ganador del Tour de Francia 2007. (Imagen: RTVE).

Contador nunca necesitó que los demás le arroparan demasiado, porque es poco amigo de quedarse la manta puesta, ni siquiera en invierno. El no se guardó nada durante su trayectoria profesional que ahora ha llegado a su fin. Lo dio todo hasta el último instante, cada pizca de esfuerzo, cada impulso para conseguir ascender hasta lo más alto, cada gota de sudor derramada por las carreteras de toda Europa.

Su última demostración, el día antes de poner punto y final a su carrera deportiva, en uno de los lugares más especiales para los amantes del ciclismo. La cima de L´Angliru, ya mítica, quedará registrada para siempre como la última que Alberto coronó como deportista profesional. Y no lo hizo de cualquier manera, sino en primera posición, tras un ataque que resumió perfectamente lo que fue su carrera. Que manifestó su personalidad inconformista, generosa, arriesgada, incluso a veces algo temeraria.

Desde las primeras rampas del durísimo puerto asturiano, por las que la retina conserva imágenes de tremendo sufrimiento de ciclistas históricos como Abraham Olano, Chava Jiménez, Marco Pantani o Roberto Heras, el madrileño quiso escaparse. Al principio, en compañía de otros, muy pronto en solitario. Cuando todavía restaba lo peor de ese terrible muro que no siempre tiene la misma inclinación, pero en cualquier caso siempre es infernal. Donde la bicicleta parece que se queda parada, clavada en el asfalto, por mucho que se muevan las piernas. Un recorrido de una dureza extrema, con pendientes de hasta el 23%, y que recuerdan al ciclismo de otros tiempos, tan añorado como imposible hoy en día.

Pero Contador es también un ciclista del pasado y por eso tenía que retirarse de ese modo, fiel a sí mismo. A su estilo de disparar en cuanto la carrera se ponía tensa, los rivales iban vigilándose y algunos empezaban a sacar la lengua. Él entonces se crecía, sacaba su alma de pistolero y se ponía a combatir, a diestro y siniestro, sin filtro, con el mismo descaro que cuando era jovencito y nos encandiló en aquel Tour de 2007, que fue su primera gran victoria.

Incluso fue capaz de combatir al peor de los rivales para el ciclismo. La acusación de haber hecho trampas, de haber corrido de forma ilegal, sobrepasando los niveles permitidos en sangre por un límite ridículo, bajísimo, pero a fin de cuentas superándolos. La famosa polémica del clembuterol, que nunca llegó a aclararse del todo, pero en mi opinión sí está demostrado que jamás le ayudó a ganar nada, pese a lo cual recibió una sanción durísima y desproporcionada de dos años sin competir, siéndole arrebatados retroactivamente el Tour de 2010 y el Giro de 2011.

Contador, durante su declaración ante el TAS en 2011 a raíz de su positivo por clembuterol. (Imagen: RTVE).

Sin embargo, no dejó de ser un error, una mancha en su expediente. Y sin embargo, irónicamente, eso le hizo mucho más grande. Su regreso enrabietado, dando una bofetada en la cara del mundo, ganando una Vuelta a España dificilísima en 2012, le hizo recuperar el estrellato, le catapultó a la categoría de leyenda y calló muchas bocas, entre ellas las de un servidor, que se había sentido algo traicionado por un corredor al que admiraba.

De hecho, tengo que decir que él fue al mismo tiempo el responsable último de que casi estuviera a punto de dejar de ver un deporte que, cuando era pequeño, era mi segundo favorito, con una imagen deterioradísima tras tantos años de historias de positivos por doping, y también el causante de que finalmente no lo hiciera.

Verle competir otra vez a ese nivel, con un carácter, determinación y afán de batalla únicos, me devolvió la ilusión por un espectáculo que, en el penúltimo día de Contador como profesional el 9 de septiembre de 2017, llegó a ser tan grande como aquélla que, siendo muy niño, me provocaban los Perico, Induraín, Chiapucci, Virenque o Rominger.

Creo que a muchos les pasó como a mí, incluso a los más cabreados con el ciclismo. Notaron como se les erizaba el vello y les recorrían escalofríos mientras observaban la última gran secuencia de Alberto Contador como ciclista, el broche perfecto para su carrera, coronando esa cima épica, enervando al público con la mano derecha, esbozando una especie de sonrisa guerrera y haciendo su último disparo. Ese que por desgracia no volveremos a ver más.

(Video: RTVE).

Queda la esperanza de que, aunque el contador original se haya puesto a cero tras haber marcado tantos miles de kilómetros durante tantos años, haya otros que le vuelvan a hacer funcionar y seguir marcando las pulsaciones de un corazón inmenso y luchador hasta el final. Jóvenes que, siguiendo su ejemplo y su figura ya mítica, hereden su espíritu y vuelvan a hacernos vibrar por carreteras angostas o anchas, bien asfaltadas o pedregosas, siempre cuesta arriba, mirando hacia arriba, sin conformarse jamás, intentando llegar lo más alto posible.

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Conciertos nostálgicos en Pucela

Cuando fue anunciado hace unos meses el programa de Ferias de Valladolid, como casi siempre me fijé primeramente en los conciertos de la Plaza Mayor. Me gustan los directos, pero no tanto como para pagar 25, 30 o más euros por ellos, así que las fiestas pucelanas siempre son una buena oportunidad para ver música en vivo.

Vale, como de costumbre el rock prácticamente ha brillado por su ausencia. De acuerdo que han estado los escoceses Primal Scream, un grupo tan prestigioso como desconocido para el gran público, toda una ocurrencia innovadora de los encargados de organizar los festejos y el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Valladolid traer un grupo así a unas fiestas. Pero ellos tampoco son un grupo guitarrero al uso, sino que pertenecen a un circuito mucho más alternativo.

Sin embargo, hay que aceptar tristemente que las bandas clásicas adscritas a cualquiera de las variantes surgidas del rock´n roll clásico, especialmente en España, no existen para el mainstream. El indie, con su buenismo generalizado en letras y en actitud externa, casi siempre pulcra, depurada y sofisticada, se ha comido a los rockeros malotes que protagonizaron no hace tanto los mejores momentos musicales de este país con su macarrería, rebeldía, irreverencia, espíritu militante, antisocial y antisistema. No hay relevo para los míticos Extremoduro, Barricada, Los Suaves, La Polla Records o Ska-P.

Están casi proscritos, porque así lo ha querido el monopolio musical de los medios de comunicación generalistas y las nuevas generaciones, que tienen acceso a todo tipo de música a través de Internet, no han conseguido llegar a ellos porque se les ha educado musicalmente para no hacerlo.

Además, muchos de sus mensajes ahora se consideran malos para la sociedad, porque hay tacos, hablan abiertamente sobre las drogas, el sexo, la violencia y se meten mucho con los políticos y las instituciones dominantes. Es triste, pero sólo queda añorarlos, mantenerlos en la cultura musical propia y tratar de transmitir su legado a quien le apetezca. Grupos de ese estilo ya nunca estarán en el programa de fiestas de una capital como Valladolid.

Así las cosas, hay que conformarse con otro tipo de música, también bastante denostada, pero que siempre ha constituido uno de mis géneros favoritos. El pop de autor, que lleva la firma distintiva de músicos originales y carismáticos que hicieron un patrimonio propio realmente interesante y consiguieron elevarle al éxito comercial a mediados de los noventa y principios de los 2000. Ahora también están prácticamente aislados a nivel de difusión, o cuanto menos muy arrinconados.

Entre ellos, Rosana y Pau Donés, este último al frente de su formación Jarabe de Palo, han formado parte de la lista de intérpretes este año para las fiestas. Creo que ambos fueron  estandartes principales de esa corriente de grandes cantautores españoles del pop que están a día de hoy prácticamente en el olvido y no gozan del tremendo reconocimiento que merecen. Como si ya no trabajaran como el que más y no siguieran lanzando álbumes de calidad. Quique González, Manolo García, Coque Malla o las legendarias Ella Baila Sola –aunque este caso es algo distinto porque se separaron– son otros ejemplos muy destacados.

Era una oportunidad tremenda para rescatar el directo de dos músicos superlativos y no quise perdérmelo. Tengo que decir que no sólo no me defraudaron, sino que además superaron mis mejores expectativas. En el caso de Jarabe de Palo, todavía más, porque acudí a escuchar a la banda de Pau Donés más por el significado emocional del concierto, a causa de la enfermedad que arrastra Pau, que por mi vieja afición a sus canciones, ya que nunca fue un grupo por el que sintiera especial devoción, o al menos eso tenía yo impreso en mi acervo personal.

Pero fui escuchando los temas, casi todos muy conocidos, algunos auténticos himnos de la música española, y la verdad es que no pude por menos que emocionarme. Especialmente con Agua, De Vuelta y Vuelta y Déjame Vivir, fuera aparte de La Flaca, que fue tan radiada en su día que acabó siendo algo cansina, pese a que sea una pieza fabulosa. Es innegable la importancia de estas canciones y de este grupo para la historia del pop español.

(Video: Noticias CyL).

El mejor momento del concierto sin embargo no fue tan vintage, sino que estuvo conectado con la situación personal actual de Pau. El cantautor catalán (cantando, por cierto, en castellano en la Plaza Mayor de una capital centralista y muy españolista tradicionalmente afín a la derecha, arrasando de esa forma por sí mismo con la estupidez reinante que hay en ese conflicto odioso, pero hoy no me quiero meter en estos lodazales) escribió hace poco una canción titulada Humo, en la que habla de su posición emocional ante el cáncer contra el que lleva luchando desde hace dos años, recaída incluida, pero sobre todo respecto a la muerte, de lo cerca que ha estado de abrazarla, de ese vértigo tremendo que ha sentido, mirando al abismo, en el precipicio del final de su vida, a sus 50 años.

La presentó de una forma impresionante, con un sentido del humor admirable. “Yo siempre he escrito canciones a las chicas cuando me dejaban, como táctica para después recuperarlas. Nunca conseguí que me saliera bien. Sin embargo, esta vez fue diferente y ella volvió”.

En cualquier caso, sus problemas de salud no se dejan ver sobre el escenario, porque el tipo tiene un aspecto fantástico, se mueve, derrocha energía y buen rollo. Como él mismo dijo, ojalá sea por muchos años, aunque hace unos meses se llegó a afirmar que el catalán tenía los días contados (un 20% de supervivencia y, como mucho, 5 años de vida) y ésta sería sin duda su gira de despedida, extremo que él negó.

En cuanto a Rosana, lo cierto es que iba mucho más predispuesto al entusiasmo pero al mismo tiempo esperando mucho de su concierto, de modo que tiene si cabe aún más mérito lo que consiguió generarme. Yo ya la había visto en directo hace muchos años, cuando ella estaba en la cima de su fama, esa misma rastrera veleidosa que ahora la es esquiva, si bien me da la impresión de que a la genial cantautora canaria la importa más bien poco.

Rosana es una artista tan mayúscula que se nota que disfruta por y para hacer música e interpretarla. Evidentemente, tiene dinero de sobra para vivir de ello y eso ayuda, pero creo que es una persona que valora otros factores por encima de la riqueza o la popularidad. A ella le importa mostrar lo que hace y que el público disfrute con ello, ayudada por los músicos que la acompañan que, como en el caso de Pau Donés, son de gran calidad.

Su concierto en Pucela (y supongo que toda su gira) es una muestra perfecta de esa personalidad humilde, cercana, divertida, sociable y feliz. Buscó todo el rato la interacción con el público, el hacer a la Plaza partícipe de las canciones, además de una forma original y diferente, y lo consiguió con creces. Y eso en una ciudad tan fría como Valladolid es lograr mucho. Incluso bajó del escenario y estuvo un buen rato entre el público, algo cada vez menos habitual en los conciertos.

(Video: Tribuna Valladolid).

La forma de entender el directo de Rosana es por desgracia una excepción en un panorama musical como el actual cada vez más encorsetado, de artistas que se parecen entre sí sospechosamente y que únicamente se preocupan de tocar sus temas, creando una distancia horrible con el espectador.

Esto es extensible tanto a la escena indie como a la comercial. No hay más que ver a Morat, el grupo adolescente por excelencia de la actualidad en el mundillo latino y que actuaron el martes en Valladolid, mostrando una sosería y una ñoñería inauditas, aburriendo al personal, salvo al público infantil que se sabía todas sus canciones de memoria.

Luego, lógicamente están las canciones antiguas de Rosana, que, como las de Jarabe de Palo, forman parte de la banda sonora del pop español (aunque ella se centró más en su repertorio más reciente que Pau, tocó muchos de sus temas míticos). Fue impagable escuchar de nuevo A Fuego Lento (muy coreada por el público), El Talismán, No Puedo Estar Sin Ti, Hoy o Pa´ Ti No Estoy, aunque yo me quedo con el momento en que ejecutó Llegaremos a Tiempo, que es totalmente maravillosa y en la que además Rosana demuestra que, además de una gran cantautora, tiene una voz prodigiosa. La puede romper, rasgar, hacerla voluminosa o fina, cambiar de tonalidad, usar el falsete… De todo. Es, salvando las distancias, la Janis Joplin española.

El problema es que, si dices estas cosas, como somos unos paletos y despreciamos lo nuestro, te caen palos por todos los lados. Es lamentable la falta de reconocimiento de artistas como Rosana o Pau Donés, a los que deberíamos tener en un altar, como sí hacen en otros países con sus músicos veteranos y prestigiosos.

Aquí nos tenemos que conformar con apreciarlo con cierta nostalgia, con una Plaza Mayor a medio llenar, mientras artistas mediocres, cantantes de medio pelo y grupos de corta y pega, coñazos y repetitivos, abarrotan no sólo plazas, sino también polideportivos, estadios y festivales.

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No me siento mayor

Cuando la gente frisa los treinta, más o menos, comienza a decir de forma bastante compulsiva e irritante una frase odiosa. “Ya estoy mayor para esto”.

A nuestro alrededor, cientos de púberes se aireaban las camisetas pegajosas por el kalimotxo adquirido en lo que algún día fue Simago. Esa zona de la calle de Santiago huele a detritus exactamente igual que hace diez, doce o quince años. El Esgueva tiene rencor.

Mi olfato tampoco perdona los hedores a pliegues sociales. Mi conocida no se reconocía en las camisetas mojadas ni en los efluvios alcohólicos, con lo bien que le quedaban en el pasado ambas cosas e insistió en su letanía derrotista.

Yo, que no soy más joven ni más viejo que cualquiera, escuché la susodicha sentencia lapidaria, que constituye todo un epitafio de las generaciones perdidas justo cuando comenzaban oficialmente las Ferias y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo de Valladolid, pregonadas por un actor hispánico enamorado de Pajarillos.

La persona que me la dijo, otrora tiempo toda una dama deseada en los círculos universitarios pucelanos, se me mostró fría, apagada y temerosa, cual señora de portal y oficina metida en la colmena, y me la espetó con un tono de estío decadente.

Yo, mientras trataba de mirar si quedaba algo de ese volumen pectoral que antaño la hizo famosa, pero, sólo adivinando sus contornos algo irregulares, concedí el lamento por compasión. Me entró el impulso de replicarla que antes, cuando nos dejábamos mojar por la lluvia de líquido pringoso y oloroso, no demostrábamos ser más jóvenes, sino más gilipollas.

El suelo se me pegaba a los pies, que quería poner en polvorosa. Ella, arrugas dilatando el contorno de sus ojos, me observó triste y concedió que acababa de salir de trabajar y quizá eso la nublaba el juicio.

Me imaginé por un fugaz instante qué no hubiese hecho yo con sus ganas venidas a menos y un vestidito negro de satén junto a mí, y me dirigí a mi siguiente parada de tipo que no se sentía mayor. Tampoco es que me viniese arriba y acabase despelotado en mitad de una discomovida (entre otras cosas porque el viento frío de la meseta lo hubiera impedido), pero sí que me encaminé hacia algo precintado para jóvenes.

Por supuesto que yo, edad indefinida y olvidada, hace lustros que dejé de preocuparme por el Dios Crono, pero, como estoy aproximadamente de buen ver, luzco bien en ese tipo de ocasiones e incluso logro ocasionalmente captar la atención de algún grupo de adolescentes que intuyen que debo ser el artista perdido de sus noches escaldadas.

Lo cierto es que, cada vez más, me martillean los oídos con el concepto de marras. Como en un ejercicio sadomasoquista orientado a autofustigarse por el paso del tiempo, la peña te lo restriega como si fuera aguarrás. “Los años no pasan en balde, Álber”. La puta vida sí que no pasa en una ciénaga de años clasificados, me gustaría decirles, pero asiento como un bendito que se siente maldito.

En vez de discutir, me pongo a andar solo, recorriendo el caminito a la vera de mi propio juicio. El silencio y el sol del mediodía me proporcionan ínfulas de sutil mentira mientras subo la cuesta hacia la orgía de las regiones que se detestan, aunque algunas son provincias que odian a la nuestra. Cataluña, por cierto, resiste su boicot.

Cuando bajo el mismo cerro y la tarde es soleada y produce tanta pereza placentera como un amor de lesbianas antes de la siesta, escojo las pocas vetas de prejuicios que hay en mi madera sin talar.

Cada marca en mi tronco es de una amante que quiso sobrevivir y se suicidó al compás de una fiesta que no tenía fin. Cada estímulo de savia nueva brotó de mis ansias de poder contener al leñador que me quiso serrar.

Entonces, pongo un mohín burlón y os digo que la edad que determinan los círculos de mi cuerpo se confunde en una espiral cabrona. Que da igual que sean fiestas, vendimias, escaseces o sequía, porque yo siempre voy a sacar el rabo y las orejas por encima de la multitud. Tened cuidado, no os caiga encima algo del chaparrón de testosterona.

Siento no haber sido etiquetado, pero me asquean los códigos de barras. Yo sólo veo el tumulto de una ciudad que se desboca entre el estertor de un futuro incierto, pero trata de lucir sus peores galas en el inicio de un septiembre de bocazas. En Valladolid nunca se nos dio bien eso de guardar la  cosecha por lo que pudiera venir.

Saco mis auriculares y me pongo una nueva canción de Día Verde, aunque me secuestren la esperanza a cada tecleo de este aparato infernal. Os doy las gracias por cuidarme, viejos amigos que involucionasteis, pero no me hace falta azúcar ni agua, sino vuestro cántico irreverente en la frontera con Al-Ándalus.

En lugar de soltar himnos en la ciudad autónoma donde aún se erige Franco, me cantáis mis mejores éxitos porque sabéis que no hay diario que me pueda recopilar.

Incluso cuando me da el bajón de tensión entre la solana, vinos de saldo, videoconsolas de calor vintage, rumbas enlatadas y cachis de plástico mordisqueados, me siento como aquel individuo rebelde de ánimas complicadas que se os aparecerá algún día en vuestras reuniones de jubilados.

Con respeto, me retiro hasta pasado mañana o dentro de unos años. Tranquilos, no me interesan vuestras mujeres. No te apures, cielo, siempre me gustaste más cuando mentías después de los veinte.

Ahora, miro el ocaso descender sobre el Campo Grande y sé que volveré cuando los niños me digan que son demasiado jóvenes para esta mierda.

Entre tanto, os deseo felices fiestas de Pucela. O lo que quedéis de ellas.

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Seco y quemado

Ardo entre las llamas de mi pasado. Me sequé suplicando oxígeno a mi presente. No tengo futuro, ya soy cenizas. No soy ni un recuerdo.

Mientras me quemo, mi corteza aúlla de dolor y el grito que no escucharás se pierde intrascendente como un susurro en el crepitar de esta fragua.

La chispa hizo cosquillas en mi tronco, pero sabía que era la caricia envenenada de un enemigo mortal, el preludio dulce de mi final.

Me abrasan las entrañas al pensar que ninguno me visteis envuelto en olas naranjas hasta que el océano hirviente me tragó. Que no había ni uno solo de vosotros protegiéndome de la locura.

¿Dónde están los amigos pastores que antes vigilaban mis dominios todos los días? ¿Por qué no patrullan mi territorio más guardas forestales, que habrían alertado enseguida de mi combustión?

Llamáis psicópatas, pirómanos y asesinos a los que prenden mi frágil madera. Me llegan vuestros ecos lastimeros, vuestras excusas prefabricadas, vuestros juicios con sentencia automática.

Al tiempo que todo mi ser es devorado por un intruso incandescente, que mi hogar es arrasado por éste huésped fogoso y destructivo al que nunca invité; cuando todo lo que puedo ver es una imparable marea de lumbre sin bajamar, vosotros habláis de lo inevitable, de la culpa de unos perturbados incontrolables que se masturban viendo mi casa convertida en el Averno.

Es posible que este ruido ensordecedor me impida oíros decir algo más. Por ejemplo, que nunca fui una prioridad o que los que os gobiernan sólo se preocuparán de mí cuando el tsunami furioso llegue a vuestros pueblos y carreteras, y yo ya sólo sea un esqueleto de brasas ennegrecidas y mi campo un desierto desolador en el que no crezca ni la maleza.

Tal vez este rugido insoportable que me ocluye no me permita escucharos con claridad. Ni siquiera a ese cero coma seis por ciento de vosotros que, según las estadísticas que confeccionan los que os administran, consideráis que yo, mis hermanos y el medio ambiente en el que vivimos somos un asunto realmente relevante.

Sospecho que este estruendo, este fragor desquiciante me imposibilita percibir las palabras de ese porcentaje ridículo de vosotros que nos sentís como algo de lo que preocuparse de verdad para que vuestro paisaje no acabe convertido en una llanura carbonizada. Como un patrimonio que tenéis la obligación de cuidar especialmente por el grave riesgo del que todos los años os advierten organizaciones cuyas siglas os interesan tan poco como su mensaje.

No me hagáis caso… Quizá este humo feroz que me hará dejar de respirar dentro de poco me envilece la sabia y nubla la razón de mi copa ya destruida.

Podría ser que el sufrimiento que me consume lentamente en este mar de pasión aniquiladora me haga acusaros de todo, incluso de que ya estuviera asfixiado antes de ser pira funeraria; seco antes de estar quemado; harto de implorar al cielo con mis ramas para que la lluvia me librara del infierno.

Reconozco que el odio que ahora nace de mis raíces calcinadas me lleva a responsabilizaros de que mi manos se hubieran agrietado y alfombrara la tierra deshidratada con mis hojas amarillas.

En estos, mis últimos momentos, no os quiero llamar ingratos, pese a que respirasteis el oxígeno que yo os presté, comisteis mis frutos y os cobijasteis bajo mi sombra.

Ignoradme… Es muy probable que yo también me haya vuelto loco con tanto calor como siento y que no seáis los causantes de que el suelo en el que fui plantado hace muchos más años de que nacierais me queme cada vez más los pies.

Quisiera dar un último abrazo a mis hermanos, hacerles el amor a mis amantes antes de extinguirme, pero no puedo… Mis brazos famélicos, incinerados, ya no alcanzan a tocarles. Ni siquiera puedo dedicarles una última caricia.

Ahora, sólo necesito descansar.

Pero es tan difícil con este alarido… Me gustaría dejar ya de inhalar vida, jadeo desesperado, la neblina me ciega… Ya casi no puedo inspirar… Agonizo.

Pero antes de morir, os diré quién soy.

Yo soy los fresnos de la Sierra de Cabrera, las encinas del monte de Guadalajara, los robledales del Bages, el tejo de la Comarca de Verín, los pinares del Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, el haya reseca del Campo Grande, la genista amarilla de Serrat, el olivo milenario de Iciar Bolliaín.

Soy el espíritu de vuestro bosque, vuestra conciencia primitiva, el legado de vuestros ancestros que no heredarán vuestros hijos, el ejército pacífico de la naturaleza al que decidisteis declarar la guerra.

 

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Conversación sobre el maltrato con mi amiga Nata

Transitábamos por uno de los veranos vallisoletanos más aburridos que se podían recordar cuando, en mitad del desierto agostero, en el que la ciudad parece más muerta que viva, la lacra de la violencia doméstica nos hizo despertar a todos del letargo.

El maltrato, violación y asesinato de la pequeña Sara, de 4 años, golpeó en toda la jeta a Valladolid y la convirtió en una localidad siniestra a plena luz del sol. En un caldo de cultivo del dolor y la incomprensión a más de treinta grados de temperatura. Sus calles bañadas de luz en una suerte de laberinto de dudas sombrías generadas por una historia sórdida.

Un relato en el que ni siquiera aparecen espacios al trasluz porque las instituciones que deberían haber salvado a la menor están pringadas hasta las trancas. La Junta de Castilla y León, a la que pareciera que la escandalosa sequía ha dejado seca de ideas y capacidad de reacción, la Fiscalía, el Juzgado de Menores y hasta la propia policía fallaron estrepitosamente. Pero esto ya se ha tratado convenientemente en los medios de comunicación locales, que esta vez sí, se han implicado con el asunto por la gran alarma social creada y la especial sensibilidad que se genera al tratarse de un menor de edad, a diferencia de su actitud en otros asuntos.

Hoy me interesa reflejar otro punto de vista sobre este terrible asunto. Para el cual me voy a servir como vehículo transmisor de la narración de una charla que mantuve el otro día con mi amiga Nata, que si bien no es experta titulada en temas de violencia doméstica, a menores o de género, sabe mucho más que la mayoría sobre estos temas y conoce sus implicaciones como las líneas de la palma de su mano.

Ella me comenta el suceso por si no lo conocía y ya adelanta sus intenciones. Me enseña una foto de los padres de Sara y dice que son dos seres vivos… O algo así. Que no se atreve ni a calificarles de salvajes, porque eso sería un insulto a la naturaleza. Mi amiga tiene razón. La crueldad con la que a veces se manifiestan los seres humanos no tiene parangón. No existe criatura ni especie, viva, muerta o extinta, que se comporte de ese modo.

Hablamos de la niña de doce años, hermana de la fallecida y en cuya situación los medios no han ahondado demasiado. Nos planteamos qué podrían haberle hecho a ella o lo qué quizá por desgracia sí le hayan hecho. Tal vez no en modo de maltrato físico, pero desde luego sí psicológico, provocándole un trauma para el resto de sus días.

Yo me arriesgo un poco y me aventuro a pensar que incluso la madre, con su indudable influencia moral sobre ella, la podría haber presionado para que no dijese nada en el colegio o a otros familiares y amigos. Aunque caben incluso opciones peores, y quién puede asegurar que esa niña de doce años no vaya a retorcer su personalidad, que tal vez la madre y su pareja la hayan moldeado a su antojo.

En este punto, mi amiga tiene mucho que añadir. Considera que ese tipo de perfil psicológico se da mucho en este tipo de situaciones. Víctimas que con los años pasan a ser verdugos. Gente que se dedica a hacer la vida imposible a los demás porque en su día fueron maltratados y el supuesto equilibrio que todo el mundo debería tener en su vida se fue al garete. Se volvieron agresivas, frustradas y depresivas, sustrato fundamental del maltratador.

“No conozco a una sola persona que sea mala de verdad, de base. Lo son porque les ha ocurrido algo”. Son producto de las circunstancias, de los acontecimientos de su pasado. Nata opina que el círculo se perpetúa y se hace más grande con cada maltrato. Pero tampoco sabemos si la hermana de Sara será parte de ese diabólico engranaje, todo es una suposición. Lo único que se conoce es que de momento se la ha alejado de su madre y el novio de ésta. Hay que pensar que se abre otro camino para ella y existen motivos para la esperanza.

Una vía de salida que ya no cabe en el caso de Sara. Su caminar por esta vida se detuvo bruscamente mucho antes de tiempo. Fue un andar de pocos pasos, un trayecto de cercanías plagado de sacudidas, de incómodos traqueteos y que finalmente descarriló de la forma más dolorosa.

Es aquí donde mi amiga se la juega del todo y decide darme un punto de vista muy contundente que quizá yo no comparta, pero que sí entiendo y respeto enormemente por la dureza que implica y porque surge tras cortar toda raigambre con la moral socialmente establecida. Nace de la compasión y de la rabia, pero también de la razón más humana.

“Sinceramente, Álber, para mí lo mejor que le ha podido ocurrir a la niña es que haya muerto. Qué clase de vida le esperaba”. No puedo aceptar algo así de entrada, ya que mi tendencia natural es apegarme a la vida –aunque no a cualquier precio– y le rebato. “Una buena familia de acogida la hubiera salvado”.

Pero Nata lo tiene muy claro. Ella considera que se originan secuelas para toda la vida y es muy difícil remontar y tener una buena vida cuando se ha sido maltratado en la infancia. Concede que es posible que se supere en determinados casos, pero los niños que han sido castigados con tanta brutalidad como Sara sólo pueden recibir el regalo de morir y pasar a una vida mejor, si es que la hay. Quizá en la reencarnación, opción que mi amiga considera posible. “Y aunque no sea así, es mejor no vivir que vivir una vida de sufrimiento y angustia”, sentencia.

Y yo me quedo un poco sin palabras. Pese a que no pueda estar de acuerdo totalmente con ella, aunque me resista a concederle la razón en su totalidad, no soy capaz de mantenerme ajeno a sus juicios y a la fuerza que llevan implícita. Son pensamientos expresados en bruto y de manera sencilla, con desgarro, pero precisamente por ello posiblemente sean más sabios y acertados que muchos otros emitidos por personas que analizan estos hechos desde la intelectualidad fría, aséptica y distanciada.

Es evidente que el tema es muy complejo y, cada vez que se aborda, se abre una paleta cromática llena de grises. Hace un par de semanas vi la película Abracadabra –con una memorable Maribel Verdú– que, aunque no trata específicamente sobre el maltrato de menores, sí habla del maltrato en general, y lo afronta de un modo tan sutil, elegante y simple al mismo tiempo que me recuerda en parte a las reflexiones de las que me hace partícipe Nata.

Mi amiga es muy modesta y opina que no ha dicho nada extraordinario. Que sólo ha soltado lo que tiene dentro de su cabeza y que yo soy el escritor, el que sabe juntar las palabras y estructurar las cosas dotándolas de profundidad y riqueza semántica.

Sin embargo, yo creo que en este caso eso, suponiendo que sea cierto, importa una mierda. Ella está mucho más capacitada para hablar sobre este tema, independientemente de que yo comparta sólo parcialmente lo que dice. Lo que siente Nata merece tener un altavoz, aunque su volumen tenga tan poca potencia como el de esta buhardilla.

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