Mi sequía de 2017in de

Este año que se marcha ha sido extraño de verdad. En otras entradas de 31 de diciembre que he escrito desde que me trasladé a esta Buhardilla tenía claro cómo hacer el balance. Lo bueno y malo, cinco minutos antes de la cuenta atrás, y los petardos hacían el resto. El cava era decorativo pero funcionaba como elemento transparente. En este final veo demasiados pitos y gritos. Será porque los españolitos este 2017 no hacemos por una vez algo a la vez.

Por una parte, ha habido una clara falta de lluvia sobre los campos que he tratado de sembrar. La sequía se ha ensañado como si se tratara de un aviso para que abandonara estas tierras donde se impone el regadío y me trasladara a otras en las que los cultivos se conservaran en barbecho.

Como no soy chico de esparcir semillas en huertos ajenos ni tampoco acostumbro a echar manguerazos sin ton ni son en superficies de condiciones geográficas inciertas, se me pone la piel árida, y me cuesta limar mi aspereza. La rigidez acaba siendo relativa y el árbol que crece solitario en mitad del secarral no está tan enhiesto como puede parecer a simple vista. Se tuerce algo escuchimizado, como si tratara de escabullirse de los rayos del sol.

Ese sol no siempre ha sido un fiel compañero durante estos 365 días que ya se esfuman entre pirotecnia de mercadillo. A veces me ha agobiado sobremanera con su promesa de calor eterno si hacía caso a las voces que proyectaban sus rayos de potencia asfixiante.

No era consciente de que a veces me gusta más cuando se muestra discreto entre el azul tibio del otoño que precede al invierno, velado por la pantalla del televisor desintonizado del mundo. La niebla de tecnología prehistórica, el cadáver analógico, que no coge ninguna imagen y trae misterios para que yo me cuele entre sus canales silenciosos y los dote de contenido con mis historias. El enigma codificado y prohibido de los viernes a última hora.

Por otra parte, en esas lides me he visto crecer y renacer, como ese superviviente, maldita sea, nunca me cansaré de celebrarlo, que me atribuyo. Cada vez que me he visto perdido en este desierto yermo salpicado de maleza y pueblos fantasma, he encontrado un oasis en forma de carretera secundaria para seguir mi propia senda, esa que nadie me aconsejó. Por eso, aún tengo un coche clásico. Por ello, mis hijos literarios no tienen padrino y los bautizo con agua depurada del Pisuerga.

No obstante, en el envés de este año peligrosamente transicional del cuarto lustro (siempre el cuatro, con o sin sombrero en forma de guión bajo), me ha salido rana el asunto de la independencia. La madre patria contrató a un ejército de plañideras para la ocasión, la abuela me secuestró en su engañoso exilio y papá-Estado volvió a sacar su poder coercitivo. A falta de agua, me llovieron hostias de realidad.

Acabé saturado de tanto interpelarme a mí mismo, de tanta consulta inútil, y acabé votando por el Secuestro de la Esperanza. Nunca podré evitar burlar la ley que quiere poner esposas a mi creatividad. Soy un enmascarado que va por el mundo haciendo mucho ruido y las pocas nueces que me casco. Frutos secos que me han dejado más sediento si cabe.

De tanto reclamar agua, cuando la he tenido no me ha pasado bien por el gaznate y me ha costado asimilar el líquido. Ojalá en este 2017 me hubiesen dado de beber los putos peces en el río, pero me temo que perdieron la batalla en un banco de morralla, en una playa sin mar.

Una playa seca como la humedad de los coños sin marido. Llena de olas como el rizo de los orgasmos clandestinos. Espumosa como la eyaculación del corredor de fondo. Arenosa como los penes recién rasurados. Escasa de dunas como tus pechos adolescentes cuando no te dejan desearme. Extrañamente lisa como el rostro de los barbilampiños vírgenes. Posiblemente llena de conchas violadas, como la fe en que la alegría nos penetre el año que viene.

Feliz 2018.

 

 

 

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Paranoia romántico-sexual de final de año

Me pican los cojones sin depilar de una vida que ya no me pertenece, que quiero que hagas tuya entre los pliegues que circundan esa sonrisa que me come el alma.

Me salen estrías en las superficies blandas de mis sensaciones acolchadas, el glande se me derrite cuando lo saco a pasear por mi calle sombría y estás tú esperando cual perra en celo que no lleva cachorro atado.

No quiero dirigirme hacia los confines de la ciudad sin nombre para que me devore la ansiedad de no tenerte en lo oscuro, de no hacer un portal de Belén en el barrio que te vio nacer y parir a un Dios entre pajas.

Me querría haber comportado mejor antes de saber que los terrones de azúcar de tu corazón encendían la llama oculta de mis vísceras en envés consentido mas no controlado.

Soy el chapero que no llega a pagar tu cariño desbordado, el prostituto que camina flácido ante tus anhelos inciertos, la ramera que no se ha travestido aún por poder tenerte en su cama de edredón insano y sábanas sórdidas.

Le he hecho un quiebro al destino, un amague de finta a la izquierda para escaparme por la derecha que marca tu silueta. Y si no cargas contigo a mis espaldas, me monto para que galopemos juntos a la locura de tus noches rejuvenecidas y mis días de viejo diablo.

Me salen los vómitos de placer con los jirones que imagino de tu piel, si tus ojos verdes me dejan hacer y deshacer a mi antojo soy capaz de llevarte el carbón de los próximos reyes a los castillos de princesas en los bajos fondos de tu deseo.

Con este cúmulo de despropósitos y desvaríos me dirijo hacia la única verdad que me ha impulsado desde que te vi por primera vez esta tarde de hace diez años, a beberme entero el manjar de tu pérdida para reencontrarme, el amor que sólo es sexo imaginario, que no es Platón porque no puede ser Aristóteles, que se vicia cuando cae el ocaso y renace cada diciembre de niebla en nuestra ciudad de lamentos y exageraciones.

Eres la vida entre las costuras de un espíritu troceado. Me imagino bebiendo de tu ansia a duras penas contenida, a ti deglutiendo mi voracidad desmedida, a los dos dando una lección de salvajismo comprometido.

Me rasco en los huevos de tanto esperarte, me conformo con una infección vírica de lametazos no dados, de besos entregados a destiempo, de confesiones entre gemidos cerebrales.

Me conformo contigo y tu retorno siempre a tiempo. Aunque me pilles cansado y con fiebre, pese a que me escueza todo el ser de no ser sin ti.

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Volvemos a casa esta Nochebuena

Tú no lo sabes, pero estoy yendo a tu encuentro. Me queda poco para ver tu cara después de un año sin hacerlo, más allá de las fotos en las que te veo sonriendo, en un par de ellas con ese tipo con el que creo que has sufrido otro de esos amagos de infarto amoroso que te persigue, y de los videos que me envías bailando como si fueras la patriota que hace falta para levantar la moral de este país.

Ha llegado Navidad otra vez y tú estás volviendo. Sé que suena rancio compararte con el turrón El Almendro, pero en tu caso es tan certero que, desde que te fuiste, el anuncio ha vuelto a cobrar el sentido que tenía para mí de niño. Desde que compro marcas blancas, no recuerdo la dulzura de tal manjar mediterráneo, pero me parece que la sonrisa que me vas a brindar en pocas horas va a superarla con creces.

La he visto cien mil veces, adornada siempre por esas arrugas que se te dibujan en las comisuras y convierten el mirarte en un experimento que prueba que uno está vivo. Yo me someto cada fin de año al mismo test y siempre da negativo. Será porque hace tiempo que me volví inmune al virus del amor y, sin embargo, tú siempre eres mi amenaza de contagio.

Sé que ahora mismo dormitas en la cabina de un vuelo barato que te mece en sus últimas horas, pero no consigues conciliar el sueño. Estás mirando las nubes que sobrevuelan la parcelada estratosfera española y anhelas encontrarte de frente con esta brumosa Pucela nuestra de la que parto ahora mismo hacia la terminal de mi número.

Serán más de cuatro horas las que tardaremos desde que publique este anuncio sin anunciante en anunciar tu presencia en casa. Aunque tú y yo nunca hayamos sido clásicos, regresaremos a nuestra tierra en un coche que sí lo es, blanco como la nieve de la desesperación que se esnifan en ese Madrid que dejaremos atrás.

Nosotros somos de más adentro, de los intestinos de Castilla que, cuando leas esto, estaré recorriendo, mientras el ocaso que precede a la Nochebuena me acoge en su manto y dejo atrás pueblos y expectativas de descanso carretero con un sabor de tranquila derrota en el paladar y algunas canciones de esa Navidad que te apesta suenan por los cascados altavoces de mi compañero de ruedas, trasiegos y recorridos disparatados.

Incluso es posible que esté aventurando más de lo debido. Que los pájaros de panza metálica sigan teniendo alergia a las ondas de la comunicación… ¡Hace tanto que no vuelo!  Y mis aterrizajes son cada día menos forzosos, el postureo de la elegancia me traiciona incluso a mí.

Es muy probable que lo primero que veas tras pasar por la cinta que transporta toda la carga de tu regreso a casa, a tu casa que también es la mía, dirás, sea mi faz de tradición navideña con cinismo de lana y piel de borreguillo engañosa. No hay más que fijarse en los brazos deshilachados. Es posible que sólo entonces comprendas la relevancia de esto que no habrás leído y que tal vez leas cuando ya estés en nuestra casa, que hoy quiero que sea más mía que tuya.

De camino nos perderemos en la niebla de nuestra conversación mágica y sé que tú tendrás más sonrisas que palabras, pero con eso me basta, porque será como iluminar cien mil putos abetos de colorines.

Cuando llegues, un poco antes de lo previsto, y ella te vea, sé que sabrás que has vuelto. Te volverás turrón blando y yo seré el duro difícil de masticar y de gusto discreto. El que se irá a buscar su casa, perdiéndome de nuevo como un fantasma entre los bancos del engaño vaporoso, aunque ya habrá regresado. A buscar ese hogar a donde no llegan los regalos. Porque mi regalo de esta Navidad lo he ido a buscar yo.

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Por qué el cuatro

Esta ha sido una de las preguntas que me han hecho de forma más recurrente en los últimos meses. Por qué esa querencia hacia el número cuatro, hasta el punto de que forme parte de mi signatura como literato. Si firmo mis escritos con guión bajo (también me cuestionan por este símbolo, pero aquí no hablaré de ello) y el 4, sin duda es por qué esta cifra debe ocupar una importancia primordial en mi vida, me plantean mis lectores.

En realidad, como respondo casi automáticamente en cada una de las presentaciones que hago de mi novela El Secuestro de la Esperanza cuando soy preguntado por este tema, era mi número de clase y se convirtió por ello en mi favorito. Punto y final. No hay más.

La gente se decepciona un poco cuando les doy la respuesta. Esperan que les diga que tiene que ver con algo satánico, con los cuatro jinetes del apocalipsis o bien con mi récord de orgasmos en una noche (no sé si piensan en propios o ajenos). También esbozan un gesto de entrañable condescendencia. Las chicas adoptan ese semblante típico que significa “qué mono” y los tíos (al menos, los de Valladolid) una sonrisa irónica que simboliza “qué friki”.

Probablemente sólo algunos de mis amigos y amigas de toda la vida, los del colegio, lo entienden como algo característico de mí, que no podía ser de otra manera, y comprenden que la anécdota oficial tiene una trascendencia extraoficial mucho mayor. El identificarme con la posición numérica que tenía en la lista de clase implica una línea de continuidad y conecta todas las épocas de mi vida, al menos desde que tuve cierto juicio. El cuatro reúne mi yo de siempre en una sola figura, es el símbolo de mi coherencia y estabilidad personal. Algo que al no ser material nunca nadie me podrá quitar.

Sin embargo, en realidad sí que hay un poco más, como sucede con casi todo en mi vida, donde se mezclan la realidad, la ficción y sobre todo mis fantasías. El cómo fue se desdibuja y se funde frecuentemente con el cómo me gustaría que hubiese sido e incluso, tirando de razón aristotélica, con el cómo habría sido lógico que se hubiese producido.

La primera vez que tuve el número cuatro en clase fue en Cuarto. Creo que no lo volví a tener nunca más. Tal vez alguna vez siendo adolescente, no estoy seguro. Para mí aquel curso fue realmente especial e importante, me dejó huella y prácticamente marca el punto de inflexión entre mi vida olvidada, salvo por pequeños flashes, y mi vida recordada a retazos (que se prolonga muchos años más).

En Cuarto fue la primera vez (y una de las únicas) en que tuve un profesor que realmente me marcó. Se llamaba Óscar y tenía ese toque de campechanía que le hacía cercano y cálido en su trato con los alumnos. Pero al mismo tiempo era un maestro con todas las de la ley, que sabía de lo que hablaba y transmitía los conocimientos de forma didáctica y amena. Era serio, pero también amable y cariñoso. Al menos, yo le recuerdo así.

Todavía a día de hoy me le cruzo por la calle (no ha cambiado demasiado) y sé que no me recuerda, porque por sus aulas habrán pasado cientos, tal vez miles de niños, y además también le rememoro como alguien bastante despistado. Más de una vez me he sentido tentado de pararle y contarle esto mismo, que él es uno de los motivos por los que mi seudónimo es el que es. Pero nunca lo hago, tal vez por miedo a que se emborrone esa imagen idílica que conservo de él.

Hubo claramente más cosas que hicieron ese curso académico imborrable para mí. Malas sólo una. Me enteré de que los Reyes Magos pernoctaban en el Corte Inglés y no pagaban a sus camellos. Pero la mayoría fueron buenas. Fue el año de la primera excursión fuera de Valladolid, al menos de la primera que mi mente registró. Nos desplazamos, todo emocionados, a lomos de un autocar que seguramente llevaría menos medidas de seguridad y más niños de lo que ahora se permitiría, a Lerma, Covarrubias y Santo Domingo de Silos.

No sé si alguna o alguno de mis excompañeros lo recordarán, pero allí presenciamos el que fue nuestro primer y tal vez único polvo en directo en el que no participáramos, fuera aparte del que seguramente todos le vimos echar a nuestros  padres furtivamente y con discreción a una edad en la que nuestro cerebro ni lo entendía ni lo asimilaba, tras la típica pesadilla y consiguiente intromisión en su habitación.

El autobús cruzaba el puente de Lerma y descubrimos entre los matorrales a una pareja totalmente en pelotas que trataba de ocultarse torpemente entregándose a los placeres carnales. Obviamente retengo la escena bastante desfigurada, pero sí sé que todo el mundo se puso a gritar, escandalizados y divertidos (yo, como casi siempre, me enteré de los últimos y tarde, iría empanado pensando en algún relato de realismo fantástico y delirante), y, como seguramente las ventanillas irían abiertas, ellos nos vieron a nosotros y la chica se tapó como pudo mientras esbozaba un rictus de disgusto e incomodidad (no recuerdo la actitud del chico). A los pobres les jodimos el rollo antes de que pudieran joder bien.

También es posible que los profesores, sobre todo algún cura que posiblemente viajaría con nosotros, les reprendiera antes de reprendernos a nosotros e inmediatamente después, por supuesto, echara los cortinajes. Durante el resto de la excursión no se habló de otra cosa. Puede ser la razón por la que desde entonces escuchar el nombre de Lerma me produzca, además de nostalgia cierto gustirrinín, o de que Santo Domingo de Silos me evoque un sitio de pobres monjes aislados de las maravillas del mundo terrenal.

Para rematar la faena (no la sexual, sino la escolar), fue en Cuarto cuando mi amigo Dani y yo creamos un juego de baloncesto con los relojes digitales basándonos en uno de fútbol que ya existía, y que causó furor, al menos entre nosotros dos. Algún día explicaré las reglas completas, aunque sí puedo decir que en este caso el 4, el 14 o cualquier otra cifra que contuviese mi número predilecto, no significaba un gran número de puntos. Ninguna app moderna puede superar a aquello.

Cómo para no tener magnetismo con el cuatro.

Pero por si todo esto fuera poco, cada cuatro años se celebran la Olimpiada y los mundiales de fútbol, baloncesto y otros tantos deportes, hay cuatro Grand Slams en los circuitos profesionales ATP y WTA de tenis, los Beatles fueron cuatro, que también es el número clásico para formar una buena banda de rock con guitarras rítmica y solista, bajo y batería, y la fecha de mi detestado cumpleaños contiene un cuatro. El Episodio 4 fue el primero de la saga galáctica y todas las cosas de transición importantes de mi vida han sucedido siempre en la Terminal 4 de Barajas.

Cuatro años cumple hoy, 20 de diciembre de 2017, esta Buhardilla. Pido que por lo menos cumpla otros cuatro más, aunque eso signifique que yo seré cuatro años menos joven. Y que vosotros lo leáis.

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Prenavidad

Probablemente en no mucho tiempo este vocablo acabará siendo de uso ordinario, tendrá su correspondiente artículo en la wikipedia e incluso dos o tres lustros después terminará siendo aceptado por la RAE cuando ya se haya quedado desfasado y exista uno nuevo denominado Navidoño o algo parecido.

Por ahora, el concepto Prenavidad ya existe y se suelta cada vez con menos vergüenza. Se emplea en más de una campaña publicitaria, para definir algunos tipos de dietas que permiten aliviar la culpabilidad de ponernos como cerdos cuando lleguen las reuniones familiares, de amigos, trabajo y del grupo de whatsapp de los vecinos de la mancomunidad, y en general, para referirse a ese período que más o menos arranca a principios de noviembre y en el que el comercio se dedica a sacar toda su batería de atracción consumista.

Yo marcaría su inicio, aunque los contornos son difusos, en la semana previa al Black Friday, cuya introducción en España ha tenido mucho que ver en la noción de Prenavidad y en que los árboles minimalistas, bolitas de las que acabas hasta las bolas, luces de verbena y demás artificios horteras patrocinados por los municipios y que nada tiene que ver con la decoración tradicional navideña se coloquen antes de que caiga la primera helada en Soria.

Recuerdo perfectamente cuando hace años, no tantos, uno no veía apenas un solo escaparate decorado antes del Puente de la Constitución y la Inmaculada. Ahora, raro es ver alguno que no lo esté antes de esa fecha. Ni siquiera el Corte Inglés, adalid por excelencia del consumismo navideño con hurgamiento en los resquicios emocionales infantiles, colocaba las famosas estrellas de luces en sus fachadas antes de esas fechas.

En mi casa se consideraba que la Navidad empezaba el día 8 de diciembre, aniversario de la muerte de John Lennon. Ambas cosas tenían mucha relación, porque nos rememoro con claridad a mi madre y a mí, con cierta ayuda de mi hermano y alguna intervención logística ocasional de mi padre (básicamente para desenredar la hilera de luces y que solía enredar más las cosas), adornando el salón, el vestíbulo, los pasillos y la sala (las habitaciones, los baños y la cocina siempre quedaban ajenas a todo fervor navideño) mientras sonaba de fondo una recopilación de éxitos de mi artista musical predilecto, por supuesto con el Happy Xmas (War is Over) incluido. Escuchar esa canción suponía el arranque de mi período favorito del año.

Ahora eso no sucede, porque ya la has escuchado en cualquier centro comercial, emisora de radio, canal de televisión o en una jodida Story de Instagram de un amigo indie al que ni siquiera recuerdas. El mainstream, las redes, los medios de comunicación, las grandes superficies y los hijos de Donald (del pato y de Trump) hacen que todo pierda su esencia. Que acabes saturado y evitando entrar en cualquier bar donde esté sintonizada una cadena de videos musicales, porque sabes que en algún momento aparecerá Mariah Carey vestida de Santa Claus y descubrirás que ha sucedido lo que antes parecía imposible. No que el All I Want for Christmas is you ya no te emocione, sino que la Carey del videoclip ya no te dé morbo.

Dejando aparte los grandes almacenes y sucedáneos, para los cuales Navidad sólo es una excusa, comprendo que al comercio de proximidad le viene muy bien que se adelante cada vez más el sarao navideño. Soy muy defensor de los pequeños negocios a pie de calle, por lo que si fuese únicamente para beneficio suyo, no me importaría soportar la locura del mercado prenavideño.

El problema es que, en mi opinión (no demasiado valiosa, todo hay que decirlo, pues creo que no reúno precisamente el perfil de un consumidor medio o tipo), eso se puede volver después en su contra. Pan para hoy y hambre para mañana. Porque la avalancha de mensajes, productos, novedades, ofertas y oportunidades de compra es tan excesiva que puede derivar en una asfixia posnavideña para la que ni siquiera las rebajas de enero sirvan como efecto ventilador. Un hartazgo, provocado por el exceso de clímax consumista que desemboque en insatisfacción y arrepentimiento y haga que luego el resto del año las ventas desciendan por debajo del nivel esperado.

Aunque seguramente habrá alguna teoría psicológica basada en la Pirámide de las necesidades de Maslow o algún galimatías parecido de esos que yo jamás acabé de entender cuando los estudiaba que me lleve la contraria. El mismo teorema que quizá justifique dentro de poco el nacimiento de un nuevo género musical. El previllancico.

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Diez años

Han pasado prácticamente diez años desde que jugué a la Rayuela con mi vocación y acabé por perder la cigüeña que venía de París. Tenía menos barba y más afeitados.

Me tocó abortar a Natalia y todavía no estaba preñado de tu inspiración, aunque ya habíamos ido a rescatar nuestro desencanto.

Hace diez años aún faltaban doce meses y algunos días para que me llevases a tu Estado con nombre de discoteca de bakaladeros reconvertida en Feria de Muestras sofisticada, pero ya habías cambiado la novela de mi vida.

La otra ya había comenzado mucho antes que diez años atrás, entre el esperanto y un arzobispo que quizá venía de Roma, aunque yo nunca aprendí latín. No nos habíamos reencontrado en El Barrio, pero algunos nos encontrábamos más que ahora. Ahora os encuentro a todos con la canela en flor, aunque ya no estemos en la flor de la vida.

Quizá por eso, ya hace diez años me decíais que era líder arengador de masas. Ahora os casáis y tenéis hijos sin que la masa os arengue ni yo sepa liderar vuestra locura de chicas de leyes. Arrieros fuimos y en el camino no siempre nos encontramos.

Por aquel entonces, yo todavía ponía ojos delante del estrado, pero nunca convencí a las magistradas. Al menos, me fui de copas con algunos abogados que hoy ejercen por mí. Un notario dio fe de que hipotecaba mi futuro para pagar con talento a plazos y varios técnicos gestionaron mi leyenda jurídica con sello oficial.

Hace diez años mi coche ya era clásico y, aunque nunca os condujo a donde deseabais, lo hizo con la fuerza del destino. Aún no era el DJ colgando en tus manos ni había un demonio que se vestía de ángel. Lo siento, nunca creí en el tiempo de mi felicidad, aunque tú me adores.

Si me remonto diez años atrás, pensaba que mi historia familiar era la que nunca querría contar. Diez años después, pienso que hay historias que deben quedar en familia después de haberlas contado. A veces creo que con otra familia no lo habría contado, aunque me cuenten historias para no dormir.

Tal vez era porque durante esos meses de hace diez años creía que tenía un Plan sin haber trazado el proyecto. Nunca fui de ejecución ni remate, así que me metí a fantasear sin valorar las consecuencias del incumplimiento parcial.

No sabía que me bloquearía, que tendría recaídas de las que tú siempre me levantarías, que me orientaría sin recurrir jamás a los maps de google. Siempre tan 1.0 para mí mismo, tan 2.0 para los demás.

Fue hace más de diez años cuando me enseñaste que mi Caín tenía que reconciliarse con mi Abel moribundo. Lo resucitaste, aunque ya hacía meses que había pasado San Jordi.

Si mis recuerdos no me fallan, creo que fue más o menos en esa temporada cuando os la jugasteis a tres bandas y el destino no quiso bailar con nuestra cobardía de nivel medio-alto de. Pero mi hermano me prestó vuestra amistad, aunque fuese solo y fuera de cobertura. No todo es maravilloso.

Probablemente ya pensabas eso cuando te preguntaba y no me contestabas, en esos días de diciembre de hace dos lustros cuando eras el ángel con el que se encontraba María y todavía no eras el santo al que Marta abrazaría.

Por esos años, tú eras el defensa galáctico de la Nochevieja y yo tu mediocentro creativo, pero los goles siempre los marcabas tú, nuestro primo, que aunque no sea el nano, nos toca todo y es nuestro hermano.

Diez años atrás, Sabina no ponía banda sonora a mi ansiedad, pero ya viajaba hacia La Senda del Tiempo con vosotros dos. Tú terminarías sin sobrinos y tú acababas de ser tío.

Hace diez años ya eras la niña guapa y comenzaba tu década prodigiosa. Tú estabas a punto de ser feto con proyección de santo y futbolista. Vosotros dos ya erais la lucha de vuestra madre coraje.

Los demás no me esperabais para que os hiciera de padre a tiempo parcial y hermano mayor en los ratos libres. Conciliamos extraescolares con historias de verano y siempre hubo centros abiertos para que os colaseis en mi corazón.

Todavía no tocaba, pero ya cantaba rock´n roll. Escribía canciones sin guitarra y los únicos escenarios a los que me había subido temblaron por mi rebeldía. Sé que tu gusto más cuando no son malos tiempos para la lírica.

Tal día como hoy de hace diez años no había Constitución sin Estatuto, ni recurría a vuestra audiencia nacional para escuchar vuestros crímenes en mi pequeño territorio, donde no hay verbum sin palabras.

De esa época, más o menos hace diez años, es esa foto con gafas precrisis que hoy enmarca tus recuerdos a la francesa mientras vivimos el presente juntos, con más inglés que clase.

Yo no tenía una lovely boss, me faltaban amigos bilingües y otros que nunca lo serían, pero lo compensaba con una canción de Los Beatles y otras que nunca entendía.

Hace diez años tenía una Máscara para el Mundo y todavía no me habían secuestrado la esperanza.

Diez años atrás ya jugaba a ser Enmascarado por el Mundo y no sabía que mi generación estaba perdida.

En este mismo mes de hace diez años, había más nieblas y menos sequía, pero me llovió vuestro cariño en comandita. Hacía el mismo frío que ahora, pero vosotros fuisteis mi cambio climático.

Tendrían que pasar otros diez años, o más, de hachazos al alma para que me arrancasen vuestra presencia cuando estáis ausentes.

Pasarán más de diez años, muchos más, hasta que pueda poneros la rúbrica que os merecéis y os acordéis de mi última dedicatoria. Pero vosotros, mucho antes, ya habéis firmado en el libro de mi vida.

 

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Personalidades castellanoleonesas

Una de las cosas que siempre me han fascinado de desplazarme a otros lugares es la diferencia que uno encuentra entre las gentes de unas y otras poblaciones, incluso cuando están próximas entre sí.

Últimamente me he movido mucho por Castilla y León para promocionar mi última novela, El Secuestro de la Esperanza (por la que ya me llueven los reconocimientos y los parabienes desde todos los confines de mi comunidad de vecinos). Entre venta y venta multitudinaria de libros, he aprovechado para realizar un pequeño estudio de personalidades colectivas que se ven más o menos representadas en individuos e individuas que engloban tales conjuntos, fuera aparte de la individualidad propia que en un plano general de tomavistas (la cosa no me ha dao pa´más) es complicada de apreciar.

Es curioso ver por ejemplo como en Palencia (ciudad que conocía ya muy bien antes de iniciar este maratón literario y donde nacieron un buen puñado de amigas mías), pese a que la gente se parece bastante a la de Valladolid en cuanto a su parquedad en demostraciones exteriores de todo tipo, hay un matiz importante que los diferencia.

Mientras un pucelano o una pucelana opta por descojonarse ante los sinsabores de la vida y tomársela como una absurda y cruel tragicomedia donde todo lo que puede salir mal acabará siendo una gran ironía de la que reírse con unos Riberas (sobre todo si les toca a otros sufrirla), los palentinos tienen esa educación discreta y buenista que les impide entender y/o aceptar el sentido del humor ácido tan típico de la ciudad que tienen a sólo media hora de distancia en coche.

Esto les dota de una sosería característica levemente aburrida de la que sin embargo se les puede sacar hurgando en el pedazo de maldad que todos llevamos dentro (en Valladolid un poco más, pero de buen rollo y siempre con elegancia).

Esto por ejemplo no sucede en la zona de Burgos, donde la gente sí tiene ese toque de desenfado hacia las cosas, si bien de una forma bastante más ruda, más directa, menos elaborada y satírica que por estos lares en los que pasé de feto a adulto, sobre todo a medida que uno se va desplazando hacia el norte y se acerca a Euskadi.

Los burgaleses y burgalesas por regla general son campechanos y noblotes y no tienen ese retorcimiento, tan polémico como admirable, de los y las de Pucela.

Si uno salta a Ávila (la cual siempre asocio a Burgos, a pesar de que haya bastantes kilómetros entre una y otra, posiblemente por esa presencia especial que tiene el catolicismo en ambas, o simplemente porque de pequeños nos aprendíamos de memoria las nueve provincias por orden alfabético), también se da cuenta del salto en el carácter, aunque no haya salido de Castilla.

En la ciudad de la Muralla, la mayoría de la gente tiene una educación exquisita (en ocasiones demasiado para mi gusto), es bastante formal, a veces incluso reverencial, y se trata de usted a casi todo el mundo con independencia de la edad. Reconozco que esto, aunque ni mucho menos sea un defecto, me incomoda en ocasiones.

Por evidentes razones de proximidad, no puedo evitar referirme a Segovia, que, según mi opinión, muy personal, es la localidad más bonita de toda España. Esto choca con lo incómoda que creo que me resultaría para vivir, tanto por su trazado y disposición, como por el precio de los productos y servicios. Tampoco me da la impresión de ser una ciudad fácil a la hora de desenvolverse.

Me parece que los segovianos, por cuestiones geográficas y de influencia migratoria y turística, tienen una especie de mezcla rara entre el típico castellano cerrado, yermo, arisco y algo negativo, y el chulo madrileño, con matices de resignación algo hastiada. Un cóctel que, dependiendo de la persona con la que te cruces, tiene mejor sabor en algunos casos que en otros.

En cualquier caso, empatizo ciertamente con ellos, porque no es fácil estar siempre en esa encrucijada y saber que tu ciudad, que para ti es simplemente el escenario de tu vida rutinaria, sirve como pasto de todas las curiosidades foráneas.

Como Castilla y León es una tierra muy extensa, bastante variopinta y por desgracia poco cohesionada, Salamanca representa un contraste evidente con las últimas dos citadas e incluso con la propia Valladolid. Los charros y charras son por lo general dulces y simpáticos, aunque también he creído detectar en ocasiones cierta tendencia al despiste y a la disipación. Creo que eso lo reciben del toque de ciudad universitaria por excelencia, lo cual, dicho sea de paso, a mí me encanta.

Me faltarían Soria, Zamora y León, pero en esta primera gira no he podido acercarme a las mismas, así que no me siento ahora mismo legitimado para hacer un comentario que vaya más allá de la superficialidad que, en cualquier caso, también reviste los anteriores. Y es que a fin de cuentas no se trata nada más que de generalizaciones de un elemento ajeno como yo, aunque no por eso dejan de tener su valor.

Pero lo más importante para mí es que a todos ellos les llevo muy adentro, porque habitan mi querida tierra, con la que me identifico absolutamente, y me han tratado siempre fenomenal.

Ello pese  a ser un pucelano hacia el que, de entrada, indudablemente sienten algo de recelo por la fama que nos hemos ganado, a veces exagerada y otras merecida (tan cierta o incierta como lo que yo he escrito en esta entrada sobre ellos), y por las rivalidades territoriales que siempre se generan respecto a la capital.

Pero a la hora de la verdad, en las distancias cortas, todos sabemos que en esta región tan castigada y abandonada nos tenemos que unir a la fuerza y tratarnos bien entre nosotros. Porque nadie de fuera posiblemente lo vaya a hacer.

No se me ocurre otra manera de rematar este texto (que ahora releyéndolo tiene un tono que hace que no parezca ni mío) que dejar el video de una canción maravillosa y emocionante de un grupo burgalés fantástico, La M.O.D.A.

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