Seis artes y la música

Esta Buhardilla parece tener dimensiones reducidas, pero a uno le da por cerrar los ojos y, cuando de pronto los abre, repara en que ha surgido un nuevo espacio que va más allá de lo físico. Y es que en esta alcoba de anarquía por principios se superponen realidades que crean fabulosas profundidades con posibilidades diversas, a veces retorcidas y puñeteras, situadas en los rincones más oscuros del cuarto, y en otras ocasiones (las menos) más armónicas, directas e inofensivas, localizadas en la esquina de la habitación donde se refleja la luz del sol, cuando la hay.

Sin embargo, hay una cosa que se cuela de manera permanente en todos los huequecitos y recovecos de esta estancia y que la hace más acogedora de lo que podría resultar en un principio; un algo que informa cada cajón, estantería, balda, mesita, cuadro, elemento decorativo e incluso cada objeto de mero relleno: la música, que puede ser retorcida, armónica y de muchas otras clases.

De todas las ramificaciones que del arte existen, pienso que ninguna consigue ese efecto, al menos en estos mis dominios. Nada es tan versátil ni otorga tantas opciones, ni genera tal nivel de libertad al espíritu, ni eleva al ser humano a tantos estados, ni es capaz de arrancar tantas emociones. Me gustan la pintura, la escultura y la arquitectura, pero habitualmente su poder es estático y pierden la batalla con la música por su falta de dinamismo; me fascina el cine, pero lo sirve todo perfectamente cocinado, presto a ser deglutido (otra cosa es la digestión, que cada uno realizará a su manera, ahí radica la gran magia del arte en general), por lo que el visionado de una película, a diferencia de lo que sucede con la escucha de una canción, raramente deja algo a la imaginación (hay cine independiente que sí que se propone ese objetivo); el baile me seduce y mueve cosas dentro de mí, pero su derrota contra la música radica precisamente en su falta de independencia respecto a esta; por último, el arte que yo modestamente trato de practicar y que debería por ello ser mi favorito, la literatura, no adolece de ninguno de los defectos que se ponen de manifiesto en los anteriores casos, pero la experiencia de leer un libro, un poema, una obra de teatro o cualquier cosa que refleje una historia o sentimientos mediante texto es batido por la audición de una composición musical, debido a que esta última ofrece lo mismo aumentado por la potencia de la sonoridad.

No hay nada más maravilloso que escuchar una historia a ritmo de percusión y a través de la melodía de una guitarra, un violín, un piano, una flauta o simplemente la voz humana. Aquí se descubre otra de las características que hacen a la música un arte diferente: su primitivismo, esa esencial vinculación con el ser humano (algunos dicen que incluso con el propio universo, pero qué queréis que os diga, no soy tan melómano).

Me atrevería a decir que la vida, tal y como la concebimos, no podría desarrollarse de una forma razonablemente sana sin que existiera música. La amargura que generaría su falta; la constricción, la asfixia, la ansiedad y el ahogamiento a los que llevaría su ausencia; el gris perpetuo que colorearía los paisajes de la civilización ante dicho vacío; la dictadura emocional a la que conduciría su eliminación; el tedio y aburrimiento que atenazaría los espíritus en el caso de que no sonaran canciones en el mundo; la anestesia que mataría las conciencias si no se compusiera un tema necesario más; la carencia de libertad que implicaría atar a las personas a una realidad sin notas musicales; el asesinato de los sueños que se perpetraría si se borrara toda melodía; en definitiva, la total y absoluta deshumanización, al perderse un aspecto innato al ser humano, sería tal, que tal vez estaríamos hablando de otra especie y no de esta raza que precisamente no puede permitirse el lujo de prescindir de uno de sus pocos logros verdaderamente formidable y milagroso, y respecto al cual puede gritar a los cuatro vientos que se siente auténticamente orgullosa.

La música tiene un componente aún más extraordinario y es su capacidad para mimetizarse en cualquier ambiente y formar parte de todas las situaciones, incluso convirtiéndolas en inolvidables.

Un café en una mañana lluviosa puede saber y oler mucho mejor si se acompaña de un tema de pop-rock británico firmado por Oasis, The Keane, Coldplay o The Blur, entre muchos otros.

La contemplación de un paisaje puede resultar más estimulante aún si suena de fondo una composición de Händel o de Vivaldi, si bien no se puede negar que, si se encuentra uno en la naturaleza, puede resultar preferible dejar que sean los sonidos de esta los que conquisten tus oídos (lo cual podría llevar de nuevo al debate sobre si la música preexiste al ser humano o no).

Conducir por una carretera soleada y desértica hace casi obligatorio escuchar música norteamericana (o de corte norteamericano, pero diseñada por británicos), ya sea folk, contry, blues o rock´n roll (erigiéndose Lou Reed, Bob Dylan, ACDC, Led Zeppelin, Van Morrison, The Doors, The Eagles o la Steve Miller Band en grandes favoritos); si el viaje se realiza con la luna y las sombras como testigos nada mejor que poner jazz (Duke Kellington suele ser una gran opción), soul (Otis Redding, The Drifters, Percy Sledge, Sam Cooke, The Platters y Ben E King constituyen una debilidad), o, por qué no, música calmadita de Los 80 (aquí el rey indiscutible es Mike Oldfield, pero no se puede renunciar a otros clásicos como The Police, Tina Turner o Genesis); por último, para terminar con los momentos en el interior del carro, también se puede disfrutar más de los atascos, aglomeraciones, semáforos y búsquedas de aparcamiento durante los exasperantes trayectos en ciudad si en el equipo de tu vehículo suena música (aquí, en mi opinión, lo mejor es venderse a lo comercial, abandonar Radio 3 por unos instantes –unos pocos sólo, ¿eh?– y poner Los 40 Criminales, que incluso se puede tener suerte y escuchar cosas que no estén excesivamente reñidas con la calidad y te alegren el momento, véase Melendi, Antonio Orozco, Alicia Keys, Amaral, Lady Gaga, David Guetta…).

Un paseo nocturno por una barriada de una ciudad española tiene un toque de clandestinidad encantador si en tus cascos llevas puesto rock español kalimochero, de protesta o simplemente urbano (que, aunque parezca mentira en estos funestos tiempos, en el país de la bandera rojigüalda hubo una época en la que también era popular ese tipo de música; en la actual muchos no quieren que lo sea): ya sabéis, esos grupos míticos tradicionalmente tildados por las corrientes beatas e hipócritas dominantes en este país de violentos, inmorales, radicales, satánicos, fomentadores de la violencia, del consumo de drogas e incluso del terrorismo, como Barricada, Los Suaves, Extremoduro o La Polla Récords.

La música permite tanta variedad de situaciones y es idónea para tal abanico de contextos que puede conseguir que una comida en soledad se saboree el triple (especialmente recomendable para realizar la primera escucha de algún artista, disco o canción; en La Buhardilla de Álber actualmente se descubre a fondo la discografía de grupos como Smashing Pumpkins, Strokes, Pixies o The Clash, pero esto es muy cambiante). Os invito también a que probéis a correr escuchando música que os motiva y lo comparéis a hacerlo sin ella. Ya me contaréis si notáis más el cansancio de una u otra manera. Aquí tengo muy claro que lo mejor son cosas muy potentes, rock duro, heavy metal (Avenged Sevenfold, Nightwish, The Gallows, Incubus, Metallica, Deep Purple…) y en general todo lo guitarrero. No soy criatura de gimnasio, aunque me imagino que esto también vendrá bien para ese tipo de ejercicios.

Podría seguir con esta enumeración de escenarios, momentos y situaciones en los que la música pone ese punto de eternidad y elevación que se imprime en la memoria para gloria y dignidad de las vidas humanas (aún a riesgo de futuras penas, nostalgias y melancolías), pero La Buhardilla de Álber ha de continuar vomitando a través de su chimenea hacia el exterior. Habrá tiempo más adelante para llenar este espacio revuelto y siempre inquieto con muchas más cosas vinculadas al arte de la música. Incluso puede que más adelante permita a quien se lo gane descubrir algún secreto relacionado con mis auténticas pasiones musicales.

¿Os pensabais que estaban ya dichas en el anterior itinerario? Ya os dije en “De Álber” que procuraría decir lo menos posible sobre mí, aún diciendo mucho, y que en esta Buhardilla, aunque todos estáis invitados a mirar, el entrar… es otro cantar.

Nunca mejor dicho en este caso.

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